UNA PROPUESTA EN EL VACÍO

UNA PROPUESTA EN EL VACÍO

Resulta sin duda encomiable la reiterada voluntad de paz que anima a muchos sectores de la sociedad colombiana. Particularmente, a los representantes de cierta intelectualidad antropólogos, politólogos, violentólogos que se han dedicado al diagnóstico del conflicto armado que padece el país y a la promoción de toda suerte de foros sobre el proceso de paz. En días pasados tuvo lugar en Paipa una de estas reuniones académicas, en la que también estuvieron presentes miembros del Gobierno, la Iglesia y la prensa, de la que salió una nueva propuesta para crear un gran Consejo Nacional de Paz, con la participación de partidos y gremios, clero y voceros varios de la sociedad civil, y el anunciado fin de reanimar el moribundo proceso de paz. La iniciativa es meritoria. Como lo son todas las que busquen poner fin al derramamiento de sangre en un país que ya no aguanta más violencia. Pero choca con una realidad categórica: la que encarna una guerrilla que se niega rotundamente a abandonar l

03 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Caen en el vacío creado por una coordinadora guerrillera que, por el contrario, anuncia nuevas ofensivas para el mes de octubre, a la vez que intensifica su oprobiosa campaña de extorsión y secuestros. Es más: amenaza con llevar la violencia a las ciudades, a través de las llamadas milicias urbanas, y no es de descartar que muchos de los asesinatos de miembros de la Policía que han ocurrido en varias capitales sean obra de la subversión y no exclusivamente de los carteles de la droga.

Así las cosas, y mientras no surja un clima propicio para una real negociación de paz, las propuestas de nuevas comisiones y diálogos no pasan de ser fútiles ejercicios académicos de intelectuales bien intencionados. Pero con frecuencia despistados. Porque en lugar de dirigir todas sus críticas y reclamos al Gobierno, bien harían en tratar de comprometer a la guerrilla con sus iniciativas de paz. Después de todo, es ella el principal agente de violencia en Colombia.

La renuncia del doctor Horacio Serpa Uribe, a quien le reconocemos, sin estar totalmente de acuerdo con él, su entrega e innegables deseos de alcanzar la paz, es argumento que, como se dice en derecho, no tiene prueba en contrario . Nadie más autorizado para dar veracidad a aquellos colombianos que amando, anhelando la paz, viven en un mar de escepticismo. Serpa batalló en frentes nacionales e internacionales con pasión, con deseos de triunfar y conseguir un acuerdo con la guerrilla. Y en este paso decisivo estaba involucrado su futuro político. Interpretó, a veces con exceso, los deseos pacifistas del Gobierno. No omitió iniciativa alguna para lograr algo positivo. Una victoria lo habría consagrado ante el país, y hoy estaría colocado en la primera fila de los presidenciables. No haberla logrado estorba su futuro en la vida pública, pero desde luego no le pone fin.

Nadie que presente argumentos contrarios a nuevas conversaciones o a que se abra un compás de confianza a los subversivos, es partidario de la guerra. La tesis es tan ofensiva como absurda. La paz, como hemos dicho antes, se puede lograr de un plumazo, si existiera una intención clara para ello de parte de quienes hoy ven en las armas un elemento aparentemente idealista, pero en el fondo profundamente comercial. Así las cosas, todas aquellas comisiones encargadas de reabrir lo que se inició en Caracas y siguió en México, terminarán, como el doctor Serpa Uribe: frustradas y fracasadas, y, lo que es peor, todo por su excesiva buena fe.

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