Los vía crucis del amor

Los vía crucis del amor

La golpiza guajira que le propinó el señor Dangond Lacouture a su amada en la ciudad de Barranquilla provocó indignación nacional. Y las feministas de cabellos cortos, como sus argumentos, achacaron, por vicio, el melancólico espectáculo al socorrido machismo. Noción indefinible, categoría exigua para calibrar las relaciones complejas de los hombres con las mujeres.

15 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Nada justifica los puños y las patadas entre quienes compartieron los fragores del lecho. Menos, los balazos de un cupido excesivo en busca de un corazón que halagamos con piropos hiperbólicos en los espejismos del enamoramiento.

Los débiles hallan siempre recursos para escarnecer el poder. Dios dotó a las mujeres con aptitudes increíbles para la ofensa equilibrando la flaqueza de sus puños. Hombres excepcionales como Enrique VIII cobran los defectos de sus damas en el cadalso. Más, son los que terminan, perdida la razón y la honra, en manicomios, juzgados, escribiendo cartas de perdón o poemas insulsos entre remordimientos y suspiros, como unos idiotas.

Algunas mujeres macabras hacen uso perverso de las debilidades masculinas.

Desmontan con paciencia las barreras del monstruo que guardan sus maridos, en busca del desafuero de la crucifixión. Sacan a voz en cuello en las discusiones domésticas las confidencias que les hicieron al oído, para disminuirlos ante sí mismos. O se ensañan en público en las fieras que llevan dentro, puyándolas donde más duele el amor propio. El poeta Eliot malvivió una señora parecida. Sócrates con otra.

De cuando en cuando una vampiresa de más arrestos aprovecha el sueño de su querido Romeo para despojarlo de sus atributos viriles con unas tijeras de bordar. Conozco hombres mansos que, golpeados por sus hembras, por falsa vergüenza jamás acuden a las comisarías con el cuerpo del delito de arañazos y tolondrones.

Cuando surge en la pareja el lobo sadomasoquista Julieta se transforma, necesitada de ultrajes para aliviar enredos incestuosos o abandonos infantiles de padres pendencieros, y el hombre suelta sus peores demonios.

Una mujer acaba de asesinar al suyo en Estados Unidos después de 17 años de guarapazos. Ambos estaban muy enfermos. Es imposible aguantar 17 años un compañero que nos persigue por la casa arrojándonos ceniceros a la cabeza.

La víctima y el victimario conservan pavorosas simetrías.

Un amigo mío que en paz descansa, aunque de otra cosa, me contó cómo un día tuvo el impulso de ahorcar a su nena. Ella me miró, me dijo, con sus irresistibles ojos, alzó un martillo que llevaba en la mano y deseché la idea. La mujer que se deja pegar una sola vez volverá a ser golpeada sin remedio.

La brutalidad del castigo de Dangond quedó en evidencia en las fotografías que circularon por Internet. No hay que ser santo para apiadarse de la mustia señora. Ni sicoanalista para adivinar en la divulgación del desastre un goce ambiguo. La búsqueda de compasión, y la exhibición de la flor pisoteada, en venganza con la barbaridad del cónyuge.

Desde los trogloditas que arrastraban a sus preferidas por el pelo al tálamo nupcial, y Clitemnestra, que masacró a su esposo en un baño de hierbas preparado por Egisto, hasta la garrotera de anoche en mi vecindario entre dos tortolitos que ponen a prueba sus naturalezas pervertidas, el amor tiene un rostro salvaje. Y seguirá siendo amargo. Peor, si mezclamos a los resquemores de la convivencia las perfidias del alcohol.

Rimbaud gritó en Una temporada en el infierno: hay que reinventar el amor.

Otro poeta, suicida e italiano, escribió con más resignación: vendrá la muerte. Y tendrá tus ojos.

A veces el triunfo femenino es la invención del verdugo perfecto. Y la prepotencia masculina es siempre la máscara del miedo de la fragilidad de uno abrumado por sus deberes protectores de día, y de macho de noche. Lo demás pertenece a los tortuosos abogados. Y a los lugares comunes de los sicólogos de pareja.

eleonescobar@hotmail.com

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