Respetuosa solicitud

Respetuosa solicitud

A consideración del Concejo de Bogotá se encuentra un paquete de normas que regulan el manejo de cadáveres. Como debía ser, dicho paquete lleva un pomposo nombre: ‘Plan Maestro de Cementerios y Servicios Funerarios’. Sin duda, hay que aplaudir la diligencia del Distrito, pues ha dado muestra de gran sensibilidad social al acordarse de los muertos. A partir del año próximo, el sector funerario quedará metido en cintura: los establecimientos que no llenen los requisitos exigidos dejarán de existir.

18 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Como el Distrito Capital lleva velas en el entierro (52 por ciento de los cementerios le pertenecen y se tiene previsto que ofrecerá “servicios integrales”, con tarifas bajas que beneficiarán a muertos y deudos de los estratos 1, 2 y 3), los pequeños funerarios, que son la mayoría, sienten amenazada su dignidad y afectados sus intereses. Por eso anuncian que de aprobarse las normas del Plan “se va a crear una situación difícil”. Ignoro los alcances de tal advertencia. ¿Es que, acaso, piensan entrar en un cese de actividades? ¿Qué ocurriría de ser así? No lo sabemos, pero no creo que sea tan grave como para tener que mandar a la muerte de vacaciones.

Esto de poner a descansar a la muerte es, por supuesto, un decir virtual, un imposible existencial. Precisamente, por serlo, el Nobel portugués José Saramago lo utiliza como tema de ficción para escribir una de sus últimas novelas. Con el título de Las intermitencias de la muerte, da rienda suelta a su imaginación y declara en receso, en un país inexistente, a la puntual e infatigable parca.

Entonces, funerarias y cementerios quedaron sin oficio, en tanto que hospitales y depósitos de ancianos y enfermos terminales se fueron atestando, a tal punto que se hizo necesaria la declaratoria de emergencia sanitaria. Este no sería el caso entre nosotros, de cerrar sus puertas las funerarias. Ocurriría sí, que los muertos tendrían que ser velados en sus domicilios. Como consecuencia, ni “el arreglo” o cosmética del cadáver (denominado en el argot funerario “tanatopraxia”) ni el alquiler del “estadero” postmórtem entrarían en los gastos que significa viajar al más allá. No sería tan onerosa para los deudos la despedida final.

Desconozco el texto del “Plan Maestro”, pero temo que prohíba realizar velaciones en sitios distintos a las salas funerarias. En una circular de la Secretaría Distrital de Salud (la No. 28 de 2004) se estableció que la velación de cadáveres podía realizarse “única y exclusivamente en las salas que cuenten con concepto sanitario favorable”. Pese a que no se prohíbe de manera expresa la velación en casas particulares, Fenalco, en comunicación de mayo de 2005, recuerda lo contrario a sus comerciantes afiliados y da por sentado que solo puede hacerse en las funerarias.

Antes de que sea aprobado el luctuoso “Plan Maestro”, quiero invocar un derecho: el de ser velado en el sitio que hayamos escogido en vida. Si el “derecho a morir dignamente”, basado en el sagrado principio de autonomía, permite que se muera en el ámbito hogareño, igual debe ocurrir con el paso siguiente, que es la rígida, fugaz y postrer estancia. Por eso, y ante la inexorable circunstancia de llegar a ser un mudo usuario de los servicios necrológicos, muy comedidamente solicito que en el paquete maestro no se excluya como velatorio el hábitat habitual, donde algunos nos sentiríamos más cómodos.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.