¡Que se callen!

Cada día comprendo más la molestia de los gobiernos colombianos con la ONU. Con nuestro país son muy gallitos, muy machitos ellos, exigen imposibles con altanería, pero cuando les llega el momento de alzar la voz y dar el puño en la mesa ante los grandes, Estados Unidos o su acólito Israel, no solo es que voltean la cabeza, es que la meten en un hueco y se arrugan como gusanos.

20 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

A Ehud Olmert y a su gabinete deberían denunciarlos ante el Tribunal de La Haya o crear una corte ad hoc, como hicieron con los matones de naciones tercermundistas. Y a George Bush, como cómplice. Han cometido todos y cada uno de los crímenes de guerra que la Convención de Ginebra condena, y se pasean tan frescos.

Han asesinado niños, mujeres, ancianos, hombres indefensos, han bombardeado ambulancias, atacado convoyes de refugiados, han dejado sin agua a miles de pobladores y han arruinado la economía civil de un país.

¿Qué más tienen que hacer para que la ONU los declare criminales de guerra? ¿Qué más deben arrasar para que el organismo pusilánime los obligue a reparar los daños causados? Les quedan muy bonitos sus informes criticando el proceso de paz colombiano.

¡Vayan a Washington, a Tel Aviv! Mientras no le hablen a la cara duro y contundente al gobierno terrorista de Olmert, lo que digan en Bogotá será pura paja; carecen de autoridad moral.

La única función digna que les queda es la de ofrecer sus oficinas y su papelería en Nueva York para alcanzar acuerdos, que es, quizá ya, su única razón de ser. El logrado entre Líbano y su agresor Israel para detener la barbarie hunde sus cimientos en arenas movedizas y algún día volverá a derrumbarse.

El gobierno hebreo tenía preparada la guerra y solo buscó una excusa.

Hezbolá se la proporcionó sin saberlo. Ambos erraron sus cálculos, pero es más grave del lado israelí. Que la CIA parece más un costurero que una oficina de espionaje, ya lo sabíamos. Pero pensábamos que el Mossad sabía hacer su trabajo.

Con Hezbolá se equivocaron de parte a parte. No tenían ni idea de su capacidad de combate ni del tamaño de su arsenal. Y el resultado es muy grave para ellos. Ante el mundo árabe perdieron su imagen de ejército indestructible y ese es un lujo que no se pueden permitir. Por eso, si bien cantan victoria, más tarde rodarán cabezas y tendrán que estar más alerta que nunca ante las futuras agresiones externas.

En cuanto al pequeño país del cedro, se avecinan negros nubarrones. No es alentador que quien ha conquistado la capacidad para mover los hilos del poder sea el líder de un movimiento que tiene una ametralladora en su bandera. Es imposible quitarles las armas y menos una fuerza multinacional compuesta de países sin ganas de pagar el precio político de traer soldados muertos a casa. Y ellos nunca las entregarán de forma voluntaria.

Sin embargo, parecería absurdo que volvieran a utilizarlas pronto cuando ya han obtenido un triunfo que los árabes consideran histórico. Lo lógico sería rentabilizarlo en la arena política interna, pero la lógica la desterraron hace tiempo de la política mundial, así que todo es posible.

En los restaurantes de Beirut y en las calles derruidas de los pueblos lejanos, la pregunta es siempre la misma: ¿hasta cuándo la paz, hasta cuándo?

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