HECHIZO SOBRE PAPEL

HECHIZO SOBRE PAPEL

El rondar de sus espíritus se siente desde el camino empedrado que bombea algo de civilización al corazón de su comunidad. San Pablito (Puebla), enclavado a la altura donde las nubes acarician frondosas montañas semitropicales, está embrujado. Y sólo tiene un curandero mayor para salvarlo. Mucho ha cambiado San Pablito, pero no ha dejado de oírse desde lo lejos el golpe continuo de piedra contra madera que caracteriza a este pueblo ñhañhu, de la Sierra Madre de Puebla. Es el golpe con el que cientos de mujeres amasan diariamente el papel amate. Con éste se fabrican los famosos libros con los que su autor, el curandero Alfonso García Téllez, está dejando sus conocimientos de brujería a las próximas generaciones.

21 de septiembre 1992 , 12:00 a.m.

No es nueva en México, la importancia de la corteza del árbol entre las comunidades indígenas. Desde antes del Descubrimiento, hombres y mujeres desvestían troncos, raspaban su piel y obtenían de su fibra el papel que, pintado con colores, servía de ofrenda a los dioses. Así adoraban templos e ídolos (el tributo anual a Moctezuma II era de unas 480 mil hojas) y, doblando el papel en forma de biombo, se hacían códices religiosos, genealógicos e históricos. De ahí sale la idea de hacer estos nuevos libros en forma de biombo.

Con la llegada del papel europeo entró en agonía esta tradición, excepto en este pueblo remoto, de unos 2.000 habitantes. Diariamente madrugan los hombres a raspar con machete los árboles xalama, y a sacar el janote del interior de su corteza. Se hacen mensualmente unos 200 libros, además del papel empleado en ceremonias religiosas e invocación de espíritus buenos y rechazo de espíritus malos.

A San Pablito, a cinco horas y media de Ciudad de México, se llega en un viaje con escalas y cambio de, por lo menos, tres veces de bus. Antes de comenzar el zigzag de las subidas y bajadas, sobresalen entre la tierra roja cientos de cactos de variadas formas y tamaños, y las plantaciones de maíz que en ocasiones cubren las pequeñas casas de adobe y madera por las que se ven salir niños sin calzones a jugar entre los sembrados.

Perros sin dueño, ancianas con machete, el cacareo de gallos, las huellas de los continuos derrumbes y el paso del río Cazones completan el paisaje. A lo lejos se levanta una torre de iglesia, solitaria y perdida entre las montañas. Es la iglesia de San Pablito, pueblo enclavado en los picachos de la Sierra Madre.

Al forastero lo reciben con incomprensibles risas y tímidas escondidas detrás de las puertas. Cualquier pregunta es esquivada por las mujeres y pasada con miradas a los hombres, pues ellas entienden español pero no lo hablan. Ellas aún se comunican en otomí.

En San Pablito tampoco ha muerto el sentir que todo cuanto respire, todo espíritu, está en peligro de ser poseído. Para evitarlo, o para deshacerse de ello, todos se unen en torno a ritos y cantos conducidos por el curandero, el único con poder de liberar a los miembros de esta gran familia otomí de los malos espíritus que la rondan.

Ya algunos no creen en la brujería, se queja Francisco García, candidato con su hermano Margarito, a heredar los conocimientos de su papá. Muchos acuden a médicos de la ciudad, cuyos remedios no tienen los mismos efectos que las ceremonias . Limpieza espiritual La ceremonia es frecuente, pues todo enfermo es considerado poseído por un mal espíritu. El otomí debe vivir en armonía con los espíritus para evitar que se enojen y lo castiguen con una enfermedad o una desgracia, como la pérdida de su cosecha.

Al llegar el curandero a la casa del enfermo, se sienta en el suelo y enciende su incensario. A través del humo adivina qué espíritu (el de la Milpa, la Casa, del Cerro, de la Fuente, del Monte, del Pozo, de la Tierra o de la Lluvia) está enojado, y qué curación debe hacerse.

En casi todas las ceremonias se hace una costumbre (ceremonia mágico-religiosa) llamada limpia o barrida, encargada de la desaparición de los malos espíritus, y en el que intervienen los conocidos muñecos recortados en papel amate.

El papel amate se extrae principalmente del árbol de la mora y de la higuera silvestre, llamado amachuahuitl, derivado del nahuatl y que significa amatl, papel, y cuahuitl, árbol. Del primero, el xalama limón, se obtiene un papel de color blanco, y del segundo uno moreno.

El curandero utiliza el papel blanco como amuleto, pues es bueno , puro y de la tonalidad de Quetzalcóatl, deidad sabia, del humanismo y el arte. Son también protectores. El moreno, en cambio, es para la magia negra. Sus muñequitos son diablos , espíritus malos . Su color se identifica con Tezcatlopoca, el Lucifer de la mitología mesoamericana.

Al hacer los muñecos, para distinguir al hombre de la mujer, a esta última se le recorta un mechón en la cabeza. Los muñecos con zapatos (los mestizos) o con cabeza de animal representan las ánimas de los muertos en riñas, accidentes o durante un parto, o de niños que irrespetaron a sus padres. Los muñecos con dedos en los pies (indígenas) representan ánimas de gente buena que murió por enfermedad o vejez.

Cuenta Bodil Christensen, autora del libro Brujería y papel precolombino que las bondades del muñequito blanco se utilizan igualmente para el amor. A la mujer abandonada por el hombre, el brujo le promete que él volverá si sigue paso a paso una serie de indicaciones, como la de atar a los muñecos un mechón del hombre con su hilo favorito, convidarlos a la hora de comer, encenderles diariamente una vela y llevarlos a la cama al acostarse.

En la limpia, los muñecos morenos son colocados en fila sobre el piso de la choza. Al encender una vela en cada esquina, el curandero, con un pollo negro bajo el brazo, reza y canta. Al cortar el pescuezo del pollo con tijeras, salpica de sangre a los muñecos y baila sobre ellos. Cuando siente que el pollo ha chupado los malos espíritus del enfermo, envuelve al animal con los papeles y sale corriendo a arrojarlo a una barranca. Huellas en papel Según Francisco García, hace unos veinte años que se comercializó el papel en San Pablito. Venía gente del Estado de Guerrero a comprarlo para utilizarlo de lienzo para pinturas. Estas inundan cuanta plaza de artesanías hay en Ciudad de México, y son base para coloridos motivos hechos y vendidos por indígenas a altos precios.

El autor de esos libros, el curandero Alfonso García, nació en el pueblo hace unos 50 años. Su bisabuelo, abuelo y papá fueron también curanderos, y él heredó la tradición cuando cumplió 18 años. Años después, en agosto de 1978, por recomendación de Christensen, terminó su primer libro de brujería: Historia de la curación de Antigua, de 28 páginas. Ella le sugirió que lo hiciera en forma de códice, como en épocas de Moctezuma.

Cada día, las mujeres hacen decenas de ejemplares, escritos a mano, en español, con esfero negro, letra capital, tachones, repisadas y errores ortográficos y gramaticales. Finalmente, se venden a 40.000 pesos (13 dólares).

El curandero García ya tiene listo el borrador de su quinto libro. Los ojos tres, Tratamiento de una ofrenda para pedir la lluvia, Historia de un brujo nahuatl e Historia de una vivienda para hacer una ofrenda al Santo Tecuitl, están también en circulación. Viajan por ahí con sus espíritus, instruyendo a quienes los compren sobre los peligros que correrán si no se portan bien. Pero, sobre todo, vuelan dejando huella de una tradición milenaria que va siendo borrada por los malos aires del modernismo. * Becaria del Centro de Periodismo Internacional de la Universidad del Sur de California

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