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EN EE.UU. HAY POCOS DESTECHADOS

EN EE.UU. HAY POCOS DESTECHADOS

En un libro publicado en 1982, los defensores de los desamparados Mary Ellen Hombs y Mitch Snyder estimaron que había para entonces entre dos y tres millones de personas sin techo en Estados Unidos. La magnitud de esa cifra ayudó a crear la percepción que el número de desamparados era uno de los principales fracasos en los programas sociales de este país.

Que uno de cada cien estadounidenses en los años ochenta no tuviese dónde vivir simplemente no era creíble y a los pocos años de la publicación del libro, Snyder admitió que había tomado la cifra del aire para satisfacer a quienes exigían estadísticas.

Sin embargo, ese dato fue aceptado por muchos. Los residentes de las grandes ciudades, a principios de los ochenta, eran receptivos a tales exageraciones porque notaban un incremento en el número de personas durmiendo en las aceras y en edificios públicos, quienes transportaban sus propiedades en un carrito de supermercado durante el día. Pero la mayoría de los estadounidenses no viven en ciudades grandes y se ven mucho menos desamparados en los pueblos y ciudades pequeñas.

Lo poco plausible de las estadísticas de Hombs y Snyder más bien estimularon esfuerzos para obtener cifras más confiables. Una de las primeras fue obtenida por Peter H. Rossi, entonces del National Opinion Research Center, quien contó el número de desamparados en Chicago a mediados de los años ochenta, enviando entrevistadores a la media noche. Consiguieron cerca de 3.000; menos de una octava parte de lo que denunciaban los grupos defensores de los sin techo.

Estos inmediatamente atacaron a Rossi, acusándolo de insensible y de sesgar sus cifras hacia un mínimo. Pero los métodos de Rossi eran mucho más científicos que los utilizados por sus críticos.

Dormitorios refugios Las estimaciones de Rossi y de otros son cuidadosamente estudiadas en un excelente libro, recientemente publicado, Los sin techo (The homeless), por el sociólogo Christopher Jenks. El demuestra lo difícil que es definir, y mucho más contar, a la gente sin casa. Pero concluye que en cualquier semana de marzo de 1990 -la fecha de los últimos estimados- cerca de 300.000 estadounidenses no tenían casa en el sentido que durmieron en refugios o en sitios públicos no diseñados para pernoctar, tales como terminales de autobuses, aceras y edificios públicos.

Jencks concluye que el desamparo creció mucho, doblándose desde fines de los setenta a mediados de los ochenta y, probablemente, aumentó también en los sesenta y los setenta, aunque no parece haber aumentado mucho durante la segunda mitad de los ochenta. Contrario a otro mito propagado por la televisión y los grupos de presión, familias con niños representan menos de una quinta parte de la población sin techo y virtualmente todas las familias pasan las noches en refugios. Aun la gente que duerme en las calles pudiera ir a esos refugios públicos si así lo quisieran hacer.

Jenks proporciona un buen análisis de por qué aumentó el número de desamparados y hace buenas recomendaciones para reducir su incidencia y para lograr que vayan más a los refugios. Sin embargo, yo no me ocuparé aquí de las causas y curas sino de la habilidad de los grupos de presión para convencer a los crédulos y a los medios de comunicación que el desamparo se ha convertido en un inmenso problema en Estados Unidos.

El desamparo El pequeño tamaño de la población sin techo comprobado por los estudios serios indica que, aunque el desamparo es preocupante, se trata de una tendencia social mucho menos seria que otras que no habían recibido casi atención recientemente.

Esto incluye la escalada de robos y crímenes, especialmente en las ciudades, así como la acelerada disminución -durante las últimas dos décadas- de los ingresos de jóvenes que no terminan el bachillerato, y el colapso de la educación pública en los centros urbanos.

El público está siendo permanentemente bombardeado con denuncias exageradas no sólo con respecto a los desamparados sino también sobre el número que contraerá sida, lo dañino que son los aditivos a los alimentos y el tamaño de la población mundial para el año 2050. No es fácil detectar la validez de declaraciones sobre temas complicados, pero dos medidas de sentido común ayudan: Se favorecen en algo aquellos que claman tales exageraciones? E investigar un poquito a menudo demuestra lo trivial y el poco fundamento de tales denuncias.

* Economista, premio Nobel 1992 y profesor de la Universidad de Chicago y académico del Hoover Institution. Adaptado de Business Week, con autorización del autor.

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