El otro Galbraith

Los obituarios publicados con ocasión de la muerte de John Keneth Galbraith, destacan su elevada estatura, haber vivido casi un siglo, ser el economista que más libros vendió, la fluidez de su escritura, y el sarcasmo e ironía que usó en sus escritos. Otros más lo censuraron por llamar ‘vacas sagradas’ a los ricos, al mismo tiempo que llevaba una vida suntuaria.

05 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Pero el juicio quizá más crudo fue el de The Economist, donde se afirma que pese a no ser un buen economista, se reconoce como el más leído, en razón del lenguaje accesible que utilizaba. Samuelson afirmó que “un tipo como Galbraith no puede ganar el Premio Nobel, porque no es en realidad un economista profesional, sino un filósofo social o no sé qué”. Pero Galbraith fue elegido en 1971 como presidente de la Asociación Americana de Economistas.

En 1999 la Modern Library ubicó su obra La Sociedad Opulenta como el libro No. 49 entre los 100 libros de no ficción en inglés, a lo largo del siglo.

Galbraith fue asesor de los presidentes demócratas desde Roosevelt hasta Clinton, quien le otorgó la Medalla de la Libertad. Sus ideas sobre la inadecuación de las teorías convencionales para tratar el problema de los países en desarrollo han sido retomadas por los pensadores post keynesianos.

En una entrevista concedida en los años noventa afirmó que “el destino de los países en desarrollo es llegar a un equilibrio de pobreza, y esa es la tragedia de las economías post coloniales.

En ninguno de los referidos obituarios se destacó su oposición a la Guerra de Vietnam -que lo condujo a la ruptura con el presidente Johnson, de quien era asesor- el apoyo al movimiento feminista, a la reducción de la semana laboral por debajo de 40 horas y su vinculación efectiva a los movimientos de acción afirmativa y discriminación positiva en favor de las minorías.

En una audiencia en el Senado, en 1955, advirtió que una nueva Gran Depresión económica estaba próxima a ocurrir. Al día siguiente se derrumbó la Bolsa y Galbraith fue gravemente cuestionado. Galbraith era sólo un liberal que creía que el Estado debe actuar para defender al mercado y la democracia y llegó a afirmar “soy una persona conservadora y tengo la tendencia a buscar antídotos para las tendencias suicidas del capitalismo.

Pero por la típica inversión del lenguaje, uno tiende a ganarse la reputación de radical”.

Galbraith hizo duras críticas a las grandes corporaciones que concentran el poder en tanto que el Estado descuida la salud, la educación y la infraestructura vial. No creía, además, que en la realidad operase la competencia perfecta y que sus postulados no son útiles para entender la economía actual, pues dejan de lado el problema del poder y el contenido político de la economía. Pese al desprecio que le profesaban los economistas convencionales y que fue expresado por Samuelson cuando afirmó que Galbraith era el economista más querido por aquellos que no son economistas. Los casos de Enron, Halliburton, Parmalat y Arthur Andersen terminarían por darle la razón.

Partiendo del análisis de los inicios de la economía americana de los farmers, Galbraith mostró la llegada de los grandes monopolios. Por ello consideraba un mito el libre mercado y demostró la forma en que operan los monopolios. En toda su obra, criticó el abismo que separa los modelos abstractos y teóricos de la realidad económica, y por ello se ganó la animadversión de los economistas convencionales.

Profesor de las U. Nacional y Externado .

"En toda su obra, criticó el abismo que separa los modelos abstractos y teóricos de la realidad económica”.

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