La pesadilla de una niña

La pesadilla de una niña

“Señor Fiscal (...), no deseo tener a este hijo por los motivos en los cuales yo fui abusada y violada cexual men por mi padrastro y por qué no planie tener a ese ijo no me siento capacitada unana mente tenerlo por ese motvio lepido que me practique el aborto (sic)”.

27 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Así dice una carta, que firmó Fernanda* con su nombre completo y su tarjeta de identidad, en el pabellón de pediatría del hospital Simón Bolívar del norte de Bogotá, mientras esperaba esta semana la decisión sobre su autorización para abortar.

La menor, de 11 años, seguía en un televisor del hospital los programas de muñequitos y las noticias en las que se hablaba de que ella iba a ser la primera en abortar legalmente en el país. “Los niños de hoy en día son muy entendidos. Sabía que estaba embarazada y que no quería tener ese bebé”, relató un familiar.

Mientras muchachos de colegio, mayores que ella, protestaban en las afueras para que no se le aceptara el aborto y obispos le ofrecían ayuda para que entregara en adopción a la criatura, Fernanda, una niña delgada, de unos 1,30 metros de estatura, se aferraba a sus dos peluches y a su familia.

La niña, que no conoció a su padre, es la menor de los cuatro hijos de Claudia*, que salió de un pueblo del oriente del país y llegó a la capital muy joven, con su primer hijo, su madre y tres hermanos.

La mamá de ellos se dedicó a hacer aseo en casas ajenas en Bogotá para mantener el hogar y algunos de sus hijos le ayudaban también trabajando.

Claudia, la segunda y quien no terminó bachillerato, se dedicó a lo mismo que a su mamá.

“Es que acá es difícil conseguir otro trabajo sin estudio”, agregó el familiar. Claudia tuvo otros dos hijos varones, con otros dos hombres, y se fue de la casa de su madre a un barrio del sur. Después tuvo a Fernanda, con otra pareja, pero él no respondió por el cuidado de ella.

“Nosotros no nos metíamos en las relaciones de Claudia. Ella ya era una mujer grande”, comenta el familiar.

Claudia, como no tenía el apoyo de los padres de sus hijos, tenía que seguir trabajando, de lunes a sábado. Por eso, desde pequeña la abuela comenzó a cuidar de la niña y se convirtió en la consentida.

“Ella no tuvo de todo cuando creció, pero entre toda la familia nos colaborábamos y tratábamos de que a ninguno nos faltara nada. De pequeña era una niña muy despierta y alegre. Fue a la escuela como todos los niños y tenía sus regalitos de Navidad”.

En los últimos años, la menor vivía con su mamá y un hermano en un apartamento del occidente. Mientras que sus dos hermanos mayores, de 20 y 17 años, vivían con su abuela en un barrio popular del norte.

Los domingos la visita era casi sagrada en casa de la abuela, que preparaba almuerzo para todos y llevaba la niña a misa. “Jugaba con sus hermanos y veía televisión. Le gustaba como a todos lo niños bailar, cantar canciones de Rebelde y los helados”.

Hace cuatro años la mamá de la niña conoció a Pablo Enríquez Díaz Méndez y se fue a vivir con él. “Nunca conocimos cómo vivían, nosotros solo veíamos a la niña cuando la llevaban a donde la abuela. Sabíamos que se quedaba sola después de ir al colegio, pero qué íbamos a saber lo que estaba pasando”.

Este año la niña cursaba quinto de primaria en un colegio distrital y hace tres semanas le confesó a su abuela el abuso al que estaba siendo sometida desde hace cuatro años por Díaz.

La abuela la llevó de inmediato al hospital, donde le hicieron exámenes y descubrieron no solo que había sido abusada sexualmente, sino que tenía 7 semanas de embarazo. Los tíos se reunieron de inmediato, informaron a las autoridades y la niña fue recluida en el hospital, donde el jueves le practicaron un aborto. “Después de eso si nos acordamos que últimamente estaba como callada, como triste, no quería casi estudiar”.

Sus parientes dicen que la familia sigue estando unida con la situación de la niña. “Esperamos que se haga justicia con el padrastro. Creemos que la mamá de ella no sabía lo que pasaba. Ella sí ha estado pendiente. No sé porque la gente la juzga. Ya la niña se está recuperando y me dijo que se quería ir a tomarse un sancocho o un tamal y volver al colegio –comentó el familiar–. Para nosotros sigue siendo una niña y esperamos que pronto se pueda reír y jugar como antes”.

*Los nombres de los personajes fueron cambiados por razones de ley.

EL ABUSO INFANTIL NO TIENE ESTRATO “El abuso sexual infantil no tiene estrato y en la mayoría de los casos el agresor está en la familia. Tanto en hogares ricos como en las pobres se tapa el delito, en los primeros por el qué dirán y en el segundo porque, en muchas situaciones, el abusador es el que da el dinero para el sustento”, advierte psicóloga Paola Franceschi, directora de la Asociación Niños por un Nuevo Planeta, que atiende este tipo de menores. La especialista sostiene que no existe diferenciación en la manipulación que hacen de los menores.

En la mayoría de los casos, el niño tiene miedo de que si devela el hecho va a destruir su familia, como se lo ha hecho saber el agresor. “Los niños tímidos y que tienen mala comunicación sus padres son más vulnerables. Él sabe que algo anda mal, pero no entiende si es su culpa de él o del adulto”, explica.

Entre los síntomas que pueden presentar los menores están: bajo rendimiento académico, pérdida de control de esfínteres, agresividad y tristeza.

“Siempre hay que creerle al niño y, de inmediato, acudir a las autoridades”, sostiene.

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