Los temores frente a la globalización

Los temores frente a la globalización

El Tratado de Libre Comercio negociado con los Estados Unidos ha suscitado multitud de inquietudes, unas por su impacto sobre el sector agropecuario y otras por sus consecuencias sobre el comercio con países vecinos. La discusión de las ventajas y las desventajas del tratado es necesaria, pero no debe llevarnos a confundir las causas del problema con sus efectos.

02 de junio 2006 , 12:00 a. m.

El TLC puede acelerar nuestra inserción en el comercio mundial y agudizar sus consecuencias, así que debemos preverlas y buscar estrategias para acelerar también las soluciones. Sin embargo, el problema de fondo no es el TLC ni las demás negociaciones que ya se hicieron o podrán hacerse con otros países o bloques.

La clave del problema está dentro de Colombia y radica en la incapacidad para crecer redistribuyendo ampliamente los beneficios del crecimiento.

Nuestra productividad es baja por causas tecnológicas que no es posible compensar reduciendo los costos laborales. Competir contra otro país más pobre sólo profundizará la pobreza de ambos. Miremos, en cambio, hacia los mercados más dinámicos, que son los de países desarrollados, donde competimos contra trabajadores con remuneración 3, 5 o más veces mayor.

Desde esta perspectiva es claro que necesitamos personal cada vez más capacitado para adecuar tecnología externa, generar tecnología propia y desarrollar productos o servicios nuevos que sean atractivos para los mercados de alto ingreso. Todo esto significa que los hogares colombianos de-ben tener un ingreso suficiente para financiar ese nivel de educación y capacitación para sus hijos.

Al mismo tiempo, el Estado debería dedicar más recursos a financiar investigadores y universidades, actividades que sólo encuentran financiación privada suficiente en una economía desarrollada, donde la estrategia competitiva de un gran número de empresas exige una innovación permanente.

Tampoco podemos caer en la ilusión de moda y plantear la educación como una panacea para todos nuestros males. La formación es necesaria porque sin ella resulta imposible acceder a muchas oportunidades de trabajo y de ingreso, pero hace falta otra estrategia paralela que genere dichas oportunidades de empleo o de creación de empresas.

Sin este requisito, la educación apenas sirve para mejorar las opciones de emigración de los jóvenes, lo cual puede generar más remesas del extranjero pero induce un crecimiento interno bastante precario.

Estamos ante un problema de ingeniería socio-económica: averiguar qué ha faltado en la sociedad colombiana, y podríamos decir que en toda Latinoamérica, para que el crecimiento se redistribuya y mejore el nivel general de vida, en lugar de perpetuar una concentración del ingreso y de la riqueza que, durante más de un siglo, ha impedido la formación de un mercado interno y la aparición de una sociedad de consumo masivo.

Podemos hablar de instituciones creadas ancestralmente para administrar una economía extractiva y de la necesidad de modernizarlas, pero el problema no se resolverá con nuevas leyes o normas. Al contrario, perpetuaremos así la costumbre de buscar culpas ajenas y soluciones mágicas que no exijan cambiar la propia conducta.

Podemos criticar el proteccionismo de antaño y atribuirle la inmovilidad tecnológica que hoy nos impide competir, pero no podemos creer que esa deficiencia se arreglará evitando el comercio ex-terno o compensando sus efectos para que todo pueda seguir igual.

El punto es que necesitamos cambiar la dinámica de desarrollo con concentración del ingreso y sustituirla por estrategias que distribuyan el crecimiento económico. Esto significa mejorar el in-greso de la mayoría de la población, lo cual exige, entre otras cosas, elevar el salario real de los trabajadores.

Es preciso entender que la frase de un personaje de Quino, que “nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás”, expresa un falso prejuicio latino captado con el fino humor de un crítico so-cial. En realidad, sólo podemos crecer si nuestros vecinos crecen al mismo tiempo, porque necesitamos generar nueva producción y nueva capacidad adquisitiva en forma simultánea, porque el principal mercado de un país es él mismo.

La estrategia exportadora no es un fin en sí, sino un medio para mejorar el ingreso doméstico y generar una capacidad de compra adicional que, luego, permite producir bienes y servicios en for-ma masiva, dirigidos tanto al mercado externo como al interno.

El otro aspecto donde es preciso innovar es la organización de las actividades productivas. Antes, con una oferta centrada en genéricos y una tecnología basada en la noción de cadena de montaje, las empresas debían buscar economías de escala y eliminar o absorber a sus competidores para conseguirlas. Tampoco necesitaban integrarse con sus proveedores, porque éstos sólo ofrecían materias primas y podían sustituirlos fácilmente, al mejor postor. En consecuencia, el aumento de la productividad dependía sólo del cambio técnico al interior de cada empresa.

Hoy, con un mercado más selectivo, especialmente en el exterior, donde predominan los servicios y diversas formas de valor agregado, donde los productos de marca tienen una nítida ventaja y el mercado está muy segmentado, la organización ideal es más flexible, basada en redes y alianzas, soportada en ventajas de aglomeración y de complementación entre actividades de una misma zona o región. Las empresas que coordinan y lideran tales redes necesitan a sus proveedores, porque reciben de ellos bienes intermedios diseñados para sus necesidades y cada vez más específicos: ya no pueden sustituir fácilmente a un proveedor, porque se ha convertido en su asociado tecnológico.

Por todas esas razones, en lugar de competir sólo por tamaño, ahora es posible competir mediante estrategias de coordinación entre empresas medianas y productores pequeños, lo cual significa que existe una alternativa de crecimiento económico con mejor distribución del ingreso.

Con una fuerza de trabajo mejor formada, con una actitud abierta frente al cambio técnico y a la innovación organizacional, y dirigiendo los esfuerzos hacia el tipo de producto de alta calidad que valoran los consumidores de países desarrollados, podremos acceder a mercados dinámicos, con buena capacidad de pago.

En resumen, el cambio que debemos buscar se apoya en dos pilares: promover la innovación y difundir sus beneficios. Esa fue la clave del crecimiento económico en la era industrial y lo sigue siendo en la era post industrial.

Director de Cega.

"Nuestra productividad es baja por causas tecnológicas que no es posible compensar reduciendo los costos laborales”

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