Sin anestesia

Hablaré sin anestesia: el gremio médico colombiano (con significativas excepciones) está viviendo en la isla de la fantasía donde el maestro de ceremonias, en lugar de Ricardo Montalbán, es Monseñor Rubiano.

23 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Parecería que de nada sirve que este gremio asista a congresos internacionales de ginecoobstetricia; de nada sirve que el conjunto de médicos y médicas haya estudiado ocho años en universidades de prestigio, aunque muchas parecen dirigidas por el Opus Dei; de nada sirve la globalización de la información sobre salud pública, pues estos médicos y médicas probablemente se la pasan leyendo Selecciones de Reader Digest; de nada sirven los famosos Comités de Bioética, pues se asemejan más a comités para mantener una moral jurásica y de nada sirve que la Corte Constitucional se haya pronunciado por medio de un fallo histórico hace más de tres meses sobre la despenalización parcial del aborto si los médicos y las médicas siguen desconociéndolo.

A propósito: ¿qué es lo que esperan la magistrada y los magistrados de la Corte para emitir la sentencia? ¿Que el país se enrede con vacíos jurídicos y que todo el mundo emita las interpretaciones que le convenga? ¿Que las presiones de la ultraderecha anestesien la opinión pública? ¿Qué los enemigos de la modernidad y de la justicia de género demanden la sentencia? Probablemente, pero esto ya lo intuíamos y si bien algunos buscaran alegar vicios en el debido proceso, el fallo como tal no es demandable. Pero aun cuando superemos todos estos obstáculos, el fallo seguirá en el papel si el gremio médico de este país no es capaz de conmoverse ante una niña de 11 años violada durante cuatro años por su padrastro, una niña que suplica, así como su familia, que le practiquen un aborto.

¿Qué más quieren los médicos y las médicas de este país?, ¿qué más quiere el director del Hospital Simón Bolívar?, ¿qué más quiere su famoso Comité de Bioética? La ética, por lo menos como la entiendo, es un acto de mínima sensibilidad humana, una mirada capaz de compartir el dolor ajeno y de concebir la vida como un acto fundado en la dignidad. Dignidad de una niña que hoy, en medio de su drama, aún tiene fuerzas para reclamar su derecho a interrumpir su embarazo e intentar reconstruir su vida, su infancia robada.

Esa es la vida que merece ser defendida hoy, y punto.

Por supuesto, mientras tanto, los violadores siguen sin mayor castigo. A propósito, qué poco se habla de los violadores de todas estas niñas y qué flexible es la legislación con ellos. Sí, a veces me provoca bajarme del bus de la justicia.

Médicos, médicas, tienen todo el derecho a la objeción de conciencia, tienen todo el derecho a no practicar personalmente un aborto si así les dicta su conciencia; lo que no tienen derecho es a impedir un procedimiento ya fallado por la más alta Corte del país y que en este caso –aun cuando no exista ni sentencia, ni reglamentación– es de obligatorio cumplimiento. Así, estos médicos deben remitir enseguida el caso a un colega que sí practicará el aborto.

Además, las instituciones como hospitales y entidades prestadoras de salud no pueden evocar la objeción de conciencia, pues esta es individual y nunca colectiva. Punto.

Por cierto, algunos médicos respaldados por la Academia Nacional de Medicina ya se han expresado a favor del fallo y están dispuestos a recibir y asesorar las niñas condenadas por esta jungla de médicos y médicas que más parecen inquisidores de un país nostálgico de moral maternalista, conservadora y patriarcal del siglo pasado.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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