El valor de las palabras

El valor de las palabras

La Defensora recibe una carta de Karin de Klinge, jefe de relaciones públicas de la Fundación Niñez y Desarrollo (FND Colombia), un centro de rehabilitación infantil, que dice:

06 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

“Felicito a EL TIEMPO por informar sobre el grupo musical de Filandia (Quindío). Si bien es cierto que en el desarrollo del contenido el uso de la terminología es correcto no pasa lo mismo con la titulación: ‘Ciegos y sordos arman la rumba’. Es discriminatorio mencionar un colectivo por su deficiencia. ¡A nadie le gusta que lo nombren entre los feos, los flacos, los gordos! Estoy convencida de que existen otras formas para motivar la lectura del artículo. Ayúdennos a cerrar la brecha estigmatizante del uso del lenguaje”.

El artículo, publicado el 27 de julio, destaca la labor realizada en el Liceo Andino de la Santísima Trinidad de Filandia, con 16 niños y jóvenes que padecen dificultades cognoscitivas, visuales y auditivas y que hoy conforman la orquesta Aroma y Café, que desde hace cinco años realiza presentaciones públicas.

A juicio de la Defensora, no hay una estigmatización en el lenguaje utilizado por el reportero. Una cosa es señalar a una persona por una discapacidad en tono peyorativo, lo cual sí es censurable, y otra muy distinta mencionar estas limitaciones para resaltar positivamente a quienes logran superarlas.

Las palabras tienen un significado y el periodista debe tratar de utilizar en sus escritos el término más adecuado. No obstante, hay quienes piensan que algunos vocablos son muy fuertes y que deben ser suavizados. No pocas veces la Defensora recibe este tipo de reclamos, en su mayoría injustificados, por cuanto obedecen a una falsa concepción de que nombrar las limitaciones siempre tiene una connotación estigmatizante.

Es ese temor a ofender el que hace que el lenguaje periodístico esté plagado de eufemismos, que tratan de ocultar o disfrazar una realidad. Por fortuna, esta tendencia ha ido superándose, aunque no del todo. Como dice el periodista español Álex Grijelmo en su libro El estilo del periodista: “Parece que alguien se hubiera propuesto que las palabras fuertes, las que trasladan claramente su concepto, suenen de una manera más suave, para que nadie se asuste (...). Por eso hay periodistas que hablan de ‘limpieza étnica’ y no de ‘genocidio’; de ‘incursiones aéreas’ y no de ‘bombardeos’; de ‘ejecuciones de rehenes’ y no de ‘asesinatos’, o de ‘interrupción del embarazo’ y no de ‘aborto’ ”.

En el caso que nos ocupa, la utilización de los términos “ciegos” y “sordos” es adecuada, por cuanto estos no solo reflejan la realidad, sino que muestran que estos jóvenes tienen una actitud ejemplarizante frente a su adversidad. La Defensora disiente de la queja de la lectora sobre un señalamiento “discriminatorio, al mencionar a un colectivo por su deficiencia. ¡A nadie le gusta que lo nombren entre los feos, los flacos, los gordos!”. Lo que pretende el artículo es mostrar una realidad como es y valorar el esfuerzo de estos muchachos y de sus profesores, además de informar acerca de cómo la gente con problemas y limitaciones encuentra alternativas para sacar a flote su creatividad. Lo que en el tratamiento del artículo se percibe no es su desvalimiento, sino su talento para superar la limitación.

Así como el uso de eufemismos debe evitarse, también es censurable que este tipo de historias se escriba con un equivocado sentido miserabilista, es decir, con un enfoque que apela a sentimentalismos o llamados a la emotividad, que lo que hacen es minimizar un problema y dejar la sensación de que se está entregando, por compasión, una cuota de espacio a los desvalidos.

Cuando los periodistas asumen una historia de personas con limitaciones, lo importante es que utilicen en forma consciente las palabras y escriban sus notas pensando en la utilidad social de contar sus casos, para que no se queden en una mera anécdota. Si esta responde –como en este caso– a un tratamiento respetuoso y se basa en los hechos, adquiere un valor como testimonio de una realidad. Por eso, el riesgo del estigma no está en las palabras que se usen sino en el enfoque que se le dé a la información.

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