Estrellas turísticas

Estrellas turísticas

La iniciativa de restablecer la clasificación hotelera por estrellas, a pesar de ser voluntaria y no obligatoria, como antes, parece fracasar de manera tan estruendosa que mereció un editorial de EL TIEMPO, tal vez porque esa herencia del franquismo se popularizó en el mundo entero por su aparente sencillez y claridad.

27 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Solo aparente, porque la hotelería se convirtió en un abrir y cerrar de ojos en algo muy complejo. Para comenzar, es bueno reconocer que no hay dos hoteles iguales, o, mejor, que todos son distintos. Pensando al revés, surgió un galimatías que muchos viajeros frecuentes creen entender cuando han pisado un hotel de cinco estrellas, que es la única categoría fácil de identificar. Las demás nadie las distingue.

Por allá en el año 68, en Colombia, se decidió que los establecimientos de hospedaje debían clasificarse por clase, categoría y modalidad. Por clase, debían tener denominaciones tales como hoteles, apartahoteles, hostales, residencias, pensiones, campamentos, paradores o cualquier otra expresión del idioma que incluyera combinaciones como ‘apartahostal’. La modalidad distinguía entre hospedajes de ciudad, campestres o de playa. Teniendo en cuenta clase y modalidad, se definió la categoría, de una a cinco estrellas.

La combinación de todas esas cosas tuvo un resultado ininteligible. Cuando alguien propuso crear como clase el establecimiento vernáculo, la discusión abortó porque otro experto dijo que para eso eran los moteles. Un amigo que había puesto en el umbral de su casona cinco flamantes estrellas me pidió mi opinión: no vacilé en decirle que su estancia tenía más de cinco estrellas, pensando en su esposa, sus hijos, una cocinera de prodigio y el dueño. Pero él aclaró mi vacilación de manera tajante. Su clase era la de hotelucho.

Lo peor de todo es que esa confusión institucional tuvo un insospechado efecto sobre el IVA, que gravó los hoteles de tres a cinco estrellas, lo que ocasionó una avalancha de reclasificaciones a dos; o sobre la política turística, que decidió incentivar únicamente los de cinco estrellas, a pesar de la protesta de la izquierda; y sobre la originalidad de los diseños arquitectónicos, que quedaron sujetos a la dictadura de un lápiz rojo que usaba el funcionario de turno para tachar proyectos.

Lo más grave es que sobre ese andamio se encaramó un control de precios, sujeto a corruptelas que se evidenciaban cuando a un hotel de tres estrellas le autorizaban una tarifa más alta que a otro de cuatro, con fundamento en la meritocracia del gerente. En la ley, de todas maneras, quedó la alternativa de reemplazar las estrellas por tunjos, posibilidad que nadie aplicó por temor a que los extranjeros pensaran que cinco de esos era pésimo.

En el 93, el Gobierno decidió que todo eso era un estorbo. Se eliminó la clasificación obligatoria y se autorizó la posibilidad de establecerla únicamente con fines promocionales, de forma voluntaria, por gremios y consumidores. Eso es lo que hoy rige.

Pero la tentación colombiana de hacer de las regulaciones una fronda inclinó a un grupo de expertos a expedir una norma técnica de calidad, para estandarizar unas especificaciones que nadie desea asimilar porque se convierten, sin querer queriendo, en una camisa de fuerza.

No es cierto que sobre esto haya reglas de juego universales. Al contrario.

Lo mejor, en todo caso, es suprimir la idea de que los turistas son estúpidos y los hoteleros, timadores. Para unos y otros, el precio es muy buen indicador, de modo que el mejor consejo para un viajero es que se fije más en la tarifa que en las estrellas, que tienen la propiedad de los charlatanes: hablan mucho y no dicen nada.

Pero, en fin, si el turismo debe tener estrellas, con que Óscar Rueda asuma el viceministerio del ramo es suficiente.

* Ex viceministro de Turismo y presidente de Cotelco

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