No todos los abusos son iguales

No todos los abusos son iguales

El sexólogo recibió a su paciente –una mujer con problemas sexuales que le impedían las relaciones íntimas conyugales– y diseñó para ella una terapia especial, consistente en convencerla de acostarse con él. Unos días después, al entender que había sido víctima de un abuso, la mujer denunció al facultativo ante las autoridades.

04 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Ocurrió en Bogotá en 1996. Después de que el médico fue absuelto en primera y segunda instancia, la Corte Suprema de Justicia acaba de condenarlo a cuatro años y tres meses de cárcel, por considerar que aprovechó su condición de superioridad y la incapacidad de resistencia de la paciente para tener acceso carnal con ella.

El caso obliga a recordar el del mensajero que hace seis meses en Bogotá, cuando circulaba por la calle en su bicicleta, palpó las nalgas de una muchacha que se hallaba en la acera. Por esta falta, el acusado recibió una condena de cuatro años de cárcel.

Aunque el castigo sea parecido, se trata de dos abusos diferentes. Que un sexólogo induzca a un enfermo a tener relaciones sexuales con él, so pretexto de una terapia que todas las asociaciones médicas condenarían como grave atropello a la ética, es un aprovechamiento del poder que ejerce sobre el paciente. En cambio, el pellizco del mensajero a la chica podrá ser un acto vulgar y una bochornosa falta de respeto, pero difícilmente puede igualarse con la conducta corrupta del doctor. No es él un peligro para la sociedad, cosa que no puede decirse del médico, cuya falta es, llanamente, una violación.

Estos mensajes contradictorios, que no reparten “a cada quien lo suyo”, como es la filosofía de la justicia, contribuyen a que los ciudadanos cultiven un dañino escepticismo sobre la aplicación equitativa de la ley. A veces resulta difícil saber cuándo se traspasa el límite del decoro y se aterriza directamente en el del delito. Un reciente informe de este diario refirió cómo la corrección política se extiende de oficinas de trabajo a planteles de estudio. Es un tema sobre el que nos proponemos volver, pues lo que antes era un piropo entre compañeros hoy puede considerarse una agresión; una invitación personal del jefe al subalterno de otro sexo tiene el riesgo de ser interpretada como acoso sexual.

No defendemos la ordinariez, ni mucho menos el abuso sancionable. Pero la jurisprudencia está en mora de aclarar cuándo un gesto de excesiva confianza merece castigo penal y a partir de qué límite una audacia de mal gusto debe pagarse con la misma sanción aflictiva reservada al médico que abusa sexualmente de sus pacientes.

editorial@eltiempo.com.co

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