Esperanza y desarrollo

Esperanza y desarrollo

El informe publicado por EL TIEMPO este fin de semana sobre la distribución del ingreso en Bogotá y, en particular, el modus vivendi de los bogotanos es buen punto de partida para una reflexión sobre la necesidad inmediata de generar políticas, cambios de actitudes financieras y empresariales, para que las oportunidades se abran a más sectores de la población. El argumento es simple: Colombia no necesita que le prueben, más allá de su realidad del último siglo, los efectos que produce una sociedad feudal, cerrada e injusta.

23 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Porque de lo que se trata es de que quienes no tienen siquiera la esperanza de tener un futuro digno para ellos mismos y sus hijos la tengan. Que tengan algo que defender, porque en esa esperanza y en esa defensa se consolida una sociedad más segura, más próspera, menos ciega a las aflicciones de los menos favorecidos.

Y si este argumento no basta, entonces miremos nuestra realidad actual. Hay quienes de buena fe o en forma oportunista enterraron sus armas en el jardín. Su apuesta es simple: si consiguen reintegrarse a la sociedad que antes no los acogió, se quedan. Si no es así, las desentierran. ¿No vale la pena, entonces, abrir las oportunidades? Dicen algunos, sobre todo los de profunda raigambre conservadora, que este problema es aplazable y que más vale invertir en infraestructura que intentar esquemas de redistribución. Me aparto de esta tesis. Porque es imposible lograr armonía social con divisiones tan profundas, y si quienes no tienen las herramientas –léase educación–, ni las oportunidades –léase financiamiento, facilidades empresariales, etc.– no las reciben, nunca se avanzará.

Parto de que la riqueza de una nación, incluso su confianza en el futuro, está en los pequeños y medianos empresarios; las pymes representan más del 60 por ciento del total del empleo generado en el país; cifra elocuente. Si más miembros de esta sociedad pueden aspirar a tener una pyme exitosa, ese ejemplo inspirará a otros y será cuestión de tiempo para que un cambio tangible se consolide. Como en Chile, Eslovenia, Taiwán o los Estados Unidos.

Pero ¿qué camino seguir para lograr ese esquivo balance, para que los más necesitados tengan al menos la oportunidad de soñar con una vida menos azarosa? En desarrollo debemos sin duda apelar a la formación de clusters o núcleos de competencias. Un ejemplo cercano y contundente es el de la decidida acción del ex presidente Figueres en Costa Rica, que les ganó la mano a todos sus vecinos y logró que Intel abriera una planta en su país, con lo que consiguió que se generaran multimillonarias inversiones, miles de empleos y, más allá, que su país sea hoy en un núcleo de producción tecnológica para Latinoamérica.

Por ejemplo, ¿no podría Juan Lozano, que es una esperanza para esa fallida cartera, irse a Corea y Finlandia para entender los requisitos de Samsung y Nokia para fabricar sus aparatos en el país? Y diseñar una política dirigida a captar ese potencial que, hoy por hoy, se instala en México y Chile, a pesar de que tenemos mejor ubicación geográfica.

El concepto del social enterprise, casi desconocido en el país, que busca vincular el sector productivo con el que pretende generar valor social, debe ser fomentado. En los Estados Unidos, este representa cerca del 7 por ciento del PIB, emplea directamente 8,6 millones de personas y ocupa otros 7,2 millones de voluntarios. Es decir, cerca al 14 por ciento del total de la fuerza laboral norteamericana. Y, en muchos casos, son empresas autosostenibles.

Estamos a tiempo para ser creativos en la formulación de eficaces políticas tendientes al cierre de tantas brechas.

Ojalá el segundo tiempo del Gobierno produzca fórmulas sencillas y exitosas, que confirmen la validez de un segundo mandato.

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