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SUECIA: PAÍS DE LOCOS

SUECIA: PAÍS DE LOCOS

En este verano tuve la oportunidad de visitar a Suecia, país que siempre presentaba para mí un especial atractivo, en mi juventud ya lejana, por aquello de las libertades entre parejas que nos presentaban en las salas de cine, y ya en mi madurez, por conocer el lugar donde nacieron, crecieron y desarrollaron sus ideas grandes personajes de la ciencia: A.F. Cronstedt, Torbern Bergman, J.C. Gahn, J.J. Berzelius (gran maestro de la química), Carl Wilhelm Scheele y muchos otros. Al llegar a Estocolmo, su capital, empezó mi calvario en este país de locos: las maletas en el aeropuerto se recogen directamente y se sale sin mostrarle a nadie el tiquete que demuestra que son tuyas. La segunda locura de las miles que encontré, ocurrió al salir en carro a la autopista: todos los automóviles deben tener las luces encendidas día y noche con el fin de evitar accidentes y además de esto, nadie ni por casualidad rebasa a otro carro por el lado derecho aunque esos carriles estén libres... sencillame

Por la noche, al caminar la hermosa ciudad antigua, siente uno pánico bogotano por el próximo raponero que saldrá, cuchillo en mano y luego de amenazarnos huirá con nuestra cartera y otras pertenencias... pero no, aquí no existen los raponeros. Esto no es lo peor, lo triste es ese silencio nocturno que mata de escalofrío, no tienen perros callejeros que ladren y te persigan para morderte. No tienen gamines que duerman en las aceras muertos de frío y que te hacen sentir bien al pensar en la cama mullida que te espera.

Traté en vano durante varias horas de orinar en una esquina a escondidas de todos, pero no, estos locos suecos tienen baños en todas partes con toallas, jabón, papel higiénico... qué mamera.

Casi me muero al respirar ese aire tan excesivamente puro que tienen, hasta el punto de que mis pobres pulmones sufrieron varios días, acostumbrados como están al delicioso monóxido de carbono de nuestra querida Bogotá; ahora bien, al quitarme la camisa al final de un día de paseo, los puños y cuello de la misma están totalmente limpios ( así cómo diablos progresará la industria de las lavanderías?).

El agua del acueducto no la hierven, se la toman directamente tal cual sale de la llave, yo casi me muero al probarla, pues nunca pensé que fuera tan pura y mis amibas protestaron por no alimentarlas convenientemente.

En mi recorrido por este país compartí sus alimentos con muchos de ellos y luego de tomarme una o dos cervezas, se opusieron con furia a que manejara mi auto; habráse visto mayor locura? Jamás han disfrutado el conducir con tragos en la cabeza, porque no sólo la ley lo prohíbe, sino que a ellos no les nace hacerlo.

Pero gocé de lo lindo cuando luego de 30 días de viaje en carro desde el sur y casi llegando al polo Artico, encontré un diminuto hueco en una calle de un pueblo (pero hueco al fin), me reí como enano viendo la cara iracunda de mis amigos suecos ante mi descubrimiento, ya que no conocen los agujeros, ni mucho menos los cráteres en sus carreteras... vaya tontería.

De verdad sentí mucha nostalgia de ti, Bogotá, de tu hermoso río, lleno de materias fecales, latas, ratas y papeles. Las aguas de esta ciudad (por todas partes hay agua) son limpias, cristalinas y vaya locura... tienen hasta peces grandes.

Cuánto añoré mis basuras en las calles, ya que aquí tienen canecas por todas partes pero bien limpias, y avenidas en las cuales no hay ni un solo papel... qué jartera de gente.

Los buses urbanos de Estocolmo son incómodos, ya que no tienen cojines rotos, ni resortes que rompan tu ropa y cuando llegas a una estación te la anuncia el elegante conductor por los parlantes.

En los parques (existen por cientos) puedes dejar la canasta con tus emparedados y gaseosas, que nadie se fijará en ella ni mucho menos tratará de robártela.

Respetan a sus niños, los cuidan y aman de verdad y tienen leyes que los protegen; es tan notorio este hecho, que uno se muestra intranquilo por no encontrar un niño arrastrado por sus padres y con la cabecita llena de chichones por no hacer caso.

Luego de 43 días en este país de locos, llegué a mi querida Bogotá, tierra de ensueño. Coloqué mi maleta de mano a un lado y al ir a buscar el equipaje y regresar, ya había desaparecido. Besé las frías baldosas del Aeropuerto de Eldorado y recé una oración. Gracias a Dios, estaba otra vez en esta ciudad de gente cuerda.

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