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UNA VERDAD INCONFESABLE

UNA VERDAD INCONFESABLE

La gran nación del norte ha sido nuestra amiga y protectora, factor permanente de nuestro desarrollo, socio comercial y compañero en la defensa de la libertad y de las instituciones democráticas. Estas son verdades que algunos niegan, apoyados en antiguos resentimientos, en afirmaciones teóricas difundidas con terca insistencia, hasta nuestros días, por los partidarios de totalitarismos de todo pelambre; o en hechos reales que suscitan animadversión, a veces justificada, pero que son el producto natural de una relación próxima e intensa, a la que se le agrega la dificultad inevitable de las desproporcionadas diferencias entre la magnitud colosal de una de las partes y la débil e inestable estructura de la otra. Convencido como estoy de lo anteriormente dicho, he aceptado, asumiendo de antemano el riesgo implícito, tratar el epinoso tema del narcotráfico, que se ha convertido, como es bien sabido, en un escollo muy serio para el normal desarrollo de esas relaciones. Si mis opiniones

Todos ustedes conocen el antiguo cuento árabe de aquel rey a quien un habilidoso y charlatán sastre le dijo que le había confeccionado un maravilloso traje, que no podría ser apreciado sino por la gente honesta. Nadie veía el maravilloso traje, pero ninguno, ante la acusación implícita, se atrevía a decirlo. Y así se paseaba desnudo el rey, entre las aclamaciones de sus cortesanos sobre sus maravillosas galas, hasta el día en que el soberano se presentó así ante su pueblo y un desaprensivo, que no conocía el cuento, exclamó: El Rey está desnudo! Y todos comprendieron la historia y el incauto monarca fue víctima del más grande ridículo.

Desnudez real Algo similar nos está sucediendo con el problema de eso que llamamos genéricamente la droga. Le hemos aplicado el principio del bien y el mal en esa forma que se adjetiva como maniqueísmo , en la que no puede haber sino buenos y malos, sin que nos detengamos a analizar, en forma razonable y objetiva, las causas del fenómeno, su desarrollo y sus reales consecuencias. El mundo se divide hoy entre los buenos , aquellos que predican la prohibición simple del consumo de la droga, utilizando para implantarla el poder del Estado y los malos , los que han caído en la drogadicción y quienes deseamos afrontar el problema por fuera del simplismo prohibicionista. Y es así, como les sucedía a los cortesanos del cuento, que resulta poco menos que imposible decir la verdad: que la lucha contra el flagelo de la droga, tal como está planteada, es un estruendoso fracaso, que no se nos permite reconocer en su patente realidad.

Los colombianos somos adoloridos testigos del fracaso, porque hemos aceptado humildemente llevar a cuestas la peor parte, pero la narcosociedad que padecemos es un fenómeno generalizado por todo el planeta, que crece como el más activo cáncer, con variaciones en la intensidad, el diagnóstico y la apreciación colectiva, pero que tiene como estimulante básico un prohibicionismo mal entendido y peor aplicado.

Sí, desde luego, el uso de sustancias psicoactivas y psicotrópicas es malo, individual y colectivamente. Pero, es absolutamente malo? Quizá también, pero pertenece al mundo psíquico del hombre, que desgraciadamente no ha sido nunca absolutamente bueno, por cuanto su naturaleza está llena de imperfecciones. Y esas imperfecciones y deficiencias lo cargan de angustia e inconformidad. La casualidad, su permanente curiosidad, la búsqueda afanosa de remedios y paliativos, pusieron en sus manos diferentes tipos de estimulantes que ha venido utilizando desde siempre. No existe rastro de civilización alguna en el que este fenómeno no esté presente. Lo podemos catalogar como endémico, que puede ciertamente tornarse en epidémico, pero que está ahí, siempre presente. Hemos escogido lo imposible, prohibir la endemia, en vez de luchar contra la epidemia; la solución simple no razonada, en lugar de la lógica, científica y políticamente aplicable. Estoy convencido de que la prohibición es una de las grandes causas de la epidemia.

En medicina legal se nos enseñó que todo es veneno y nada es veneno. Depende de la dosis y la oportunidad. Un par de tragos pueden salvar a un infartado, pero pueden ser mortales para un equilibrista. El opio, en muchísimas formas, fue una de las medicinas básicas durante siglos y aún hoy se habla del láudano como sinónimo de panecea. La morfina representó un gran paso adelante en la medicina y en el alivio del sufrimiento. Lo mismo puede decirse de toda clase de estimulantes y sedantes, siendo la inmensa mayoría de ellos causantes de adicción con consecuencias graves. Y el vino? Fue consumido en la última cena y en las bodas de Canaán, a pesar de los excesos de Noé. La cortedad del tiempo no me permite hacer aquí ni siquiera un breve recuento de lo que ha sido la presencia de los estimulantes en la evolución de la humanidad. Cada uno se puede darse un ejemplo ilustrativo, incluyendo el propio comportamiento diario.

Quiero establecer una diferencia entre el narcoconsumo y el narcotráfico. Son dos fenómenos concomitantes, pero distintos. Existen narcoconsumidores de alcohol, de cigarrillo, de somníferos, de calmantes, de café, de té y también narcotraficantes de esos productos. Lo mismo hay narcoconsumidores de marihuana, hachis, cañamo, adormidera, opio, cocaína, heroína y sus correspondientes narcotraficantes. La discusión sobre cuáles de estas drogas tienen mayor peligro no es el tema, pero podríamos hacerla. Quiero en cambio hacer hincapié en la diferencia entre los narcotraficantes y su influencia sobre la sociedad contemporánea. Los separa una sola condición: la prohibición.

Fracaso de la prohibición Los unos juegan en el mercado abierto, hacen propaganda y andan libres por el mundo. Los otros tienen a favor de su afán de lucro la preciosa ayuda de la prohibición. Y digo ayuda, porque el factor fundamental en el alto precio de la droga viene precisamente de la prohibición. Producir un gramo de cocaína cuesta menos que producir un gramo de azúcar o de sal. No hay allí ni técnica ni calidad. Las materias primas están a la mano, casi podríamos decir que son inevitables. De ahí en adelante, todos los insumos y los precios vienen del proceso de violación de la ley con los espantables resultados que estamos viendo, sin que se vislumbre por parte alguna el éxito en la fallida campaña. Todos los resultados que tenemos a la mano son negativos. Los consumos aumentan, presionados por la mayor, más agresiva y mejor remunerada fuerza de ventas -para usar términos de mercadeo- de que se tenga noticia.

Pero lo que resulta más grave para la sociedad contemporánea, como lo señaló García Márquez, es su acelerada sumisión al imperio del dinero fácil. Se acusa a Colombia de estar convirtiéndose en una narcodemocracia , si es que este noble término aceptara el prefijo, y los que hemos presenciado las recientes elecciones somos plenamente conscientes de la abrumadora presencia del dinero fácil de toda procedencia; los que estudiamos la estructura de la propiedad nos enteramos con pasmo de lo que allí está pasando; los que sufrimos el desamparo, la violencia, la ineficiencia de las fuerzas del orden, sabemos lo que hay detrás de todo ello. Que no quiero verla! , la sangre de Antonio Vargas Heredia . Como García Lorca exclamamos a unísono que no queremos ver la espantable realidad.

En cambio se nos informa diariamente de falsos éxitos en operaciones denominadas con nombres estrafalarios que nada significan frente a la incontenible marea. Como los parientes del enfermo terminal decimos que está mejorcito hasta que se muere así, mejorcito , como está sucediendo con nuestra democracia.

No la queremos ver, la realidad, ni en Colombia ni en ninguna parte. O la estamos viendo en toda su desnudez, pero no podemos decirlo como en el cuento del rey, so pena de ser anatematizados. Sin embargo, los tozudos resultados se imponen. En estudio recientemente publicado por mí, analizo algunas de las facetas que demuestran cómo el país se nos está saliendo de las manos. El DAS y la sociedad de agricultores están de acuerdo en que cuatro millones de hectáreas productivas colombianas están ya en manos de los narcotraficantes. Es esta una extensión igual a la de Bélgica o Suiza. Pero podemos disfrutar del consuelo de los tontos. Lo mismo está sucediendo por doquier.

Dictaba yo una conferencia en Washington frente a personal vinculado al sistema de defensa norteamericano y les dije que me extrañaba cómo la sofisticada tecnología en sus manos no había caído en cuenta de una maravillosa arma secreta: volver invisible un avión por el simple procedimiento de cargarlo con unos cuantos kilos de cocaína. En plena guerra fría , los aviones de los narcotraficantes salían de Sur América, repostaban Cuba y aterrizaban con inusitada eficiencia en los Estados Unidos sin ser detectados. Un arma de comprobada eficiencia.

Cuántos son los países que han caído ya o están a punto de precipitarse bajo el dominio del Basilisco del dinero fácil? Muchísimos. Pero Colombia lleva la peor parte, porque una inconsulta política internacional ha permitido que se nos coloque a la cabeza de los envenenadores de la humanidad, haciendo que los colombianos todos seamos humillados por quienes, con torcida conciencia, quieren disculparse con la sangre del cordero expiatorio que ponemos a su libre disposición.

Cordero expiatorio Valga un ejemplo: nuestra Corte Suprema, en reciente y sesuda sentencia, hizo que el consumo personal quedara despenalizado, como en Alemania, Escandinavia, Italia, España, Holanda, Suiza, Escocia y otros países. Sin embargo, los Estados Unidos no consideran que esa situación merezca su reproche sino en el caso colombiano. Nos hemos ganado ese privilegio. Y ahora, en su campaña falaz, con todos los visos de la demagogia, se va a poner al pueblo colombiano a decidir -Maniqueo nunca llegó a tal extremo- sobre si quiere droga o no, dentro del más simplista de los planteamientos. El no será abrumadoramente mayoritario. Dormiremos tranquilos habiendo dicho que no, y la narcotización de nuestra sociedad continuará, probablemente con un aumento de las ganancias de los delincuentes, gracias al incremento de la acción represiva.

Desde luego, toda esa alharaca será improductiva, salvo para sus promotores. No se dará un paso adelante. Con esa policía? Con ese sistema judicial? Bajo el dominio de la narcoguerrilla? Frente a tales delincuentes? Sabemos que así será, pero chitón, que todo se resolverá con un referendum y Colombia seguirá sin una política coherente en el ámbito internacional, poniendo su nombre para que sirva de lavadero de conciencias.

La despenalización del consumo personal tiene muchos argumentos a su favor. Pero el que ha sido decisivo es el haber comprendido que más daño hace la pena que el delito. Así lo hizo saber en su momento, inútilmente, el presidente Carter cuando pidió al Congreso que no se cometiese tamaño error. Hoy en los Estados Unidos, la población carcelaria ha aumentado fuera de toda proporción, así como la fuerza policial y la congestión judicial. El consumo aumenta e infinidad de consumidores que hubieran podido ser sometidos a políticas de prevención y recuperación han pasado por la prueba sin regreso del ácido corrosivo de la degradación carcelaria. Ni qué decir de lo que le pasa a un joven colombiano cuando se le somete a nuestro esclarecido sistema penitenciario.

Puede haber otras maneras de encarar el problema sin caer en el libertarismo inmoralista. Son precisamente los mismos Estados Unidos, hoy campeones irreductibles del prohibicionismo, contra la voluntad de una proporción cada vez más grande de sus habitantes, los que nos han dado dos ejemplos muy claros sobre la forma de afrontar el problema de la droga: la prohibición del alcohol, con su estruendoso fracaso que no dejó otra consecuencia que la institucionalización de la mafia como factor permanente de la sociedad, y la lucha contra el tabaquismo, indudablemente exitosa, sin haber tenido que sacrificar jueces y policías, enriquecer malhechores y encarcelar empresarios y fumadores.

Algo hay en la naturaleza humana - será acaso la enfermedad de la libertad?- que impulsa al individuo a rechazar lo que se le ordena, cuando el obedecimiento no está encuadrado en una estructura moral que lo justifique. Esa ha sido la causa del fracaso de todas las persecuciones. El incremento de la propensión al consumo de estupefacientes tiene mucho que ver con la crisis de los conceptos fundamentales que le dan sentido a la sociedad, y eso no lo vamos a solucionar con un referendum maniqueo. Si las normas legales fueran suficientes para resolver los problemas, hace muchísimos siglos que los hombres habrían alcanzado la felicidad.

Las anteriores reflexiones son las que me han llevado a la conclusión de que el problema social más grave que enfrentamos no es el narcoconsumo, sino el del narcotráfico ilegal, con sus abrumadoras ganancias y su consecuente poder incontrastable. Contra él, encuentro que la solución más eficaz es atacar su punto neurálgico: el negocio, que se sostiene gracias a la prohibición, como antes he explicado.

Desde luego, no estoy proponiendo que Colombia establezca unilateralmente el libre comercio de toda clase de drogas, pues ello nos llevaría a ser el centro de la delincuencia. Lo que me parece impostergable es que cambiemos nuestra política, para decir con claridad ante la comunidad internacional que el rey está desnudo, que la guerra se está perdiendo mundialmente y que, si seguimos por ese camino, corren muy serio peligro las instituciones que conforman eso que llamamos civilización. Estoy seguro de que serían muchos los países que sufren nuestra misma tragedia que nos acompañarían en ese empeño, si nos atrevemos a decir la verdad. Y también la comunidad médica, los servicios de policía, los jueces, los educadores y todos aquellos que están observando de cerca esa realidad inconfesable. Así lo he podido comprobar en mis numerosas entrevistas e investigaciones.

Reacciones farisaicas Qué hacer entonces? Dedicar nuestros esfuerzos a luchar contra el narcoconsumo, que es, curiosamente, el aspecto al que menos atención se le pone, siendo el problema verdadero. Cuántas vidas, cuánta corrupción, cuánto dinero hubiéramos salvado en Colombia si todo ese esfuerzo inútil se hubiese dirigido a la prevención y la reeducación? A manera de ejemplo, cuánto costó realmente esa inexplicada e inexplicable aventura de Juan Chaco, cuyos fines aún desconocemos, pero que se nos presentó como ayuda en la lucha contra el narcotráfico? Cuántas cosas se podrían hacer con esos cuarenta o cincuenta millones de dólares que invertiremos en radares que se van a dedicar a perseguir aviones invisibles, por cuanto van cargados de droga? Cuánta policía tendríamos para recuperar la seguridad perdida, si no estuviese regada por los campos en el inevitable papel de cómplices de los delincuentes? Cuántos jóvenes estaríamos atendiendo, en vez de llevarlos a pudridero de las cárceles o colocarlos en la permanente posición de sobornadores y concupiscentes de la ilegalidad? Y esto puede preguntarse no solo en nuestra patria sino en todas las naciones.

La despenalización permite el tratamiento franco del problema, el control y dosificación de las drogas, la reeducación, el seguimiento de los enfermos, que no delincuentes, la desmarginalización de un comercio, para integrarlo a la operación económica como lo están hoy muchísimas drogas, empezando por el alcohol. Pero, sobre todo, y quiero ser reiterativo, les quitaría a los narcotraficantes el invaluable privilegio de estar perseguidos, es decir, el que pone en sus manos el más grande negocio que la humanidad haya conocido. Contra él no valen convenciones de Viena ni referendos, porque ha demostrado que es más fuerte que ellas.

Y a propósito de la Convención de Viena, yo voté negativamente la ley que la aprobó porque establece, en términos generales, unos criterios de acuerdo con los cuales Colombia y los países que se encuentran en las mismas condiciones quedan colocados en posición de culpables, sometidos a toda clase de imposiciones y vejaciones, como cada día podemos comprobarlo. Se divide el mundo en países víctimas, los consumidores, y países victimarios, los productores, y en consecuencia se les da a los primeros el privilegio de defenderse de los segundos, cuando todos sabemos que el problema es el inverso: hemos sido las víctimas de una demanda creciente que impone sus leyes de mercado.

Este es el planteamiento que me niego a aceptar, porque quiero recuperar para mis hijos el honor perdido de ser colombiano. Sé que mis planteamientos serán rechazados con escándalo por los fariseos; que como consecuencia de ese referendum se seguirán dictando leyes inocuas y lloverán las declaraciones y los golpes de pecho mentirosos en medio de la corrupción rampante. Cabe aquí recordar lo dicho por Tácito; Corruptisima república plurimae leges . Muchas son las leyes en una república corruptísima.

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