Turismo estrellado

Turismo estrellado

La sana iniciativa del Gobierno para establecer en Colombia el sistema de clasificación hotelero basado en estrellas ha tropezado con el más hostil de los silencios de los empresarios del sector. Faltan menos de seis semanas para que se cierre el registro dispuesto por el Ministerio de Comercio y Turismo, y apenas 11 de los 3.359 hospedajes existentes en el país se han sometido al cuadro de categorías. Aún más: ninguno se siente acometido por los habituales apuros de última hora, pues desde el 11 de mayo hasta la fecha solo se han inscrito 3 de los 11 hoteles.

19 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Lo curioso es que, en aquella fecha, más de la tercera parte correspondía a hoteles de Tuluá (dos) y Melgar (uno). En Bogotá aparecían tres, en Medellín otro y el último en Cartagena. Así, pues, ciudades como Cali, Barranquilla, Bucaramanga, San Andrés y Santa Marta ni siquiera figuraban en la lista.

Aunque registrarse ante el Ministerio no es obligatorio, la clasificación hotelera es herramienta turística indispensable por tres razones. Primero, porque ofrece transparencia al consumidor al darle parámetros comparables de servicio e instalaciones. Segundo, porque garantiza una competencia justa entre los empresarios. Y, tercero, porque le permite al Estado exigir requisitos de seguridad e higiene.

La renuencia de los hoteleros a colaborar con la implantación del sistema de estrellas constituye un grave error. Por una parte, plantea un innecesario pulso al Gobierno. Por otro, revela indiferencia ante su clientela.

La clasificación de una (condiciones elementales) a cinco estrellas (establecimientos de lujo) surgió hace décadas como necesidad de la industria turística, y hoy abarca, de una u otra forma, a casi todos los países. Algunos, como Francia, España y Bélgica, adoptaron la valoración hecha por el Estado, que puede sancionar a un hotel con la pérdida de categoría. Otros, como Suiza, escogieron una tasación interna de la Sociedad Suiza de Hoteleros, que ha sido criticada por su escaso rigor. Suráfrica prefirió la adscripción voluntaria, en tanto que Estados Unidos refleja un caos en la materia, con nueve organizaciones diferentes –ninguna de ellas oficial– que expiden estrellas basadas en criterios dispares.

Pero, sea a partir de raseros oficiales, gremiales o independientes, prácticamente no hay país con aspiraciones turísticas que no exhiba algún tipo de clasificación. Aun la China lo adoptó en 1988 y Bosnia-Herzegovina lo hizo apenas terminó la guerra. La Organización Mundial de Turismo no ha conseguido uniformar las diversas tablas de grados, pero señala que “es legítimo que los gobiernos pidan una clasificación y apoyos en este esfuerzo”. Colombia debe insistir, pues, en vencer la cómoda e interesada abulia de los hoteleros y presionarlos para que acojan este básico control comparativo de calidad. No podemos pretender ser alternativa turística importante si rechazamos las reglas de juego universales de la industria

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