Antiguos santuarios de las Farc en Caquetá, aún solos

Antiguos santuarios de las Farc en Caquetá, aún solos

Cuando Rodrigo Candelo regresó a Peñas Coloradas, el pueblo donde vivió 20 años y en el que se casó, construyó su casa y tuvo nueve hijos, no pudo contener las lágrimas. Fue el 27 de junio pasado, dos años y dos meses después de que salió, como la mayoría de los 2.500 habitantes de ese caserío de Cartagena del Chairá, por el inicio de los combates del Plan Patriota en uno de los ‘santuarios’ de las Farc en el Caquetá. (Ver infografía: De acá salieron)

18 de julio 2006 , 12:00 a.m.

Desde abril del 2004 allí no vive nadie. Y Candelo, que en los 80 llegó de Corinto (Cauca) a probar suerte en un pueblo que nació y creció a la sombra de la coca, preside hoy la Asociación de Desplazados de Peñas Coloradas.

Ahora, con una comisión de la que formaban parte militares y gente de la Presidencia, volvió a la zona para empezar a organizar cómo sería el retorno.

Pero la cosa no pinta fácil. El pasto crece dentro de las viviendas semidestruidas. Hay casas quemadas y otras sin techo. Las puertas están de par en par y los enseres que dejaron sus habitantes no aparecen. Incluso hay señales del paso de guaqueros que buscan la plata y la coca que, según se dice, las Farc tienen escondidas por todo el Caquetá.

Algunos acusan a los soldados por las pérdidas. El Ejército niega cualquier responsabilidad y dice que nunca hubo un inventario de las viviendas, que inicialmente fueron controladas por la Policía Antinarcóticos.

Lo cierto es que el centro de salud ya no tiene camillas ni dotación y que de la escuela quedó apenas el local. Salvo por la iglesia, tal vez el único lugar que aún se conserva intacto, Peñas Coloradas es un pueblo en ruinas.

Sin el esplendor de la coca Candelo recuerda que la Junta de Acción Comunal tenía tres volquetas, una retroexcavadora, una plaza de toros y hasta un criadero de reses de casta.

Después de ver pasar montones de dólares en deslizadores y del derroche y los lujos que se pagaban con las ventas de coca que se instalaban en plena plaza principal de Peñas, hoy sus habitantes solo ven pasar miseria.

Unas 68 familias están en el casco urbano de Cartagena. Viven en las antiguas instalaciones del Sena y otros, en un albergue provisional.

Oswaldo Patiño, también desplazado, recuerda los tiempos de la bonanza: “Era el dueño de unas residencias. En el pueblo había ocho hoteles y se estaba construyendo otro, de casi 70 millones de pesos”. Ahora duerme en un refugio en el que los cuartos están divididos por costales.

La gente salió también hacia otros municipios, como La Montañita, Paujil, Doncello, Puerto Rico, San Vicente del Caguán y la misma Florencia.

Su situación es tan difícil que decenas de familias están listas a emprender el camino de vuelta, aunque sepan que el fulgor de la coca es cosa del pasado por la llegada de la Fuerza Pública.

De hecho, entidades como la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y Codhes no están convencidas de que haya condiciones para retornar a ciertas zonas de conflicto.

El proceso apenas comienza y hay quienes temen que la historia termine igual que en Unión Peneya, el otro caserío fantasma del Caquetá. (ver Tres intentos...).

¿HAY CONDICIONES PARA EL RETORNO?.

La ONU y la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes) tienen reservas frente a los planes de retorno en Caquetá y el resto del país. Les preocupan la seguridad de la gente y la viabilidad de los proyectos productivos.

Jaimer Vega Orozco, secretario de Gobierno de Caquetá, dice que el departamento está listo para dotar el puesto de salud, llevar profesores a la escuela y colaborar con Acción Social en la reconstrucción de Peñas. Solo esperan el inicio del retorno.

Gilberto Rocha, comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta Omega, asegura que la seguridad no es problema: “Tenemos la Brigada Móvil No. 22, el Batallón de Contraguerrillas No. 14 y un puesto de la Infantería de Marina en el área”.

Tres intentos fallidos de regreso a La Unión Peneya.

El 4 de enero del 2004, con las operaciones del Plan Patriota, llegó el Ejército a La Unión Peneya, un caserío de La Montañita (Caquetá).

Pero no encontraron a nadie. Días antes, por presión de las Farc, los 2.500 habitantes lo abandonaron todo y cogieron selva adentro.

Cuando la tropa entró se encontró con un cuidado cementerio de la guerrilla y muchos de los vales que, firmados por José Benito Cabrera (‘Fabián Ramírez’, uno de los jefes del ‘Bloque Sur’), eran la plata que valía en esa parte del país.

Tras el repliegue de los subversivos por las operaciones militares, el retorno a La Unión Peneya se ha intentado en tres oportunidades.

La primera vez fue hace dos años, pero hasta hoy no hay un alma en ese pueblito de casas de madera cerradas por fuera con oxidados candados.

Aprovechando la soledad, muchas de ellas han sido saqueadas por los buscadores de ‘guacas’ de la guerrilla.

Hoy el proceso de retorno está estancado y las familias, dispersas en San Vicente del Caguán, La Montañita, Florencia y hasta por fuera del Caquetá.

‘NO SE HACEN BIEN’.

"La mayoría de retornos generan al principio gran expectativa, pero luego se convierten en una gran frustración".

Marcos Romero, director de Codhes.

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