Los años infelices de la gorda Fabiola

Los años infelices de la gorda Fabiola

Fabiola Posada: Entre los años 2002 y 2005 viví el peor calvario. Fueron los años en que mi hija Alejandra Valencia Posada sufrió de bulimia y casi la lleva a la tumba. A mí también porque llegué a desear mi propia muerte. Esa adicción de mi hija a la comida terminó convirtiéndome en una coadicta bulímica. La gente esperaba que les contara chistes y tuviera buena actitud, pero a veces no podía. Ellos reían, mientras yo vivía momentos infelices. Quiero dar este testimonio con mi hija por una razón: para que otros padres e hijos vean nuestro espejo, abran los ojos y conozcan esta horrible enfermedad .

11 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Alejandra: Tengo 21 años. Mi bulimia empezó cuando tenía 17. Pesaba 96 kilos con 1,58 metros de estatura. Mi talla estaba entre la 18 y la 20 y quería bajar a la 4, para verme flaca como mis amigas. Estaba en el último grado de secundaria (2002) y deseaba ir delgada a la excursión. Por eso entré al gimnasio y comencé una dieta.

Y no es que comiera mucho. Mi gordura es genética, pero no estaba conforme con mi cuerpo. En el fondo, no quería ser gorda como mi mamá. Al primer mes de ejercicios y dieta bajé siete kilos. Como poco se me notaban, me afané.

Por esos días vi en una película a una muchacha que comía y vomitaba. Una semana después terminé haciendo lo mismo: me fui al baño, me metí el dedo en la boca hasta que conseguí vomitar.

F: Por mi cabeza jamás se me pasó que a mi hija le estuviera pasando algo extraño. ‘Saqué comida hasta de las canecas’ A: A los pocos días sentí cargo de conciencia y dejé de comer y vomitar. En seguida me pasé a la anorexia, bebiendo solo líquidos dietéticos. Aguanté ocho días sin comida y volví a la bulimia, pero en forma compulsiva. Iba de restaurante en restaurante y devoraba por lo menos 20 almuerzos al mediodía. Compraba más de 100.000 pesos de comida al día, fuera de la que me comía por montones en la casa. Comencé a fumar dos paquetes diarios para esconder el mal aliento del vómito que ya conseguía rápidamente con un eructo. Ya me pesaba antes y después de comer. Así me di cuenta que estaba bajando un kilo cada dos días. En cinco meses ya había bajado 35. Estaba feliz. Era consciente de lo que me estaba pasando y no podía parar.

F: Por esos días compraba para la casa mercados de 800.000 pesos. En una semana las alacenas quedaban vacías. Les echaba la culpa a las empleadas. Ellas acusaban a mi hija.

A: Sólo un año después de mi adicción mi mamá me descubrió.

F: Estaba en casa de una tía y me avisaron que mi hija estaba comiéndose una ollada de garbanzos con pata de cerdo ahumada. No hay un cuerpo, ni siquiera el mío (con 97 kilos) que aguante tanta comida. Cuando ella fue al baño, la seguí y la encontré vomitando. Sentí que el mundo me aplastaba.

A partir de ese momento me convertí en la sombra de Alejandra. Busqué a sicólogos y siquiatras para que la trataran. Pero ella seguía con su hambre voraz.

A: Ya nada me importaba. Dejé las dos carreras (medicina y comunicación social). Solo quería llenarme. Vomitaba hasta 40 veces al día. Comía hasta los residuos de comida que encontraba en la basura. Incluso recogía sobrados del perro de la casa. Llegué a esconder alimentos en los bolsillos, la ropa interior, los zapatos y el clóset.

F: Mi vida ya era un infierno. Me salía de las sesiones del Concejo de Bogotá para seguir a mi hija. En las grabaciones del programa Sábados Felices las líneas se me olvidaban y se me dificultaba grabar las escenas de risa. Llegaba a la casa y le pedía con lágrimas a mi hija que tuviera fuerza de voluntad. La sacudía. Ella ni se inmutaba. Tuve que ponerles candados a las alacenas y a la nevera. Ella lograba abrirlos.Desaparecía en ocasiones de la casa.

A: En el 2004 y el 2005 bajé a 44 kilos. Sin embargo, veía los dedos, la cara y el cuerpo gordos. Sentía que tenía que adelgazar más.

F: Alejandra tenía distorsionada la realidad. Porque yo veía a mi hija cadavérica. Su cabello se caía por montones y la piel se le hundía. Comenzó a sacarme plata de la billetera para comer y llegó a robar comida en supermercados. Fueron días en que veía que mi hija iba a morir y yo con ella. Me refugié en la oración.

A: Yo tenía la cabeza en otro lado.Hay hechos que no recuerdo.

F: Quería rodearla de amor, pero no me dejaba. La estimulaba diciéndole que la belleza se lleva por dentro. Así había enfrentado mi obesidad y me había casado con un joven maravilloso como ‘Polilla’. Pero no me escuchaba. Mi familia (esposo y dos hijos más) estaba destruyéndose. Fue cuando ella intentó suicidarse.

Su hijo la salvó A: Me tomé todo lo que había en un botiquín porque sentía que nadie me quería.

F: Estuve al día siguiente en la unidad de cuidados intensivos y le dejé una nota que decía: ‘Hoy es un nuevo día y me pregunto cómo quieres vivirlo’.

Saqué fortalezas de donde no tenía y llorando la dejé sola en la clínica. Ella pensó que la había abandonado y se voló. Al poco tiempo regresó a la casa. Como no tenía norte a su vida, le pedí que al menos fuera al ginecólogo. La encontró embarazada y esa fue la salvación de mi hija porque al día siguiente me dijo: ‘Mamá desde hoy no voy a comer ni a vomitar más.

Voy a luchar por este hijo’.

A: Mi hijo Samuel cambió mi vida. Ingresé a la universidad y me puse a trabajar.

F: Hay milagros y lo que pasó con mi hija fue uno de ellos. Ella trabaja y es mi mano derecha en la empresa Smile Business, que creamos. La bulimia es una adicción y siempre estará el peligro inminente de una recaída. Llevamos un año en esa lucha diaria. Hoy cuento esta historia para que los padres refuercen la autoestima de los hijos, estén más cerca de ellos, observen sus cambios de comportamiento. Porque las gordas siempre existirán y hay que abrir espacios para ellas, para nosotras.

- PROGRAMA DE PREVENCIÓN EN COLEGIOS, EL FRENO La frecuencia de casos de bulimia y anorexia entre estudiantes llevó al Concejo de Bogotá a aprobar esta semana un proyecto de acuerdo para que se cree e institucionalice en los colegios distritales públicos y privados el programa distrital para la prevención de la anorexia y la bulimia.

Esta iniciativa fue presentada por el concejal Hipólito Moreno quien consideró que es una de las vías para comenzar a “frenar este problema generado principalmente por la sociedad de consumo”.

El proyecto ya contaba con el aval del Gobierno Distrital que, además, iniciará el próximo semestre talleres en los colegios distritales para reforzar la autoestima y desestimular la bulimia y la anorexia entre los adolescentes, dijo el secretario de Salud de Bogotá, Héctor Zambrano.

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