El Seguro no puede morir

El Seguro no puede morir

Escribo a altas horas de la madrugada. La hora bella de acariciar las teclas. Mi esposa casi da al techo por esa tos que por estos días tiene a medio país en una odiosa sinfonía. Si no fuera por los síntomas de fiebre, afonía y nariz roja, se pensaría que es una irónica tos nacional ante el “sometimiento” de Uribe a los ‘paras’. Cummjum, cummjum, qué tos. Pero todo sea por la paz.

19 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Mientras tanto, pienso en ese sesentón en estado crítico que es el Seguro Social, al que este Gobierno le tiene listo un funeral de tercera. Es tan sabido como que en agosto hay vientos, que el Seguro ha sido fortín burocrático de todos los gobiernos. Este y el pasado, que es este mismo, sí que lo ha tratado como ese personaje barranquillero a su esposa.

Tomó la decisión de hacerle una escisión y falló en la operación. El ministro Palacio, que en lugar del tensiómetro, anda con el despistómetro, que le coloca seguido al presidente Uribe, le iba a quitar una uña encarnada y le terminó amputando las piernas. Le practicó una intervención miserable, acompañado por la doctora Indolencia Absoluta.

Quisieron volverlo ESE y lo terminaron volviendo heces o lo que ya muchos llaman “eche”, por la cantidad de costeños que llegaron a trabajar allí.

Tanto que el Gobierno puede terminar obligando a aplicarles suero costeño a los pobres pacientes.

Erdaaa, cipote jugada que se mandaron. Creadas las ESE por el decreto 1750 del 2003, el Gobierno se comprometió a contratar los servicios de esas clínicas a través del Seguro. Pero esa es una vaina fregá, como dice el vallenato, porque allí llegan los pacientes y para que puedan ser tratados, las clínicas tienen que pedir autorización al Seguro. Y, no joñe, compae, este se demora dos o tres semanas en autorizar, mientras que el pobre enfermo, a pesar de los esfuerzos del equipo humano, que es excelente, grita no “ay, hombe”, sino “ayayay, hombe” y se tienen que ir para otro lado. O para el otro lado, a tierra fría, donde dicen como los coteños, “miedda, un muedto”.

Después de eso, y ahí está lo cruel, el Seguro, el que niega las autorizaciones, el mismo que debe suministrar las drogas para las ESE, donde nunca las hay, se hace el humano, el diligente y realiza una encuesta de satisfacción en las clínicas. Lógicamente, la gente está descontenta.

Entonces ese Seguro, o sea el Estado, o sea el Ministro, o sea el Presidente, dice que toca cerrar las clínicas. Tronco e jugada.

Y eso que no se habla de los sueldos. El Ministro dice por ahí que en las ESE los médicos ganan hasta cuatro millones. Cipote carreta. Un especialista con Ph. D., una eminencia, que debería ganar más que un congresista, gana máximo tres millones. Y los demás están por debajo, y por contratos por servicios a dos o tres meses, con unos papeleos como si fueran iraquíes para entrar a Estados Unidos. Sin apoyo científico, sin estabilidad, los médicos se aburren y se van. Algunos tan desilusionados de la indolencia estatal que casi salen en ambulancia.

El Seguro, al que acuden unos tres millones de pobres, que también votaron por Uribe y que sienten dolor y sufren, no se puede dejar morir. Hay soluciones. Una de ellas, que deje de ser fortín político. Otra, que la plata de la salud, la que pagan los usuarios, se invierta en salud, no en pensiones, que es una obligación del Estado. Otra, que dejen trabajar a las clínicas. La San Pedro, que con todo es excelente, es rentable. Si la dejaran funcionar, sería el mejor centro de atención del país. Y que les paguen. Porque el Seguro les debe a las clínicas y el Fosyga le debe al Seguro 400 mil millones de pesos que le alcanzarían para funcionar. ¡Eso de que toca enterrarlo es una prueba de próstata que nos quieren hacer sin que nos demos cuenta. A otro perro con ese dedo.

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