El drama de un gobierno débil

El drama de un gobierno débil

Una vez más, quedó expuesta la debilidad política e institucional del gobierno Uribe. Esta vez, por cuenta del TLC con los Estados Unidos, que ya no solo puso sobre la mesa el escaso margen de maniobra que tuvo en la negociación. Ahora también se destapó la cadena de equivocaciones políticas y de política que tiene al país en una especie de interinidad.

29 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

La razón es clara. Después de varias semanas de incertidumbre, se supo que la notificación que formalizaba el inicio del proceso de aprobación del TLC en el Congreso de los E.U. estaba condicionada a que las autoridades colombianas aceptaran la entrada de carne bovina de más de 30 meses al país.

Cuando cada vez más países prohíben la importación de carne bovina mayor de 22 meses (como medida para erradicar el riesgo de transmisión de las ‘vacas locas’), al gobierno Uribe no le quedó otro remedio que aceptar una importación que plantea un riesgo de salud pública. Pero, sobre todo, tener que admitir que un asunto que nunca había sido objeto de la negociación del TLC terminara subordinando su trámite de aprobación.

Esa no fue la primera señal de debilidad gubernamental en la negociación del tratado. Desde las primeras rondas, el gobierno colombiano dio muestras claras de fragilidad cuando, para ajustarse a las exigencias de los negociadores de E.U., tomó decisiones que alteraban las reglas de juego que sustentaban la Comunidad Andina y acababan con dos instrumentos clave para la regulación del comercio andino: el Arancel Externo Común y las franjas de precios del sector agropecuario.

Por el TLC, Colombia sacrificó la seguridad jurídica y la estabilidad de un mercado de 115 millones de personas, que en el 2005 movilizó cerca de 20 mil millones de dólares y que para las exportaciones no tradicionales colombianas representó negocios por más de 6.500 millones y una balanza comercial favorable cercana a los 1.900 millones.

Son las consecuencias de una larga cadena de equivocaciones, que comienza con el afán por firmar un TLC con E.U., que llevó al gobierno colombiano a aceptar un esquema para el que no estaba preparado. Sin tener el soporte técnico ni la experticia negociadora, emprende una negociación en la que ofrece más de lo que podía cumplir. De allí en adelante, todo fue improvisación.

Mientras que el Gobierno quedaba amarrado por lo que Hommes llamó “la búsqueda de un consenso imposible y por ceder a la presión de un puñado de intereses oligárquicos”, en la negociación mantuvo señales equivocadas al asumir un doble discurso, en donde una cosa era la que se decía y otra la que se negociaba.

El TLC se promovió como el vademécum de las soluciones totales y definitivas. Y como en la negociación estaba personalmente comprometido el propio presidente, a nadie se le ocurrió diseñar un plan B que, en caso de retraso o no aprobación del tratado, le permitiera al país abrir nuevos mercados, fortalecer los que tenía o –por los menos– asegurar el mantenimiento de las preferencias establecidas en otros acuerdos comerciales. El futuro del comercio exterior se apostó en una sola canasta.

Pero lo más grave es que esas equivocaciones no se limitan solo a la negociación del TLC, sino que se replican en todos los ámbitos institucionales y de política pública, e imprimen un sello inconfundible al gobierno Uribe.

Es decir, un gobierno en el que la negociación al menudeo, la improvisación, el doble discurso institucional y la falta de un plan B son los factores recurrentes que ayer explicaban el descalabro del referendo, el empantanamiento de las negociaciones con los paramilitares, el fracaso en la reestructuración del ISS o la salvación de Emcali. Y hoy tienen al Presidente ofreciendo toda clase de remiendos al proyecto de reforma tributaria, dependiendo del escenario en que se encuentre.

Es el drama de un gobierno débil, en una situación de interinidad tan evidente que, sin completarse un mes del segundo periodo, los medios ya presentan el listado de los presidenciables para suceder a Uribe.

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