El doloroso oficio de hacer cine

El doloroso oficio de hacer cine

La pelea de Ripstein es permanente con lo que le queda de su cigarrillo. Le arrima el fuego, lo chupa dos, tres veces, suelta una bocanada y se le apaga otra vez. Pero insiste. Jamás busca uno nuevo. Persiste. Y así, entre palabra y palabra, entre bocanada, encendida y apagada, cuenta cómo ha “sobrevivido”, como él mismo dice, al ingrato oficio de hacer cine. Junto con el humo de su cigarrillo, eso también lo deja en el aire Arturo Ripstein, uno de los cineastas más respetados y tradicionales de México: el séptimo arte e igualmente la producción artística, es dolorosa, tortuosa y hasta frustrante.

30 de junio 2006 , 12:00 a. m.

“Acabo de terminar una película y me dije, si voy, me despejo un poco, y cambio de aire, y no estoy tan asustado por la película que acabo de terminar”, comenta sobre sus razones para participar, como jurado, en el III Festival de Cortometrajes El Espejo, que se realiza por estos días en Bogotá.

¿Acaso el miedo precede la realización de una película? “Precede, antecede… el miedo es uno de los motores fundamentales de esto.

Las películas están repletas de terror, de frustración, de disgusto, de malestar. Uno quería hacer lo que quería hacer, pero hizo lo que hizo”.

¿Condenado a nunca estar satisfecho? “Nunca empata. No es lo mismo… Yo soñaba con que la película fuera así… pero salió lo que salió. Enfrentarse a eso es difícil. Por eso, nunca veo mis películas. Las veo mucho mientras las hago. Pero las termino y nunca más, porque padezco muchísimo, es realmente doloroso”.

La condena cinematográfica de Ripstein, recordado por filmes memorables como El coronel no tiene quién le escriba (1999) o Profundo carmesí (1996), era inevitable como hijo del productor Alfredo Ripstein, una leyenda de su país.

“Mis hijos están en el cine también. Es una cosa clánica, medieval, en donde a quien le tocaba ser tocaba ser alfarero lo era y sus hijos y sus nietos…”, dice.

De sus inicios, aclara que NUNCA (así, en mayúsculas) fue asistente de Luis Buñuel, como se ha divulgado en una “leyenda negra”. “Ojalá lo hubiera sido.

Siendo hijo de productor de cine ¿cómo no iba a estar metido yo en cuanta película pudiera? Buñuel fue uno de los que amablemente me dejó asistir a sus rodajes y hacerle una que otra pregunta sobre el oficio. No más”.

Su primera película fue Tiempo de morir (1966), que realizó junto a Gabriel García Márquez, inspirada en su obra. “En ese entonces, Gabo era un joven escritor que trabajaba en una compañía de publicidad. En ese momento tenía dos libros publicados en México: Los funerales de la mama grande y El coronel no tiene quién le escriba. Leí los dos y me gustaron muchísimo. Por eso, entré en contacto con él”.

A Ripstein le ha tocado vivir de cerca las distintas etapas del cine de su país, calificado como uno de los más prometedores de América Latina, cosa que a él no le parece: “Es un sube y baja permanente. La llamada ‘época dorada’ de nuestro cine lo fue porque los gringos estaban ocupados en la Segunda Guerra Mundial. Pero ahora, sus películas no serán las mejores pero son las únicas. Por eso, nos volvimos el cine de la periferia. No hay muchas opciones para un cineasta de nuestros países: o digo cosas atroces o me parezco a Hollywood”.

Por eso, asegura categórico, que en casos como el de este Festival, en el que tiene que estar en contacto con muchísimos jóvenes realizadores, su única recomendación es: “Persistir sin esperanza”.

SOBRE SUS PELÍCULAS ‘Nunca veo mis películas. Solo mientras las hago. Pero las termino y nunca más, porque padezco muchísimo, es doloroso”.

Arturo Ripstein, cineasta mexicano

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