En el nombre de Dios

En el nombre de Dios

Con puntualidad germánica, a las cinco en punto de la madrugada, los parlantes emiten a todo volumen la llamada a la oración del almuecín. Durante ocho minutos, con una voz sorprendentemente bella que recuerda al Cigala, entona una canción con sentimiento, como dicen en Andalucía. Parece saeta, puro arte... ¡pero a las cinco!

13 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Cierto que el religioso está entre los suyos, en Sidón, una ciudad sunita donde el islam manda, pero también hay cristianos que preferirían aprender el Corán a otras horas del día, o que no querrían saber nada de la fe de Mahoma. Pero no, tienen que tragarse la despertada.

Eso me hizo recordar la bronca que se armó en un pueblo colombiano hace como un año, a causa de las benditas campanas. Quienes no tienen la menor intención de pisar nunca jamás la iglesia, deben soportar cada mañana y cada tarde que les rompan los tímpanos para que unos cuantos católicos, que conocen de sobra los horarios de sus misas, acudan prestos a la cita o tengan mala conciencia por preferir quedarse entre las cobijas.

En Sidón es imposible tomarse una cerveza y menos un whisky. El alcohol está prohibido en toda la ciudad, porque así lo disponen los herederos del Profeta. Podría estar restringido solo para quienes profesan el islam, porque en Líbano hay 17 diferentes creencias religiosas (solo católicos hay tres), pero como son los sunitas quienes mandan porque para eso en esa urbe son más, pues a tomar todos, tanto los de Mahoma como los de San Pedro, limonada.

La Iglesia Católica querría que se desterrara el condón de la faz de la Tierra, solo porque creen que las relaciones sexuales deben tener el exclusivo fin de la reproducción. Eso estaría bien si lo quisieran solo para los suyos, pero tampoco. Es café para todos.

Cuando una religión intenta traspasar la frontera de la espiritualidad, cuando se mete donde Dios no le manda, pues tenemos un lío monumental como en el Líbano, donde la mezcla entre el cielo y la Tierra alcanza niveles paranoicos.

Miren que ya lo dijo Jesucristo, que a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Pues nada, que no aprendemos de la Historia, como les pasa a los israelitas con sus guerras contra Hezbolá, que las emprende con soberbia y las acaba con el rabo entre las piernas.

El obispo católico-griego de la región sur del Líbano, monseñor Georges Bakhouny, lo comentaba el otro día con alguna dosis de escepticismo. “Solo cuando el Líbano sea un país laico, solo cuando cada cual guarde sus creencias para sí mismo y nos gobernemos por las leyes laicas, tendremos una solución a nuestros conflictos armados. Y cuando en mi país cada ciudadano considere que lo primordial no son los intereses particulares de su taifa (su comunidad religiosa), sino los del conjunto de la ciudadanía, los de su patria, podremos pensar en un mejor futuro. Necesitamos un país laico”. Y lo dice un obispo, no un parroquiano.

Los católicos hemos impuesto nuestra mayoría durante demasiados siglos en Latinoamérica y ya va siendo hora de que vayamos cambiando. Tendremos que aceptar que las leyes son laicas y están para cumplirlas, estén o no acorde con nuestra religión. Cuando se es mayoría y no nos matamos en nombre de Dios, no somos siempre conscientes del daño que causamos a otros. Pero cuando somos la minoría, como los cristianos en el Líbano, y te aterra que un día te gobierne el Corán o sigan haciendo la guerra en el nombre de Dios, bien para ir al paraíso o bien para supuestamente defender la Tierra prometida por Yaveh, la cosa es otra.

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