Padres que se salen del molde

Padres que se salen del molde

La paternidad a diez mil kilómetros de distancia Héctor Samuel Henao Londoño estará pendiente hoy del teléfono. Su celebración del Día del Padre, como la de millones de emigrantes, será escuchar la voz de sus hijos a 10 mil kilómetros de distancia.

18 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Henao vive en Madrid desde el 2001, pero no ha convivido con sus tres hijos desde hace ocho años, porque antes de llegar a España estuvo en Aruba. “Dejé al mayor cuando era un niño de 11 años; ahora es un muchacho a punto de cumplir 19 –cuenta–. El menor tenía 4 años y ya tiene 12, y el mediano, que ahora es un adolescente de 16, tenía 8”.

Llevaba en Aruba tres años cuando lo deportaron. Regresó a Montenegro, su pueblo natal (cerca de Armenia), donde estuvo seis meses, antes de viajar a Madrid, para encontrarse con su esposa, que llevaba un trimestre en España.

“Me vine por necesidad –cuenta–. Por deporte no deja uno a los hijos”. Henao había trabajado once años como repartidor de una empresa de cerveza, cuando se quedó sin trabajo en 1999. Decidió irse a Aruba. “Es imposible estar con un hijo que le pide a uno zapatos y no hay cómo dárselos”, explica.

Por eso, tras su deportación, viajó a Madrid, luego de no encontrar trabajo en Colombia. “Es duro con un hijo, pero en mi caso son tres –dice–. Es que no teníamos televisión”, añade y mira a su esposa, Gloria Elsi Herrera.

Los dos viven en Madrid, lejos de sus hijos, que están bajo el cuidado de los abuelos maternos. “Ellos los han criado –confiesa Henao–. Les debemos en buena parte que estén bien educaditos”.

“No hemos perdido la confianza, hablamos con mi mamá casi todos los días, y con mi papá día de por medio”, dice en Montenegro, Jhon Stiven, el hijo mayor.

El menor, Juan Sebastián, es tal vez quien más ha sentido la distancia de sus progenitores. Ha intentado varias veces pasar de primero de primaria, pero sus problemas de concentración no le han permitido aprender lo básico en lenguaje y matemáticas.

Vida nueva Henao, de 41 años, había oído que en España se encontraba trabajo sin dificultad y, como entonces no se necesitaba visa para ingresar, decidió viajar a Madrid. La vida para él no ha sido fácil. Viven en un apartamento, donde una cortina separa al cuarto de una cocineta. “Eso sí, nunca nos hemos ido a la cama sin comer”, aclara.

A los 18 días de haber llegado, encontró trabajo como pintor de brocha gorda. Después en construcción y como ayudante de mudanzas. Ahora maneja el camión de una empresa de productos ortopédicos. “Los llevo a las casas de clientes que los hayan comprado o alquilado”, explica.

Los Henao Herrera sueñan con llevar a sus hijos a España. “Es duro vivir lejos de ellos”, explica el padre. Gloria los vio en Navidad, después de cuatro años y tres meses.

El parcero de sus hijos “Tengo una buena relación con mis hijos; me respetan y los respeto –dice–.

Me ven como al parcero, al amigo, y me tienen confianza. Eso me gusta porque sé que me contarán si les llega a pasar algo malo”.

Henao tiene claro que debe sacarlos adelante y llevarlos por el buen camino.

“A uno lo llevan a emigrar los hijos”, explica. Es la ironía del padre emigrante: se va por sus hijos, y a pesar de ellos.

“En Colombia la pobreza guía a un chaval a la delincuencia –dice–. Si un padre no puede darle lo que necesita, el pelao termina metiendo droga u oliendo pegamento”.

“Aunque ya tengo los papeles que me permitirían ir a Colombia, prefiero no hacerlo porque es duro –agrega–. Ya me he separado dos veces de ellos y ha sido muy triste”.

Explica que unas vacaciones pasarían rápido y él prefiere llevárselos definitivamente. Mientras se contenta con llamadas telefónicas y con cartas que mandan los chicos con amigos que viajan. Hace dos semanas recibió una tarjeta del hijo menor. “Papá: te quiero mucho”, dice con su letra cuidadosa.

'Ser sacerdote me ha ayudado a ser mejor papá' El reverendo Hollman Lara recibió la fe luterana de su progenitor, uno de los pocos sacerdotes colombianos que ha tenido esa Iglesia en el país.

Cuando era niño, le molestaban los juicios de los vecinos católicos que no podían creer que un mismo hombre oficiara como cura y fuera padre de una familia unida. “Ahora las cosas han cambiado mucho, la gente apoya mi labor”, dice el reverendo y asegura que varias personas lo han sorprendido al decirle que la Iglesia católica debería acabar con el celibato de sus pastores.

El religioso luterano está de acuerdo con ellos. “Soy un convencido de que ser padre me ha ayudado a elaborar una pastoral vivencial con la que he ayudado a mucha gente –dice–. Cuando se conocen en carne propia los conflictos familiares es más fácil comprender a quien los tiene”.

Giseth, Juliette y Daniel son los nombres de sus hijos. Los tres, por razones ajenas a la voluntad de esta familia, viven más lejos de lo que su padre quisiera. “Me gustaría mucho tenerlos conmigo para construir una convivencia diaria”, afirma.

Sin embargo, la vocación luterana del reverendo le ha ocasionado algunos cuestionamientos por parte de sus hijos. “A veces no comprenden que sea más duro con ellos que con mis feligreses, pero yo debo ser tolerante con quienes buscan mi consejo”.

Lo cierto es que el reverendo Lara es consciente de que para ellos no ha sido fácil ser el hijo de un párroco. “Algunas personas nos juzgan y están pendientes de cómo se comporta el hijo del sacerdote”, le han dicho ellos en varias opotunidades.

Él los anima a dar ejemplo.

Padre es el que cría a sus hijos Lo primero que Marlon hizo al enterarse de que su esposa lo había abandonado, fue pensar en el futuro de Linda y Jessica, las dos pequeñas que él, sin ser su padre biológico, había ayudado a criar durante dos años de matrimonio.

“Mucha gente se ha burlado de mí por estar levantando chinos que no ayudé a hacer”, dice y, de paso, pide que no se publique su identidad verdadera.

“Cada vez que alguien se entromete, es muy difícil quitarnos de encima sus comentarios irónicos, aunque seamos muy unidos como familia”, explica este albañil de 36 años.

Y no es para menos. Su historia es larga y culebrera. En el año 2000 se enamoró perdidamente de una mujer que era madre soltera de dos niñas de 9 y 12 años.

“No le vi ningún problema a que ella tuviera hijos de un tipo que, según me contó, la había abondonado –dice–. Yo le prometí que iba a ser como un padre para ellos y estoy cumpliendo”.

Lo cierto es que, a pesar de que su mujer desapareció sin dar indicios de su rumbo (apenas les dejó una breve carta de despedida), Marlon piensa mantenerse firme en la crianza de Linda y Jessica.

“Es muy buena persona, todos los días le agradecemos que nos considere como sus hijas, aunque nuestros padres no lo hayan hecho –dice una de las niñas–.

Yo no tengo rencores porque mi papá nos ha enseñado a perdonar para vivir tranquilas”.

Al parecer, en este caso, el cura predica y aplica. Marlon asegura que, aunque en principio fue muy duro enfrentar el abandono, no extraña a su esposa. Por el contrario, está convencido de que pronto aparecerá una mujer que, como él, se vuelva una madre verdadera, aunque sea con hijos que otros olvidaron

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