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UNA ISLA SIEMPRE ATRACTIVA

UNA ISLA SIEMPRE ATRACTIVA

Era la tercera vez que visitaba el archipiélago sanandresano. Ya conocía su gente, su naturaleza y sus costumbres; por lo menos eso creía. Sin embargo, a pesar del mal clima que hacía el día de mi llegada, al bajar del avión sentí que todo era nuevo. El Sesquicentenario no era el mismo. Lejos estaban las pocas sillas, los montículos de cemento y la gente aburrida de esperar. Ahora el aeropuerto mostraba su nueva cara: colores llamativos, salas de espera, un acuario y personal dispuesto a servir a los turistas.

Con solo ver el terminal aéreo me dí cuenta de que San Andrés había cambiado, pero para mejorar y continuar siendo atractiva.

Su mar de siete colores seguía tan transparente y claro como siempre. Las playas permanecían con la misma fina y blanca arena que atrapa a los turistas ingleses y alemanes, que llegan en vuelos charter cada semana, y a los argentinos, españoles y brasileros, que las visitan cada quince días.

Al tomar el camino de circunvalación, para bordear toda la isla, recordé algunos de los sitios turísticos que alguna vez había visitado. En la Cueva de Morgan continuaba flotando el ambiente de leyendas y tesoros de piratas, que hacen pensar que en verdad estas tierras fueron alguna vez el territorio de corsarios y bucaneros.

Más allá, disfrutar el hoyo soplador mientras se observaba la inmensidad del mar fue muy refrescante, como también lo fue el paseo por San Luis donde los caseríos autóctonos inundan el paisaje con su colorido caribeño.

Y aunque las playas, El Acuario y Johnny Cay siguen siendo el paseo obligado, en esta ocasión visité un lugar que solo había visto en mi imaginación. Una laguna en lo alto de La Loma, sector popular de la isla, donde se percibe la integración con la naturaleza.

El pequeño Albert, encargado de suministrar información sobre su origen, nos comentó que allí vivían cocodrilos y babillas, animales poco amigables con los humanos.

Bajando La Loma, el techo rojo de la imponente Iglesia Bautista interrumpió el paisaje. Fue necesario alzar los ojos para observar toda su majestuosidad. Adentro, las fotografías de sus reverendos, las frases en inglés y la arquitectura del recinto hacían recordar todo el tiempo que se estaba en un sitio dedicado al culto y a la música.

Y el recorrido continuó para seguir observando la belleza de los nativos, de sus casas, del verde y azul del mar y, sobre todo, de la exótica y siempre atractiva San Andrés.

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