TRAMPA FATAL

Trampa mortal es un juego de espejos, el desdoblamiento de una trama por sus cuatro costados, una imaginación macabra, el retrato de un autor, el desafío al espectador para que tome el lugar del investigador frente a los hechos mientras estos se desarrollan sobre el escenario; es también un duelo intelectual, en el que se juegan la vida dos autores al confrontar su capacidad para el desarrollo imaginativo del asunto criminal. Y es, no sobra decirlo, una obra menor e intrascendente: un juego en el vacío. Se sabe que los personajes de las novelas policiales --o del drama que es lo mismo-- son simples marionetas en las manos del autor. Existen en función de la trama, son virtualmente inimaginables en la existencia de cada día pues obedecen a las leyes mecánicas del género.

28 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Y sinembargo es necesario preguntarnos si deben convencernos de su existencia sobre el escenario con la misma carga emocional que posee el teatro realista, como si tuvieran la misma vida que, por ejemplo, un Ibsen infunde a sus criaturas. Cómo, pues, representar las obras policíacas? Bajo un postulado eminentemente naturalista? O más bien desplazando toda su estética hacia un polo más abstracto, estilizando la realidad, hasta crear el diseño de su propio mundo? El director de Trampa mortal, Julio César Luna, optó por el primer principio. Para Luna, pareciera que el teatro es sencillamente un asunto de puro realismo. En esta medida sus piezas están repletas de detalles superfluos e inútiles como si el lenguaje teatral dependiera del grado de fidelidad que pudiera alcanzar en su decoración.

El estilo de la actuación entonces también participa de este convencionalismo como si se tratara del estilo de teatro que se practicaba a principios de siglo, y como si el arte escénico no hubiese evolucionado ofreciendo otras formas de representar, diferentes a las derivadas de los principios costumbristas.

La gran virtud, pero su única virtud, de las obras de Levin está relacionada con el interés que puede despertar su trama en el espectador. Están hábilmente construidas. Van de sorpresa en sorpresa, dando en cada movimiento de su argumento una nueva vuelta de tuerca al asunto.

Y para el público es suficientemente gratificante pues lo mantiene en un efectivo estado de expectativa. Y ese suspenso sostenido y renovado va ahondando el misterio de la trama criminal, llevando la tensión, la atmósfera enrarecida y el terror, hasta la confusión y el paroxismo. El descubrimiento del móvil del criminal no importa tanto como el clima sicológico que él puede crear.

Un clima que va transformando el entorno en el que se pierden y confunden los perfiles y afloran las fuerzas oscuras con sus amplias, palpitantes y siniestras consecuencias, con lo que se somete al espectador a una catarsis semejante a lo que puede experimentar ante el teatro griego.

Pero no, para Julio César Luna todo sucede a la inversa. La trama de la obra, en su sentido, en el montaje del Teatro Nacional y en su consistencia, se va degradando, marcando su equívoco camino hacia la comedia negra, en donde parece encontrar su razón de ser cuando llega a la solución final, con una triste, lamentable y grotesca escena de farsa colegial.

Nadie puede negar que cada director en su propia perspectiva tiene la libertad de interpretar al autor bajo sus propias luces. Pero habría que diferenciar a los directores entre los que toman en serio a los autores y los que no lo toman en serio. Julio César Luna insiste en pertenecer a los de la segunda categoría.

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