DULCE HOGAR

Una imagen que identifica al hombre primitivo es tan elemental como significativa: tiene un mazo apoyado en el hombro y lleva a su mujer de las físicas mechas, arrastrándola como trapo viejo. La escena siguiente no es muy difícil de prever, dada la escasa cortesía del prólogo: en la penumbra de la cueva, la enciende a garrotazos (a la mujer) y no hay troglodita que la salve. Impedir que el homo primitivo azote a su costilla? Ni de fundas. Es rey dentro de su cueva. Mujer y prole le deben obediencia, respeto y, sobre todo, silencio. Tiene más fuerza, caza animales y aporta el diario condumio. Tiene la sartén por el mango. A quien fuera a decirle que bajara el palo, le respondería sin ambages: En mi casa mando yo .

04 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

El bárbaro tiene otro argumento. Con el cual frena cualquier posibilidad de intervención para evitar el maltrato. La casa es su espacio. No es terreno de todos. Así que al primero que aparezca en plan de ICBF, le zampa un mazazo, y continúa la pelotera.

Lo que el hombre con su infinita soberbia denominó evolución, aportó nuevos términos al asunto. Intimidad, privacidad, propiedad. Pero no cambió para nada la situación que lo emparentaba con el troglodita. A saber: que el hombre manda sobre su mujer e hijos a sangre y fuego, y que nadie puede penetrar en el espacio reservado y sacro del hogar .

Hay que saltarse varios siglos y continentes para llegar a Colombia. Pero la cosa no cambia. La violencia intrafamiliar miren cómo evoluciona el lenguaje es el calco del más acendrado primitivismo. Y sin embargo, es pan diario en el país del Sagrado, ad portas del siglo XXI, al que muchos esperan llegar con las mismas costumbres de la patria decimonónica.

A ese fenómeno, la violencia intrafamiliar, se le atribuyen muchas monstruosidades. Incestos, generación de sicarios, violación de los más elementales derechos de la mujer y los hijos. Todo bajo la impotencia de un policía que espera en la puerta a que una inusual cadena de trámites le permita acceder a ese espacio privado.

Un grupo de mujeres se ha propuesto sacar adelante un proyecto de ley que detenga la violencia intrafamiliar. Están vacunadas (ellas mismas lo dicen) contra los opositores que seguramente las atacaran con argumentos de insufiencias sexuales. Hacen parte de una avanzada feminista a la que la nueva Constitución ha otorgado plenos poderes para cambiar su destino torcido. Tienen la apariencia de que no van a ceder fácilmente...

Llama la atención en su proyecto el nuevo tratamiento que tendría el hogar. De ser un espacio cerrado y sin otra ley que la del propietario, se convertiría en un sitio de influencia pública. En el aspecto legal. Es decir, que nadie después de la paliza primitiva podría cerrar puertas y decir esta mujer es mía, esta casa es mía, aquí no entra nadie. Y justificar así el variado repertorio de atropellos, del que tan buena memoria tienen las mujeres ponentes.

No escapa a la reflexión de las mujeres, su papel como agentes generadores de otro tipo de violencia, más sutil pero no menos peligrosa: la mental. Se da en varias formas, pero valga mencionar aquella donde la mujer se instala como la imprescindible del hogar, la poseedora de toda la verdad, la víctima, la que todo lo hace bien. Esa mujer castradora frena en sus hijos todo tipo de iniciativas y les pasa una cuenta de cobro que deben pagar toda la vida. Esa forma de dominio también debe terminar.

El hogar como un lugar sin tiranos será nuevo para muchos colombianos. Que no lo van a aceptar sin decir ni mu. Y que se van a oponer con pies y manos. Como lo están haciendo quienes no entienden que la nueva Constitución, a pesar de los traumas y sin poder evitarlos, ha otorgado a muchas personas la posibilidad de tener derechos más allá del papel. Y de poder alumbrar la cueva, sin tener que encender a la mujer.

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