Retratos infantiles

Retratos infantiles

Cuando la conocí tenía 13 y me contaba cosas aterradoras con la misma alegre inocencia que se usa para saltar caballitos de dos en dos. Dianita sabía abrir latas de atún desde los 4 años, y hacía su arroz y cocinaba sus papas con total desparpajo. Me decía que a su madre la conocía poco, a pesar de vivir juntas en un apartamento para ellas solas. Diana estudiaba en un colegio distrital desde muy temprano, y su madre a esa hora no estaba en condiciones de levantarse a nada porque trabajaba de noche en una ‘güisquería’. En la noche, Diana trataba de esperarla despierta para verle la cara antes de dormir, pero siempre la vencía el sueño. Y su madre llegaba, y su madre la cargaba, y su madre la llevaba a la cama, y su madre la besaba. Y no se veían ni se hablaban. Y así se fue haciendo adolescente, así creció Diana desde que se acuerda.

20 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Ignoro cómo crecieron Lorena y Andrés, ella de 11 y él de 10, habituales lectores de una biblioteca pública en Bogotá. Lectores de ocho de la mañana a ocho de la noche. Lectores de todos los días, de todas las semanas y de todos los meses, durante un largo año. Se sabía que el niño era fanático de los submarinos y ella, de la ficción, de las historias fantásticas. Se sabía también que sus padres trabajaban como unas mulas, de sol a luna, y que los niños comían una vez al día. Se sabía que muchas veces había que echarlos porque se resistían a regresar a su hogar. Y no se sabía mucho más.

De Carolina pocos se acuerdan hoy en día en El Tunal, pero el enorme mito crece unos centímetros con los años. Chiquilla ella. Habitual comensal de libros y de cualquier actividad que surgiera por esos lares. Carolina se enamoró de una bibliotecaria, la adoptó como madre en su inconsciente. Y un buen día llegó la hora de cerrar y la niña se ranchó y dijo que a su casa no volvía, que se iba con su madre nueva. De la nada tuvieron que armar una expedición para buscarle la casa, y en la medida que se acercaban la niña temblaba y lloriqueaba sus quebrantos, que seguro eran hondos, difíciles y tiernos.

A Yeison lo conocí en Santa Marta. Tendría 10 años y era basuquero. Me decía que no le diera plata porque se la fumaba, que él no tenía fuerza de voluntad. No entiendo cómo carajos llegó Yeison hasta el mar si era bogotano, cómo pasó desapercibido durante mil kilómetros de institucionalidad; pero allá estaba, dizque trabajando. Al cabo de un tiempo, todo lo que quería era comer, unos tenis nuevos y un pasaje en bus a Bucaramanga. Lo de la comida y los tenis fue fácil, aunque en el almacén de zapatos se enamoró de unos talla 42 y no hubo manera de convencerlo de otra cosa. Lo difícil fue verlo partir solito en un bus con la esperanza de encontrar una tía. Iba sin dirección, sin señal alguna y sin nadie conocido.

Difícil fue ver cómo se alejaba de su niñez.

Recuerdo una película en donde un viejo físico y matemático se hacía cargo de una veintena de niños autistas. Habían entrado en ese estado debido a las crudas imágenes que tuvieron que presenciar en una guerra. Entonces, el viejo les contaba hazañas poéticas del hombre, delirios de amor y proezas inimaginables. Les hablaba de día y de noche, sin que los niños dieran muestra de escuchar o entender alguna cosa. Solo cuando el viejo moría de un ataque al corazón, los niños se cerraron en círculo a su alrededor, y uno de ellos le preguntó si esas hazañas y esas proezas eran verdad. El viejo les dijo que sí. Y les dijo también que se fueran en busca de un mejor lugar, que tuvieran esperanza, porque donde haya un solo ser humano hay esperanza.

Y esto viene al caso porque Salud contó que en medio de un aguacero de bombas una niña libanesa le preguntó a su padre: “¿Cuándo vamos a morir?”. Y viene al caso por aquello de la canción de Cat Stevens: “¿Dónde juegan los niños?”. Y viene al caso porque los niños siempre vienen al caso.

cristianvalencia@yahoo.com

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