L A G R A N D E C I S I O N LA HORA CERO

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Comienza la cuenta regresiva para los aspirantes a la Constituyente. Aquellos que ya llevan 9.000 firmas, todavía abrigan esperanzas a la puerta de las iglesias o los teatros. Hasta su propia rúbrica puede engrosar la cuenta, pues ninguna disposición obra en contrario y hace mucho que la mitad, más uno mismo, es la regla de oro de la democracia. El soberanísimo no podrá quejarse, puesto que hay candidatos para todos los gustos. Hasta el punto de que ya en la cabeza no cabe el tarjetón y creo que en las urnas tampoco. Así es la democracia y, por eso, porque en su seno hay espacio --como en el de Abraham-- para acogernos todos, la defendemos y la veneramos. Pero sin olvidar, por importantes que sean los preconstituyentes, que toda Constitución es política y por consiguiente obra de políticos. Los sabios, los técnicos y los literatos jamás han hecho constituciones. Puede que sea un error de los pueblos y los tiempos, pero no de la historia. La nuestra se llama Constitución Política

29 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Las madres comunitarias, los indígenas, los universitarios, los deportistas, los panaderos, bien pueden postularse y ser electos. Pero sin el ingrediente político, la nueva Carta no será eficaz. Por eso la convocatoria de esa fuerza fue el primer paso del jefe del Estado y, si los acuerdos se esfumaron, quienes los hicieron siguen vigentes. En toos los intentos anteriores de una Constituyente, los ex presidentes de la república han sido requeridos prioritariamente. Tienen don de consejo y los pueblos que no se dejan orientar pierden el rumbo. Hay una calidad que no se adquiere en los bancos universitarios y se llama experiencia. Es la brújula para una nueva carta de navegación.

Los ex presidentes debieran asistir por derecho propio a la Constituyente. Si hay que elegirlos, el pueblo debe tomar la iniciativa, con o sin consentimiento. Porque aportan un conocimiento claro y profundo de los problemas que tuvieron que afrontar y catalizan la improvisación a que son tan dados los alegres principiantes.

La manida frase de el salto al vacío sigue teniendo advertencia y razón. Si en materia de legalidad vamos a estar como en el primer día de la creación porque todo podrá darse, cambiarse o anularse; si por andar festinando en retozos democrateros la soberanía que nos ha sido dada, nos equivocamos en la selección de los constituyentes; si les damos audiencia a todos los embelecos descuidando lo fundamental, bien puede pasarnos lo del aprendiz de brujo que supo cómo empezó, pero no lo que iba a suceder una vez desatadas las fuerzas que no pudo contener. Votar por los mejores es la consigna; por los idóneos, por los honestos, por los que han hecho patria. Se trata de la decisión más trascendental de nuestro pueblo.

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