Suicidio y depresión

Suicidio y depresión

Ante las recientes noticias sobre suicidios de jóvenes estudiantes, hay que hablar de una enfermedad, negada (y sufrida) por millones, que se cree va a ser la que más afectará a la humanidad en las próximas décadas: la depresión. Es necesario reconocerla para identificarla y tratarla con éxito. El suicidio es una de sus caras.

21 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Uno de los grandes obstáculos para el avance de la medicina han sido las creencias absurdas asociadas a una enfermedad. Así, se pensaba que la epilepsia, o disritmia cerebral, era causada por el demonio. Ahora se sabe que es ocasionada por cicatrices cerebrales o alteraciones electroquímicas que se pueden manejar con anticonvulsivantes e incluso con dieta. El demonio no intervenía allí, excepto el demonio de la ignorancia. Con la depresión ocurre algo semejante.

Cuando la sociedad estigmatiza a una enfermedad, causa daño tanto al enfermo como al avance de su solución. Si se cree que se debe al demonio, a una fragilidad sicológica o a los padres, pocos tendrán la valentía de pedir ayuda y se juzgarán a sí mismos culpables sin saber siquiera que son inocentes. Debemos entender que la depresión es una enfermedad como cualquier otra, ocasionada por una alteración en el funcionamiento de sustancias en el cerebro.

Tenemos herramientas para tratarla: antidepresivos, anticonvulsivantes, antisicóticos, terapia cognitiva, programación neurolingüística, psicoterapia, meditación, homeopatía, dietas y ejercicio han probado ser útiles si se usan en combinación.

El suicidio, o el intento de suicidio, es una de las caras de la depresión.

Mantener la propia vida es innato en todo ser. Desear quitarla es síntoma de una lesión en una de las funciones más profundas de nuestra mente. Así, paradójicamente, pocos se suicidan ‘voluntariamente’. El deseo de quitarse la vida obedece a múltiples causas que hasta ahora se están estudiando; la principal es el desequilibrio electroquímico del cerebro. Es una señal errada del sistema que ‘obliga’ a pensar en quitarse la vida, tan fuerte que, además de pensar, se vuelve un obrar en contra del instinto de supervivencia.

Esto no podría llamarse voluntario. El suicido se hace dentro de una crisis sicótica, que puede desencadenarse por un evento triste, una pérdida, un fracaso, un cambio hormonal, mala alimentación, incluso exposición a campos electromagnéticos. Puede ser un episodio aislado en la vida de la persona o puede ser recurrente.

El que está deprimido no lo hace porque quiere, ni por fragilidad anímica.

Es su enfermedad la que lo fragiliza y lo lleva a tener pensamientos tristes y angustiosos en mayor proporción que una persona no deprimida.

Es un infierno, y como el ser humano está diseñado para aprender a ser feliz, al no tener herramientas para lograrlo, el deprimido se siente incapaz –y lo es, ya que le falta la química cerebral para lograrlo– y opta por aceptar pasar triste y agobiado, adjudicándose su cobardía, sin saber que en eso su biología tiene un papel importante.

El soporte social y espiritual, el hablar y la terapia ayudan, pero rara vez son la base del tratamiento, excepto en depresiones leves, que no son las depresiones endógenas, a las que nos referimos.

Si siente con frecuencia deseos de quitarse la vida, ansiedad extrema o pesimismo, busque ayuda, como haría si tuviera fuerte dolor de cabeza. Si alguien en su entorno tiene esos síntomas, no lo juzgue ni se juzgue como el causante. Anímelo a ir a donde el médico, recordando que en algunos casos el diagnóstico y el tratamiento no son exitosos inmediatamente. Persista en la búsqueda de ayuda. Tenemos que poder hablar de la depresión como hablaríamos de cualquier otra enfermedad sobre la cual la humanidad está aprendiendo.

Aunque no comprendemos por completo la depresión, no neguemos su biología.

Ayudemos a nuestra sociedad a enfrentar y resolver esta epidemia silenciosa.

* Médica

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