DE LAS INJURIAS Y LOS INSULTOS A LA OVACIÓN

DE LAS INJURIAS Y LOS INSULTOS A LA OVACIÓN

Era de esperarse el recibimiento a la selección cuando saltó a la cancha. Los consabidos madrazos y la chifladita de siempre, retumbaron por el estadio. Pero, poco a poco, ante un resultado mágico que dejaría a Argentina tendida en el campo de batalla, la situación se voltearía hasta el punto de que el equipo colombiano terminó siendo ovacionado. Ni un alma se salía del estadio porque se estaba escribiendo una página de oro del fútbol mundial y los olés a Colombia de Argentina eran coreados a todo pulmón por un público que reconoció que, hoy por hoy, el equipo nacional es el mejor de Suramérica.

06 de septiembre 1993 , 12:00 a.m.

Estábamos sentados en un palco ocho colombianos. El de al lado era de argentinos que, obviamente, contagiados por el optimismo reinante, coreaban ya el cansón cántico de Colombianos, h.p . Y otros más bellos que hacían del estadio una fiesta.

Comienza el partido y las barras argentinas vociferaban los coros de apoyo a su equipo. Nuestros vecinos seguían a las barras y de vez en cuando gritaban Cabrón, patadura u otros improperios cuando se cometía una falta o había cualquier equivocación de la selección nacional.

El estadio vibraba ante cualquier aproximación de riesgo por parte de Argentina sobre el arco de Córdoba. En esos primeros minutos parecía que la historia otra vez nos iba a dar la espalda. Pero, poco a poco, Colombia se fue apoderando del partido y ya no eran tan frecuentes las arremetidas de las barras con sus rítmicos cantares que hablaban de una bella Argentina que, con el respaldo del público, no perderá .

Todo empieza a cambiar cuando Rincón mete el primer gol y la inefectividad de la ofensiva argentina ensombrece a los fanáticos. Las barras se silencian por momentos y comenzamos a jugar de local. De todas maneras, y ante cualquier ataque y con la esperanza de voltear un resultado, las barras argentinas de nuevo se animan y el tronar de miles de voces vuelve a retumbar. Termina el primer tiempo y el palco de protocolo parece ahora un funeral.

Argentina tenía 90 minutos para hacernos un gol. Ahora le quedan 45 para hacernos dos , dijo un hincha colombiano emocionado, reflejando lo que estaban sintiendo los argentinos. De todas maneras, quienes estábamos aún inquietos con lo precario del resultado no presentíamos que la fiesta apenas estaba comenzando.

A pocos minutos de iniciarse la segunda mitad, Asprilla anota de nuevo. El estadio se silencia. Lo que antes era una posibilidad ahora se vuelve una realidad para los colombianos. Y lo que parecía un obstáculo insalvable ahora se convertía en una barrera infranqueable para los argentinos.

En el palco gritamos a todo pulmón mientras en las tribunas los colombianos, prevenidos de antemano, sufrían el dolor de no poder gritar el comienzo de la hazaña. El embajador en Argentina, Víctor G. Ricardo, en contra de todo protocolo, lo grita con el alma a pesar de ser un atentado a la ética del palco de honor. El presidente de la Cámara de Diputados de Argentina le responde con un duro Hijo de puta . Una respuesta entendible pues la frustración entre la fanaticada era honda.

Pero de nuevo las barras se animan a gritar. Turquito, turquito , pidiendo la entrada de Claudio García, peligroso delantero que casi nos amarga la fiesta. Basile acepta, en todas partes se cuecen habas, y realiza el cambio. Se animan de nuevo los hinchas y Argentina comienza a presionar. Córdoba salva la tarde con tres atajadas que ponen a pensar a los argentinos en que el resultado se puede voltear. Si hacemos un gol esto se le complica a los colombianos , dice un vecino de palco. Hay que prender un cigarrillo para tratar de calmar los nervios.

Lo grande está por venir Pero el destino había escrito que lo que estábamos presenciando iba a ser grande, muy grande. Con el tercer gol el estadio se vuelve una zona de desastre. Y los hinchas ya empiezan a pensar en un partido que se juega a miles de kilómetros: Paraguay-Perú.

Inesperadamente, un coro inunda al estadio. Perú acaba de meter el segundo gol y los fanáticos lo celebran como si hubiera sido Batistuta el que recortaba las distancias. Las barras empiezan a corear Perú, Perú, Perú , y la impotencia flota a la orden del día.

El partido está ganado. Todos los colombianos nos contentábamos con ese resultado y nadie imaginaba que el menú apenas estaba en el segundo plato. Faltaban el postre y el café.

Viene el cuarto gol. La hostilidad se torna en reconocimiento. Los coros ya no habla de Argentina. Y solo se escuchan los olés de la selección nacional, que son coreados como si estuviéramos jugando en Barranquilla. El Monumental es de Colombia y Argentina juega de visitante.

Colombia marca el quinto gol y los jugadores y la banca lo celebran ante la tribuna General San Martín. La tribuna aplaude. La faena está concluída y el enemigo se doblega ante una superioridad que no tiene vuelta de hoja. Colombia 5, Argentina 0.

En nuestro palco la felicidad y las lágrimas se mezlcan. El palco de los argentinos revive y comienzan a corear: Colombia, Colombia, Colombia . Nosotros respondemos: Argentina, Argentina, Argentina . La caballerosidad y la clase de los argentinos queda ahí patente, clara.

Al terminar el partido sucede algo sin precedentes. Nadie se va del estadio. Los jugadores se abrazan en la mitad de la cancha y jubilosos brincan gritando Clasificamos, clasificamos , al más puro estilo argentino. El estadio aplaude y la emoción que embarga a todos los colombianos es incontenible en este escenario.

Nadie se mueve de su puesto. El Pibe , antes de entrar al tunel de seguridad, levanta los brazos. Los argentinos lo ovacionan como un pueblo que vé a su justo y querido rey.

Poco a poco se vacían las graderías y los colombianos nos reencontramos. Los abrazos, los brincos, las lágrimas florecen. La emoción es total. No tiene partido. Solo tiene una razón: Colombia.

El senador Andrés Pastrana, de la Fuerza Democrática, emocionado, abraza al presidente de la Cámara de Representantes Francisco José Jattin. También aparece lleno de ganas de estrechar el senador del M19, Samuel Moreno Rojas. De pronto me encuentro gritando y brincando Colombia, Colombia con Jattin y Rodrigo Garavito, representante por Caldas. Aquí solo hay una causa común, sueño logrado que va a perdurar para siempre.

Los 1.500 colombianos, aproximadamente, que fueron parte de esta historia todavía no salen de su asombro. Esto es como un sueño del que no quiero despertar , decía uno de ellos. Pero lo que todos sienten es que soñar no cuesta nada, como decía Calderón de la Barca, y que a veces hasta el más inverosimil de ellos se vuelve realidad.

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