El Partido Liberal: apuntar al centro

El Partido Liberal: apuntar al centro

(CORRECCIÓN: EN EL EDITORIAL DEL MARTES 20 DE JUNIO, SE AFIRMÓ QUE “EL PARTIDO LIBERAL ES LA TERCERA FUERZA PARLAMENTARIA”, CUANDO EN REALIDAD LA BANCADA DE DICHA COLECTIVIDAD ES LA PRIMERA EN LA CORPORACIÓN)

20 de junio 2006 , 12:00 a. m.

No la tiene fácil el Partido Liberal para los años venideros. El principal desafío del que fuera por décadas el incuestionable movimiento mayoritario de la política nacional es, quién lo creyera, el de sobrevivir. Tras las dos derrotas que sufrió en las parlamentarias de marzo y las presidenciales de mayo, el liberalismo enfrenta un tercer gobierno sin un representante suyo en la Casa de Nariño, y un segundo cuatrienio sin que su bancada domine las cámaras legislativas. Todo ello sin hablar de que no hay liberales en las más importantes alcaldías o gobernaciones.

Aun así, el Partido Liberal es la tercera fuerza parlamentaria y, a pesar de la crisis que enfrenta, su bancada luce más organizada que las de los diferentes grupos uribistas, en cuyas filas ya han aflorado fricciones por cuotas ministeriales y tajadas burocráticas. Ser minoría y verse obligado a enfrentar la aplanadora gobiernista puede, en últimas, servir de acicate y hasta galvanizar a los liberales. Habrá, además, ley de bancadas, que en teoría va a contribuir a que los partidos se organicen mejor y superen las prácticas lentejistas.

En ese marco, el liberalismo debe, ante todo, definir un rumbo ideológico.

La vieja idea de que podía ser una amplia coalición de matices, que abarcara desde neoliberales de derecha hasta socialistas de izquierda, acabó por confundir a los electores. Durante la última campaña, y en buena medida por cuenta del candidato presidencial escogido, el ex ministro Horacio Serpa, la colectividad se inclinó hacia la izquierda, un flanco muy competido por el crecimiento del Polo Democrático. Esa circunstancia terminó por favorecer a Álvaro Uribe que, dueño desde su pasada campaña de los electores de la derecha, no tuvo en esta elección quién le disputara a los votantes de centro.

El Partido Liberal está afiliado a la Internacional Socialista y se proclama socialdemócrata. Hace dos o tres décadas, eso habría implicado suscribir un pensamiento de izquierda estatista, a mitad de camino entre la democracia liberal y el socialismo. Pero en estos tiempos, ser socialdemócrata implica estar más al centro. Nadie cree hoy que los socialistas españoles o franceses representen a la izquierda radical. Por el contrario, sus dirigentes defienden la economía de mercado y el libre comercio, y se distinguen del centroderecha en asuntos tan puntuales como el de creer que los recursos que le llegan al Estado por los impuestos que paga el sector privado deben ser invertidos principalmente en el apoyo de los sectores más pobres.

En ese centro, con énfasis en la protección de los más débiles, está precisamente el futuro del liberalismo. No solo porque con ese pensamiento se identifica la mayoría de los electores liberales, sino porque los dirigentes llamados a liderar a la colectividad en el futuro inmediato, como Rafael Pardo y Rodrigo Rivera, representan justamente esas ideas. Esto implicaría dejar de competir con el Polo Democrático en demostraciones de izquierdismo. Que resulta mucho menos convincente si viene desde las toldas liberales que si procede de la coalición que hoy lideran Lucho Garzón, Carlos Gaviria y Antonio Navarro. E implicaría también comenzar desde ya a disputarle el centro al uribismo, que se vería así empujado hacia la derecha.

Para lograrlo, el liberalismo debe construir una propuesta concreta y verosímil, con claro acento social y planteamientos realizables en campos como la educación, la salud y la vivienda. Todo ello sin populismo estatizante ni discursos en contra de la propiedad privada. Una propuesta que debe, a la vez, mantenerlo a prudente distancia del Gobierno –sin ‘rancharse’ en una oposición cerrada, ni aceptar cuota burocrática– y del Polo Democrático. El único problema de esta estrategia es que, en el mundo de hoy, los partidos de centro viven una mala hora, porque en la medida en que la izquierda y la derecha han moderado sus posiciones, la franja centrista ha terminado por adelgazarse como si fuera la mantequilla de un emparedado. Pero aun así, la opción del centro aparece como la más promisoria para los liberales, que tendrán que demostrar muy pronto, en apenas 16 meses, con ocasión de las elecciones de alcaldes y gobernadores, que están vivitos y coleando

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