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DISCORDIA EN EL EMISOR

DISCORDIA EN EL EMISOR

En la Comisión III del Senado se adelantó esta semana un debate económico que prometía ser esclarecedor y acabó arrojando más elementos de confusión e incertidumbre. Planteado por el senador Juan Camilo Restrepo mediante citación reglamentaria al ministro de Hacienda, era de esperar una confrontación de alto vuelo, útil, serena a ilustrativa, dadas las altas calidades intelectuales de los protagonistas. No obstante, su nota más destacada, a juzgar por las noticias gráficas y escritas, fue el abierto e insospechado enfrentamiento de pugnaces miembros de la junta directiva del Emisor con quien es en ella su par, pero también su presidente por mandato constitucional. Casi lo ponen a absolver posiciones. Declare usted si piensa proponer la reforma de la autonomía del Banco de la República. Declare usted cómo va a gestionar el pacto de productividad, precios y salarios sin haber señalado previamente el tope de inflación. Declare usted por qué considera mala la revaluación en cuanto signi

Aparentemente, el ministro Perry, tranquilo y dueño de sí mismo, se excedió en benevolencia y amabilidad con tales sorpresivos e importantes interlocutores, asimilándolos a congresistas, ellos sí con perfecto derecho de interrogarlo. A juicio de cualquier observador desprevenido, las respuestas eran obvias. Si no funciona el sistema de autonomía del Emisor con poderes omnímodos en esferas vitales, si se presta a colisiones insuperables o se erige en factor de obstrucción y parálisis, será menester consagrar su fracaso en un acto legislativo que restablezca la coherencia y la armonía en el siempre delicado manejo de la economía nacional. Por tener período fijo unos funcionarios y ser epígonos de determinada ortodoxia, no pueden sentirse autorizados a atravesarse en el camino de políticas distintas de las de sus hondos afectos.

Al ministro Perry se pretendía arrancarle la promesa de no valerse de las mayorías parlamentarias para introducir cualquier enmienda al actual régimen del Emisor. Cada uno es dueño de defender lo suyo, pero hay que saber elegir el escenario, evitando socavar la credibilidad y unidad del cuerpo colegiado al cual se pertenece. Se pretendía también obligarlo a abjurar de las promesas de parar la revaluación externa de la moneda que con su depreciación interna coincide. Se pretendía además demostrarle la imposibilidad práctica de llevar a cabo una política económica con fuerte aliento social y función gestora del Estado.

El gerente del Banco de la República, Miguel Urrutia, con su innata habilidad diplomática, quiso echar bálsamo en las heridas y preservar de grave agrietamiento las relaciones con el Gobierno. Sin embargo, en el ambiente continúa flotando la sensación de discordia en el interior de la junta directiva de esa institución, y, lo que es más, la resistencia de varios de sus miembros a los programas y derroteros de la Administración Samper.

Todo da trazas de reducirse a fijarle un límite al gasto público, por lo demás indispensable, como si no hubiera otras circunstancias igualmente decisivas. La tesis da trazas de ser la de que por parte del Emisor no resta sino sentarse a esperar lo que hagan Ejecutivo y Legislativo en materia fiscal. Será verdad tanta belleza? No lo parece. Ni en lo monetario ni en lo cambiario.

Pero esto no obsta para formular votos por que haya surtido efecto la mediación conciliadora del gerente del Emisor y por que en su junta directiva prevalezca la cooperación constructiva tras las infortunadas intromisiones en el debate parlamentario. Por lo menos se ha ofrecido colaborar en la búsqueda del acuerdo de productividad, precios y salarios.

Incompatibilidad conceptual En el diario La República de ayer hemos leído las aclaraciones de uno de los miembros de la directiva del Emisor, el economista Oscar Marulanda Vélez, sobre el sentido de su intervención en el debate parlamentario de marras. Más le habría valido atenerse a las versiones periodísticas. La suya, meditada y completa, da grima por provenir de una personalidad de su jerarquía y responsabilidad.

Comienza sosteniendo que el principal factor de presiones hacia la revaluación del peso lo constituye la inflación . Quizá quiso escribir devaluación en cuanto la depreciación interna termina por acarrear la externa. Ningún país ha conseguido divorciar lo uno de lo otro, ni se ha inclinado indefinidamente a estrangular las actividades y oportunidades vinculadas al aprovechamiento de los consumos foráneos. Se han represado inflaciones aplicando estrictos controles, pero a la larga se han intensificado y desbordado. No es que ellas impliquen revaluaciones sino que éstas se utilizan a veces con el propósito de contenerlas.

Se queja el doctor Marulanda de que en Colombia esté haciendo carrera una oposición perversa al fortalecimiento del poder adquisitivo del peso. No hay tal. Si bien se miran las cosas, su deterioro anual se aproxima a la cuarta parte, medido en capacidad de compra interna. Cada año vale menos para la gran masa de consumidores, como menor es el salario real, aunque las importaciones se abaraten, se encarezcan las exportaciones y se desaliente la producción nacional de alimentos.

En defensa de la revaluación, política adoptada por la junta del Emisor con aquiescencia o inspiración del Gobierno anterior, alega el doctor Marulanda que toca a los presuntos perjudicados resolver sus problemas a través de mejoras en la competitividad de sus operaciones y no a las autoridades cuya función es dictar normas de carácter general. Su primer error consiste en creer que se ha venido cumpliendo un proceso sano de fortalecimiento del poder adquisitivo de la moneda . Una inspección de campo en cultivos y en fábricas, en costo de la vida e ingresos salariales, en oportunidades de empleo y desplazamientos migratorios, lo devolvería a la realidad.

La carta del citado doctor Marulanda al diario La República si algo revela es la incompatibilidad de su criterio con el pensamiento expuesto por el presidente Samper a lo largo de su campaña electoral y con los programas de gobierno refrendados en las urnas. Harto difícil le va siendo colaborar en lo que contraría sus principios y sus dogmas. Pero, como hablando se entienden las gentes, la manifiesta disparidad de ideas y apreciaciones ojalá no contribuya a una atmósfera de conflicto del Emisor con el Gobierno. Constitucionalmente urgiría disiparla. De pronto el rayo de la verdad repite el milagro de convertir a Saulo en Paulo.

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