U N A M U J E R A D M I R A B L E MARÍA CALDERÓN DE NIETO CABALLERO

U N A M U J E R A D M I R A B L E MARÍA CALDERÓN DE NIETO CABALLERO

Hija de un hogar que presidió una mujer admirable, de vieja estirpe liberal, y casada con uno de los escritores y políticos más puros que ha tenido la república, no es de extrañar que María Calderón de Nieto Caballero prestara a mi partido la más noble y desinteresada cooperación en todos los momentos. Naturalmente, yo no la recordaré tan solo por este aspecto de su larga vida. Fue una mujer bella e inteligente, dotada de gran sentido artístico; ejemplar esposa y madre que sentía, además, con todo el corazón los dolores ajenos. Cuando hace pocas semanas conversé con ella, en casa de su hijo Eduardo, sentí, como en otras ocasiones, admiración por su belleza que sus años no destruyeron, y también por el encanto de su trato, por la cariñosa solicitud con que quiso enterarse de mi vida y de la de los míos. Mi mujer y yo comentamos después, admirados, la lucidez de su conversación y la gracia con que se refería por igual a los viejos tiempos y a los hechos de actualidad.

27 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Yo tuve por Luis Eduardo Nieto Caballero una profunda admiración y jamás me extrañó que el temple de su espíritu influyera sobre Maruja. Luis Eduardo fue por muchos años el editorialista de El Gráfico y comentó con objetividad y profundo conocimiento los problemas políticos y económicos del país. Nunca abandonó la cátedra que desde el Externado de Colombia le permitía dar cotidianas lecciones de tolerancia, de patriotismo y de buena prosa. No hubo noble causa a cuya defensa no acudiera, ni en el campo de la política y la administración falta que escapara a su condenación, serena y firme a la vez. En las directivas del partido liberal y en el parlamento mostró esa buena intransigencia de los hombres honrados que, además, han madurado sus convicciones. Trabajador infatibable, dejó una herencia de escritos políticos y administrativos cuya lectura es tan agradable como útil. Sus descripciones de la Colombia que él amó tanto son literariamente insuperables y, además, conmovedoras.

En los tiempos de la persecución, amordazado por la censura, Nieto Caballero no abandonó la lucha. Escribió a los gobernantes cartas que denunciaban los abusos e inequidades, y desafiando todos los peligros las hacía llegar a los responsables directos e indirectos. La verdadera historia de lo que yo he llamado la primera violencia está en esas cartas clandestinas que reemplazaban al parlamento y a los periódicos amordazados. La distribución de las cartas en todos los círculos sociales corrió a cargo de Maruja, de sus hijas y hermanas y de las valientes amigas que la acompañaron. Más tarde organizó de la misma manera, la ayuda a los liberales desterrados y a los que combatían para salvar sus vidas.

La vida política de María Calderón comenzó varios años antes. Cuando se lanzó la candidatura presidencial de Olaya Herrera y surgieron diferencias con el doctor Alfonso López Pumarejo, un grupo de prominentes liberales viajó a Puerto Berrío para buscar un acuerdo entre esos dos grandes hombres públicos. Todos los que participaron en esos históricos episodios están de acuerdo en ensalzar el gran influjo que para el exitoso desarrollo de ellas tuvo la presencia de las señoras que acompañaron a los participantes: Lorenza Villegas de Santos y María Calderón de Nieto Caballero, en primer término.

Si volvemos de nuevo la vista a la segunda época de la arbitrariedad y la violencia, encontramos a María Calderón y a sus hijas y amigas elevando su protesta, con un valor sereno y admirable. Y lo hicieron sin vanos alardes, pero exponiéndose en la primera fila a todos los peligros.

Luis Eduardo murió cuando la lucha por la democracia estaba casi a punto de coronarse con éxito. En el cementerio hicimos su elogio Alberto Lleras y yo. Maruja estaba allí, adolorida pero dando muestras de una admirable fortaleza. Siguió luchando como luchaba en compañía de Luis Eduardo y pudo ver el feliz resultado de sus esfuerzos. Todo sin vanos alardes y sin que la ambición acompañara, siquiera por un instante, los momentos del triunfo. Cuando ya la victoria se había consolidado, Maruja, la hermosa señora de siempre, volvió a sus pinceles y a la lectura, sin abandonar su interés por los problemas nacionales. Ha dejado un hermoso ejemplo para la mujer colombiana y un recuerdo indeleble en todos los que tuvimos el privilegio de compartir con ella los momentos de lucha y los de su trato cordial.

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