Claridad en las guacas de las Farc

Claridad en las guacas de las Farc

La agudeza de los periodistas ha comenzado a denominar como la “segunda guaca” el episodio de un desconocido operativo militar que se ha puesto al descubierto a raíz de la condena a varios años de cárcel a más de un centenar de soldados y dos oficiales de rango menor, por la indebida apropiación de la millonaria suma encontrada en una “caleta” de las Farc.

19 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

El país recuerda el escándalo, entre trágico, dramático y picaresco, de unos jóvenes militares que, adentrados en la selva, buscando lo que el presidente Uribe llamara la ‘guarida’ de la guerrilla, se encontraron no propiamente con el ‘Mono Jojoy’ sino con varias canecas repletas de dólares. Ambiciosos, pobres e inexpertos, en lugar de entregar el dinero a sus superiores, se las ingeniaron para repartírselo, llenando sus morrales y equipos de campaña, hasta donde les fue posible, de los esquivos verdes que se confundían con el color de su camuflado. Al margen de las dudas que se han planteado sobre si los soldados y sus jóvenes superiores cometieron o no peculado, el hecho suscita varias reflexiones. Como en el fondo cada colombiano quiere encontrar su propia “guaca” (en el baloto, el tráfico de drogas, los negocios riesgosos, el azar o en la corrupción), la mayoría de la gente desde el comienzo pedía clemencia para los “pobres” muchachos que se encontraron las platas guerreando en la selva. Independientemente de la calificación penal, el hecho es jurídica y moralmente reprochable. Los ingenuos y a la vez pícaros soldados terminaron como todo nuevo rico cometiendo extravagancias, en el batallón, en sus lugares de origen o en los burdeles de Popayán, cuyas administradoras hicieron su agosto, quién lo creyera, por cuenta de la guerrilla.

Destapado el escándalo por el propio Ejército, se procedió a desvincular a los implicados por haber traicionado la confianza de sus superiores. La Justicia Penal Militar los condenó en un consejo verbal de guerra.

Mayoritariamente, la población ha rechazado la sentencia, no solo por el mal entendido espíritu de solidaridad que generaron los soldados, sino porque comparan las penas (diez años) con las que van a recibir los paramilitares (cinco o menos años reales) por haber cometido las más crueles masacres en la historia reciente de Colombia.

La condena puso al descubierto otro hecho más grave. Los mismos mandos que públicamente los deshonraron, los volvieron a uniformar y los entrenaron para que se internaran nuevamente en la selva a “guaquear”. Según el general Castellanos, de cuya palabra y rectitud no debe haber sospecha alguna, los reincorporaron para que buscaran armas. Los soldados condenados dicen que les volvieron a poner el camuflado para que encontraran más dólares y que además les prometieron participación en el botín.

Es extraño que este hecho solo venga a denunciarse después de la condena. Si la justicia militar los hubiese absuelto (como solicitó el Ministerio de Defensa y la Procuraduría), ¿los colombianos nos hubiéramos enterado igualmente de esta segunda misión? Probablemente, no.

Si como se ha dicho, del “operativo” tenían conocimiento el alto mando militar, un senador de la República, el Ministro de Defensa y hasta el Presidente, ¿por qué no se le informó al país en el momento en que se realizó...? ¿Qué hubiese pasado si efectivamente los soldados y oficiales reinsertados transitoriamente al Ejército hubiesen encontrado la segunda guaca? ¿Para qué esperar que un soldado y un suboficial resentidos por la condena y por lo que consideran incumplimiento de las promesas armaran este nuevo escándalo en los medios? El Congreso de la República, para bien de los propios oficiales cuyos nombres han sido en algunos casos injustamente asociados a episodios oscuros, debería pedirle al Gobierno claridad, mucha claridad, en este engorroso asunto.

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