Una crónica del amor

Una crónica del amor

La crónica dice que había una vez un presidente muy singular, que hablaba en dimunitivos y prometía amor infinito por una dama llamada Colombia. En su camino al éxito, hablaba por emisoras locales como Apartado Estéreo para poder encontrarse directamente con sus enamorados. Rehuía cualquier debate. Ante las preguntas respondía lo que quería; no respondió a la pregunta de si aspiraría a un tercer amor, ¡es tan difícil decir sí o no cuando se ama!

05 de junio 2006 , 12:00 a. m.

Debatir para él era oír el eco de sus ideas aprendidas de la madre, los arrieros y las filosofías de la comarca. Él, con su cuerpecito, era sincero y prometía amor; ¡ay qué ilusión! Colombia lo ama hasta el delirio.

La crónica también dirá que los periodistas intentaron, pero que nunca se atrevieron a preguntar duro, que tuvo en un señor muy bueno llamado Arizmendi a su vocero, que un canal llamado RCN era su pantalla oficial para cuando quisiera ir en directo, que una vez Caracol intentó con el nombre de Jornada de decisiones presentar a los que pretendían el amor de Colombia, uno muy inteligente y bien entrevistado de nombre Mockus; otro muy mal entrevistado y jocoso señor Horacio; otro muy tierno, hablador y buen profesor abuelito Carlos. ¿Colombia podría amar a uno de estos tres galanes? No, no y no. No tenían la pinta, los sentimientos y mucho menos la moral retórica que requiere el amor patriótico. Pero el galán de la provincia no llegó a la cita amorosa. La Colombia enamorada le preguntó y al director visual le daba susto mostrar que la silla se había quedado vacía, la cámara sufría si veía la silla vacía (¡Ay a lo Tirofijo!). ¡Estos son los desplantes que enamoran! El galán arrepentido dijo que su amor por Colombia era con todo su cuerpecito, que entendiera que tenía celos porque había otros pretendientes y que la quiere sólo para él, para hablarle bonitico al oído. Y Caracol, todo seducido, abrió su pantalla y le permitió declarar ese amor que no responde pero seduce, ese amor hecho de dichos y retórica de la confusión. Y Colombia lo amó, no entendió pero lo amó, no sabe qué dijo pero lo amó. ¡Es tan lindo! ¡Se le ven las ganas que tiene de amar! El melodrama terminó bien, y cuerpecito y Colombia se casaron y fueron felices. Cada vez que hay problemas en esa relación, el galán arrepentido pide perdón en La W y es alabado en RCN… y Colombia, lo ama. Y colorín colorado este país se ha acabado. Moraleja: el abuelito Carlos le enseñó al joven Álvaro la importancia de “disentir”, ¡qué mal profesor fue don Carlos! Menos mal existe La Luciérnaga.

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