Vivir con miedo

Nos hemos habituado tanto a desconfiar los unos de los otros, que nos parece natural ver tanques atrincherados en la Séptima y disfrutar del ocio dominguero entre soldados que nos apuntan casualmente con sus armas. En el puente del 7 de agosto, por ejemplo, me entretuve contando cuántos uniformados había por ciudadano en sudadera, y mi estadística encontró datos curiosos: un soldado por cada tres familias de mi barrio; un arma por siete cochecitos o triciclos en el parque y un helicóptero por cincuenta cometas en el cielo. ¿Cuántos militares se necesitaron en esos días de la “retransmisión del mando” para dar un parte de tranquilidad a la ciudadanía?

20 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Nos ha dado también por designar con el eufemismo de “seguridad democrática” este ambiente de zozobra que nos enfrenta a todos contra todos. Pero en lugar de sentirnos sobrecogidos con helicópteros que merodean por las noches, nos creemos protegidos. Y nos parece normal ver vallas publicitarias del Ejército que insuflan eslóganes de guerra, como si se tratara de Pepsi o Coca-Cola. Las imágenes de jóvenes con rostros maquillados, listos para librar una batalla, aseguran que el Ejército de Colombia está dispuesto a dar la vida por nosotros. Y aunque pueda ser tranquilizador a simple vista, semejante sacrificio humano produce –o debería producir– un estremecimiento.

No somos inocentes: entre todos hemos ido labrando esa cultura de la desconfianza, que es una de nuestras señales particulares. Como si vivir con miedo fuera un mito fundacional del “ser colombiano”, hemos convertido la seguridad en el máximo valor. Los restaurantes exclusivos ofrecen ganchos bajo las mesas para esconder nuestras carteras y así evitar que se las robe un comensal vecino, que, por definición, es sospechoso. El estatus no se mide ya por esa excluyente clasificación de estratos, sino por el grado de seguridad que cada quien puede pagar: en la jerarquía mayor están quienes tienen guardaespaldas, carros blindados y circuitos de televisión; les siguen los residentes de conjuntos cerrados con rejas, alarmas y celadores, y en escala decreciente van los alambres de púas, hasta terminar con tapias protegidas con los clásicos vidrios de botella.

En este país de la desconfianza crecen las nuevas generaciones y muchas vidas se inician entre guetos: del conjunto cerrado al colegio privado y de ahí, al club o al centro comercial, donde hay perros uniformados que nos olisquean y nos muestran los dientes como si fuéramos bombas humanas.

Requisados, encerrados entre rejas y conminados a demostrar la inocencia en cada paso, aprendemos a ser tratados como sospechosos y nos entrenamos para ver en cada persona un enemigo, especialmente si no pertenece a nuestro gueto. Nuestros gobernantes se dan cuenta de esa psicosis colectiva y no hacen más que capitalizarla y reforzarla. Pero su obsesión de protegernos por la fuerza revela que también conocen la fragilidad de esta supuesta “democracia” erigida sobre un campo minado.

Las delegaciones extranjeras invitadas a las ceremonias de Palacio quizá alcanzaron a advertirlo. Bastaba con observar por las ventanillas blindadas de los carros oficiales que se abrían paso entre escoltas y sirenas la paranoia de una ciudad en pie de guerra. Porque no son signos de seguridad los tanques militares en la avenida El Dorado ni los soldados que custodian cada esquina. Tampoco parece democrático que la prensa insista en llamar “Uribe II” al Presidente, como si se tratara de un emperador, sin añadirle un signo de interrogación o un asterisco, o que el día de su posesión todos los canales hayan transmitido en cadena su vida y sus milagros. Pero lo peor de todo es el silencio que amenaza con tomarse esta “patria”, cada vez más boba.

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