EL PADRE ALMANZA

Cuando Bogotá terminaba en la calle 26, caía, allí bajando de los cerros, un abundante chorro de agua que, hacia la carrera 2a. o 3a., aprovechaba la Tuerta Chepa para alimentar la célebre alberca de su baño público, tan popular en la época. Los sábados y domingos iban los bogotanos a la alberca de la Tuerta Chepa a zambullirse y jabonarse en sus heladas aguas, y a hacer el nadadito de perro, único ejercicio náutico, cuando no existían ni Apulo, Cali, Cartagena o Santa Marta. El desage de la alberca, como el resto de las aguas, llegaba a la carrera 7a. y pasaba, en caño destapado, frente a la iglesita de San Diego, a la cual se entraba pasando un puente formando una sola laja, que los vecinos decían alumbraba por las noches con un halo misterioso.

25 de agosto 1994 , 12:00 a. m.

Hasta que llegó el momento de cubrir el caño y levantar el puente, cosa que reunió a los curiosos para ver la operación, por cierto misterioso empeño en levantar ese bloque de piedra sin romperlo. La operación era espectacular porque la piedra era grande, y entonces los recursos para mover semejante bloque eran escasos. Fue parándose la piedra y apareciendo el prodigio.

Lo que estaba enterrado era una imagen de la Virgen que, a medida que fue limpiándose, conservaba sus colores. Nuestra Señora del Campo. No recuerdo con exactitud si era ya capellán de la iglesia el Padre Almanza. En todo caso, o él recibió la imagen o la imagen recién colocada en el camarín que se construyó para alojarla dignamente, lo recibió a él. Fueron dos vidas paralelas que llenaron toda una época de la vida bogotana, a la cual quiere ponérsele ahora un broche de esmeraldas, solicitándole a la comisión que promueve en Roma las beatificaciones la del fraile a quien durante este siglo los bogotanos hemos tenido por un Santo Varón. El problema con el Padre Almanza es que se trata de un varón que fue incapaz, hasta donde lo conocimos, de caer en tentación.

Una vez fue a Roma a visitar al Santo Padre y de regreso se detuvo dos semanas en París. Visitando monasterios. Al llegar a Bogotá lo asediaron, preguntándole sobre las experiencias de su viaje. Entonces de París nos llegaba todo el comunismo que hemos conocido en este siglo. Le preguntaron al Santo Varón qué había visto de comunismo y contestó, encantado: Yo veía en los parques las parejas de jovencitos muy juntos, abrazándose cuando se acercaba el frío del invierno, teniendo en su canastica la botella de vino, queso, pan, jamón y alguna fruta. Bien junticos. Para defenderse del frío de la noche. Y pensaba lo lindo que sería verlos así en Colombia .

La comisión que estudie la beatificación del padre tendrá que buscar cómo y cuándo, conociendo los mandamientos de la Ley de Dios, él que se sentó en el confesionario a oír a los hombres y las mujeres, pudo ignorar la sombra del mal.

Ese comportamiento heroico de los aguerridos paladines de la Iglesia que se enfrentaron al demonio antes de llegar a los altares nada tienen que ver con aquel varón que nosotros conocimos, a quien la Virgen se le aparecía salida de la tierra, con todos sus colores y puntos. Los milagros del Padre Almanza eran como salidos de un espejo.

Caminó por los mismos corredores del Virrey Solís, que llegó al convento todo pecador para lavar sus culpas y arrodillarse ante Dios. Aquí la sombra que sale de la ermita de San Diego es una sombra como la caricia que deja el paso de una nube sobre el verdor de la sabana. Yo lo recuerdo, alto, lleno de arrugas, con los cabellos blancos, sin que la piel hubiera perdido su lisura por un gesto de ira, ni un cabello negro se hubiera vuelto blanco por un disgusto.

La iglesia de San Diego era un farol en la puerta de Bogotá, que alumbraba por una cara al panóptico, por la otra al asilo de locos, y por la otra al cementerio. Hoy la cárcel está convertida en el Museo Nacional. Lo que fue patio, en donde estuvieron el hombre fiera y otros criminales, son los jardines de una escuela.

El asilo de locos, que fue luego la Escuela Militar, es hoy el Hotel Tequendama y un alegre centro comercial. Y el cementerio sigue siendo la colección de muertos católicos, suicidas y protestantes. En los alrededores, barrios residenciales. El Padre Almanza tenía en torno el crimen, la locura y la muerte, y lo único que veía era la piedra convertida en una Virgen de colores.

Tenía el color de un cirio y ardía como la llama de las velitas que prende la gente humilde cuando le reza a Nuestra Señora del Campo. Beato él. Dejo el cuento como lo oí hace 80 años. Después he encontrado muchas variantes, pero se me pega el color del cuento viejo como en la piedra de la imagen, la pintura original.

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