Maratón de monstruos

Maratón de monstruos

Colombia era una tierra de leones. Después resultó un país de poetas. Luego de escarabajos ciclistas que triunfaron en el Tour de France. Ahora nos cabe el dudoso y doloroso honor de ser un país de monstruos. Y no hablo de paramilitares, narcotraficantes y guerrilleros, que van a terminar siendo unos legítimos actores del conflicto armado. Sino de los infanticidas, cada uno en su pedestal de infamias.

30 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Con el monstruo de los Andes, el tolimense Pedro Alonso López –quien habría torturado y acogotado a más de 400 infantes en Colombia, Perú y Ecuador–, ocupamos el primer lugar de asesinatos y violaciones en serie. El segundo lo ostenta el quindiano Luis Alfredo Garavito, con 172 casos confesos, todos varoncitos. El tercero se lo disputan Manuel Octavio Bermúdez, de Pradera (Valle), el monstruo de los cañaduzales, con 21 asesinatos también de niños varones, en Palmira, Pradera, Buga y Tuluá; y el iniciador de la saga, el monstruo de los mangones, que por los años 60 azotó a Cali con la muerte inclemente de no menos de 30 pequeños gamines también varones, que aparecían en los lotes vacíos de la ciudad, estuprados, masacrados y con una aguja enterrada en el corazón. Este último jamás fue capturado, y no se tiene noticia de su procedencia ni de sus rasgos personales.

Hace unos meses, los colombianos supieron que Garavito podría estar a escasos tres o cuatro años de su libertad. Se dispararon las alarmas, y ante el clamor de la opinión –y sobre todo de los dolientes de las múltiples víctimas–, fue revisado el caso y se encontraron nuevas evidencias que alargarán la condena del último monstruo, que ha purgado escasos siete años.

Alega que él también fue forzado por un cura amigo de la familia siendo muy niño.

El monstruo de los Andes alega a su vez haber sido violado reiteradamente en su infancia y juventud, lo que le dejó un sentimiento de venganza activado.

Violentó a más de 100 niños y niñas en Colombia, más de 100 en Perú y más de 100 en Ecuador, y los enterraba en la cordillera. Fue sorprendido in fraganti cuando secuestraba a una niña; los indios peruanos pretendieron quemarlo vivo, pero lo salvó un sacerdote protestante que lo entregó a la justicia, que desestimó las denuncias y lo deportó al Ecuador, donde continuó su perversa racha. Allí fue capturado en 1980 –cuando una inundación en Ambato sacó a flote varios cadáveres infantiles–, y condenado a prisión perpetua.

Es de presumirse que el monstruo de los mangones era de Cali, donde limitó sus operaciones. Como eso parece que ya no podrá probarse, la región vallecaucana ha asegurado su cuota de infamias con Manuel Octavio Bermúdez, el monstruo de los cañaduzales, quien desde el 6 de abril de 1999, cuando atropelló en Palmira al hijo de Luz Dary Useche, hasta el 11 de junio del 2003, cuando en El Tablón (Pradera) acabó con Luis Carlos Galvis, completó 21 víctimas en su periplo macabro. A una de estas víctimas la madre no ha tenido con qué enterrarla.

Quien acabe con una vida altera el equilibrio del universo. Con mayor razón si es la vida de un niño. Y si son decenas, cientos de niños y niñas, a quienes no solo les acaba con la vida sino previamente con la inocencia mediante el puñal del pedófilo, ese individuo –que adquiere la patología del monstruo– no tiene perdón de la justicia divina y de la humana menos aún. Su mente ha llegado a un estado de alteración que lo convierte en un enemigo de la especie. Y como tal debe tratársele.

Como en Colombia la pena de muerte no existe, por lo menos no aplicada por la justicia, en bien del ser humano y del porvenir de la ciencia, propongo que se les extraiga en vivo el cerebro a estos monstruos y se les someta a investigaciones médicas para ver por qué y cómo se formaron sus complejos, y así poderlos prevenir hacia el futuro. Desde luego, con la venia de sus familias.

nadaismo@telesat.com.co

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