Artistas y calambres

Artistas y calambres

Las ciudades modernas nos habituaron al espectáculo de los artistas desgraciados. Los césares en esta era innoble se interesan poco por estos animales conflictivos empeñados en añadir a la naturaleza sus propias invenciones. Y los mecenas son una especie extinta.

01 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Hoy son escasos los artistas que logran un tris de holgura, para no hablar de la riqueza y el éxito social que ofrecen otras actividades a veces paralelas, como el crimen y la política. En general, en este orden de cosas, son unos bichos huraños, como el insecto inmortal de Kafka, en los cuales a veces se cuelga una medalla tardía. Van Gogh consumido por su propio fuego, Barba Jacob, Gómez Jattin, son las caras sombrías de un antiguo desamparo: algunos a la postre no encuentran en esta vida más alegría que la de sus esfuerzos. Baudelaire retrató al poeta en el cómico albatros que los marineros queman con sus pipas. Cuyas alas de gigante le impiden caminar.

Ahora anda por Internet la noticia. Dasso Saldívar, escritor, autor de una biografía de García Márquez, está en España con la salud maltrecha. Casi nadie sabe, y los escritores lo ocultan por un falso pudor: el oficio de escribir, más que cerebro, exige riñones poderosos para aguantar las sentadas. Más que talento, posaderas y riñones. Y a Saldívar se le jodió un riñón. Qué vaina. Y nadie en su familia consigue entrar en España para regalarle uno, por eso de las fronteras, los visados, las burocracias.

Mierda. En últimas deberán apelar a los contrabandistas de riñones. Estos son los únicos que saben para qué sirven las fronteras. A la gente decente la amilanan.

Algunos piensan que los artistas de portón, los suicidas y locos son supersticiones románticas. Pero mi amigo el poeta Amílcar Osorio se murió de tristeza física, dariolemos se dejó arrastrar, pero no por vicio, sino porque descubrió temprano que debajo de todas las cosas el vacío espera, y que triunfar es otro despilfarro; Cachifo, el novelista de Alguien muere al grito de la garza, vomitaba espaguetis de despedida en un hospital de caridad. Víctimas del mismo mal. Él lo llamó: la cachifrenia.

Es seguro que a las autoridades colombianas en España no les importa Saldívar, y mucho menos enfermo. Los escritores no son cosa de la diplomacia. La diplomacia son negocios, las vanidades de la vida social, las fiestas.

Las leyes para la protección del artista en Colombia son un laberinto de normas. De disposiciones que después se declaran inexequibles. De reformas de las reformas. La Ley de Cultura es un barullo que incluye una humillación. Recuerdo el ritual melancólico que debió oficiar Zapata Olivella a punto de morirse: los homenajes a punto de morirse son una limosna que redondea una ofensa.

Hace años, al viejo León de Greiff una oficina de catastro estuvo a punto de despojarlo de su casa. El poeta, más arisco que Zapata, renunció a la vaca que hicieron unos amigos compadecidos con el manso, magro ogro, para sacarlo del apuro. Con el fin de salvar la vergüenza nacional alguien inventó un premio de poesía Coltejer para el autor de la Balada de Sergio Stepanski.

Este, con su sarcasmo acostumbrado, dijo en el discurso de agradecimiento: un Echavarría me da un premio. Y, refiriéndose al ministro de hacienda que llevaba este apellido industrioso, agregó: y otro me lo quita. Sirva como recuerdo pintoresco. O como metáfora cruel del sainete de infortunios de la cultura colombiana.

Simone de Beauvoir cuenta en sus memorias cómo la Francia de posguerra convirtió las obras de sus artistas sobrevivientes en divisas, y sus figuras, en símbolos de la restauración nacional. Aquí, en cambio, un novelista debe declararse indigente ante notario para merecer sobrevivir si su barco hace agua. O clamar por un riñón. Un órgano tan importante para los escritores. Incluidos los biógrafos de los muy raros príncipes de las bellas letras. Como Saldívar.

eleonescobar@hotmail.com

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