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CLAVE 1973 OPERACION ANORI

De los 9 hijos de la familia Vásquez Castaño nacidos todos en Calarcá (Quindío) , cuatro no resistieron la tentación guerrillera, que en los sesenta se tomó el alma de los jóvenes del mundo, emocionados por las luchas de liberación que con éxito sostuvieron Fidel y El Che , en Cuba; Mao en China y Ho Chi Min en el Vietnam. Fabio, Jairo, Manuel y Antonio se dejaron seducir por los cantos de sirena de la lucha revolucionaria.

07 de diciembre 1991 , 12:00 a.m.

Los Vásquez no solo fundaron el ELN, sino que se constituyeron en una temida dinastía durante la cual sus más importantes líderes universitarios fueron fusilados por traidores , luego de breves juicios revolucionarios.

Fabio, el mayor de los cuatro, fue encargado de hacer germinar aquella semilla, que a raíz de la huelga de Ecopetrol de 1962 se prendió en el espíritu de dirigentes sindicalistas de Santander. En 1963 viajó a Cuba a formarse como guerrillero y se responsabilizó de importar a Colombia el germen del castrismo .

En 1965 Manuel abandonó sus cuatro semestres de derecho en la Libre, y Antonio sus estudios técnicos en radio, para alistarse ambos en las filas de la subversión.

Jairo, el menor de los cuatro, frenó a tiempo y desertó de la guerrilla.

Como consecuencia de la presión que en 1972 ejercía, desde Santander, el Coronel Rincón Quiñones, comandante de la V Brigada, la mitad de los 11 grupos que componían el ELN unos cien hombres buscaron refugio en el noreste antioqueño.

En enero de 1973, los elenos iniciaron allí su labor de adoctrinamiento. Crearon así un foco en la zona rural que se extiende entre los municipios de Amalfi y Anorí. Primero, censaron la población y luego catequizaron a los campesinos sobre la urgencia de derrocar al Gobierno.

En abril, iniciaron la fase militar. Uno a uno fueron llegando los guerrilleros a la zona y en pocas semanas ejercían control armado sobre El Banco, Tenche, Santiago y Santa Inés. Reclutaron un grupo de campesinos para reforzar la guerrilla y organizaron sus redes de abastecimiento.

Sus huellas empezaron a ser notorias el 25 de julio, cuando las reiteradas amenazas de realizar la toma de Anorí llegaron a oídos de la inteligencia militar.

Dos coroneles, uno de Caballería, Alvaro Riveros Abella a quien sus subalternos lo llaman Cara de Piedra, comandante de la IV Brigada, y el otro de Artillería, Calixto Cascante, su Jefe de Estado Mayor, echan a rodar la operación de búsqueda del foco guerrillero, el martes 7 de agosto.

A la movilidad de la guerrilla, se le opone la agilidad refleja de la contraguerrilla. Durante los siguientes 42 días, en un virtual juego del gato y el ratón , los subversivos hacen contacto armado y de subito se esfuman. Caen en una emboscada y se logran evadir. Aparecen y desaparecen. Con el paso de los días, los militares controlan todos los puntos críticos y van arrinconando a la guerrilla en la boca de la trampa.

En las puertas del desenlace las muchachas universitarias que corrían la aventura guerrillera se entregan exhaustas. Los auxiliadores campesinos les voltean la espalda. Las bajas son diarias. Los guerrilleros recién reclutados desertan. Los encargados del adoctrinamiento desaparecen. El seis de septiembre es detenido al cura Zabala, uno de los cabecillas de la frustrada toma de Anorí.

El día del juicio final la columna subversiva penetra en la finca El Infierno para intentar el cruce de las torrentosas aguas del río Porce e internarse en la espesa selva que se alza en la otra orilla. Sobre el mediodía los subversivos son detectados. El combate dura 40 minutos.

Esa tarde, la dinastía Vásquez se derrumbó estruendosamente poniendo fin a 11 años de lucha guerrillera. Otros 33 guerrilleros también murieron incluyendo 5 mujeres y 30 cayeron capturados.

Ahora, los cadáveres de Manuel y Antonio están expuestos en el campo de fútbol de la Cuarta Brigada de Medellín para su reconocimiento legal, a tiempo que Fabio huye de regreso a Cuba, desprestigiado y amenazado por sus propios hombres que le han prometido la misma medicina que durante la última década les aplicó: el tribunal revolucionario.

Estos colombianos rebeldes no aprendieron la lección. Diecisiete años más tarde continuarán tan intransigentes y radicales como en 1973, pero eso sí tremendamente impopulares, porque las guerras de liberación lucen tan out como usar gomina o como fugarse del hogar para convertirse en hippie .