FUGA DE 979 PASOS

No es ni mucho menos el Papillón criollo. Salir de la Penitenciaría de la Picota en la forma en que lo hizo, no puede ser lo mismo que evadirse de la isla de Cayena en medio de un preludio de tempestad. Para Jaime Eduardo Rueda Rocha, uno de los acusados de disparar contra Luis Carlos Galán, el camino hacia la libertad tuvo 979 pasos. Ese es el trayecto que hay desde el pabellón de máxima seguridad, hasta la entrada de la prisión más segura del país.

28 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

En su ruta franqueó sin problemas siete puertas, dos de ellas de alta seguridad. La trama del argumento fue sencilla: una barba postiza y un sello de visitante traspasado a su brazo izquierdo, dicen los investigadores, con el vaho del aliento de un falso abogado que se prestó para el montaje. Pese a todo, nadie entró en sospechas.

Hoy, 38 días después, siete personas han sido vinculadas a las pesquisas: Sandra Urazán de Pérez, directora de la cárcel; Abdenango Chaparro, subdirector; Lucy de Isidro, relacionista pública; José Tomás Cano Rivera, comandante de vigilancia; Delfín Linares Urrego, comandante de la compañía de guardia, y los guardianes Orlando Amaya Contreras y Rober Tulio Ruiz Gómez.

Con base en testimonios de distintas fuentes cercanas a la investigación y otros tomados en la misma cárcel, EL TIEMPO reconstruye lo acontecido aquel 18 de septiembre.

Rueda estaba recluido en el pabellón Rodrigo Lara Bonilla, reservado a delincuentes de alta peligrosidad. A simple vista el patio, de forma triangular y dominado desde lo alto por una garita, es inexpugnable. A él da acceso una puerta de acero, la cual abre por dentro y por fuera, y que está reforzada por dos guardas con candado. Hay dos llaves, una para cada guardián asignado a su control. El plan de seguridad, adoptado luego de que la propia directora expresara sus temores sobre una posible fuga, exigía que en ningún caso las llaves podían ser intercambiadas o quedar en poder de uno solo de los vigilantes.

Pero el guardián Robert Tulio Ruiz pasó por alto la norma y antes de irse a almorzar entregó su llave al sargento Orlando Amaya Contreras, quien en horas de la madrugada había llegado de Medellín, donde aparentemente estuvo visitando a su esposa.

Antes de partir Ruiz --así consta en el expediente-- le dice al sargento: Ojo que ahí entró un abogado chiverudo . Recomendación, advertencia o simplemente una seña? Eran las dos de la tarde de aquel día en que en ese pabellón especial se celebraba, anticipadamente, el día de la Virgen de Las Mercedes, patrona de los reclusos. 22 personas visitabanban a algunos de los detenidos en ese patio.

Lubin Boada y Carlos Caicedo, los dos supuestos abogados de Rueda Rocha, obtuvieron sin problemas la boleta de visita interna firmada por la directora. Caicedo llevaba una barba postiza, bastante tupida, que entregaría a su cliente para que abandonara el penal.

Inexplicablemente, la autorización de visita que debió ser impartida por el juzgado que procesa a Rueda no aparece en los archivos de registro y control, como lo disponen las normas penitenciarias.

Tampoco fueron revisadas las cédulas y las tarjetas profesionales de los supuestos abogados. La directora ha dicho que se los entregó al subdirector y este los pasó a su vez a la relacionista pública, quien hacía simultáneamente las veces de secretaria. Lo cierto es que la directora estampó su firma en la boleta, ignorando todos los requisitos. Tome la barba Al llegar al Pabellón, Boada y el supuesto Caicedo, cuyo verdadero nombre es Saúl Antonio Pérez, mostraron sus sellos al sargento Amaya, quien curiosamente se abstuvo de acompañarlos hasta la celda, como era su obligación. Lo que ocurre luego es deducible: Caicedo se despoja a toda prisa de su traje de paño gris y de la abundante barba postiza. Mientras Rueda comienza a vestirse, Caicedo calienta con su boca el sello puesto en su brazo izquierdo para luego estamparlo en el del prófugo.

A las 2:40, cuando el guardián Ruiz ya ha regresado de almorzar, Boada grita del otro lado de la puerta de seguridad que van a salir.

Ruiz entra al pabellón de seguridad para acompañar a los dos hombres mientras que afuera aguarda el sargento Amaya. Sin embargo, Boada y Rueda, ya transformado, salen sin la escolta, pues Ruiz se ha quedado hablando con algunas de las visitantes.

Comienza entonces el recorrido de los 979 pasos. Prófugo y abogado caminan inicialmente por el angosto pasillo, conectado con el corredor principal que remata en el puesto central de guardia.

A través de una ventanilla el vigilante Jesús López Ruiz se limita a observar, pero no les indaga, como se acostumbra, sobre los sellos y el pabellón que visitaban. También omiten hacerlo sus compañeros de guardia, Gladys Alicia Velásquez y Marcos Solaque.

De ahí en adelante su paso por los siete puestos de control que hay antes de llegar a la entrada principal es expedito, sin problemas. Yo también me voy... Pero la suerte no acompaña al hombre que aportó su barba a Rueda. Es evidente que no quiere sacrificarse, pues también intenta abandonar la penitenciaría.

Al llegar al puesto de vigilancia interna donde están López Ruiz y Solaque lo evidente lo delata: su rostro está cubierto del pegante blancuzco que sostenía la barba, el sello ya no se ve y le toca quedarse.

Caicedo ya era conocido en la cárcel. Varias veces estuvo visitando a Rueda Rocha, aunque él afirma que en realidad iba a ver a Vladimir .

La historia, en fin, está cargada de interrogantes. Según uno de los detectives auxiliares de la investigación, hay visos de negligencia y una fuerte presunción de complicidad. La justicia penal, de un lado, y la Procuraduría, del otro, buscan aclarar el enigma y muy pronto habrá decisiones.

Por todo eso vale decir que le fue mucho más difícil a Papillón evadirse de Cayena... sin barbas postizas y sin guardianes negligentes. Lo hizo, además, sin la complicidad del mar picado ni de los tiburones acechantes. La guardia... abajo Terminando el pasado mes de agosto, Miguel Maza Márquez, jefe del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), advirtió a las autoridades de prisiones sobre la un plan en busca de la fuga de Rueda.

El detenido, fue entonces trasladado de la Modelo, al que se suponía el pabellón más seguro de La Picota. Poco después Sandra Urazán Pérez, directora de este establecimiento, expresó nuevos temores de fuga sin explicar cuál era el origen de esa preocupación.

Por iniciativa suya, se diseñó el plan de seguridad para el pabellón de los especiales, con aspectos elementales pero necesarios como el de las llaves personales e intransferibles.

No obstante, los dos guardianes que el 18 de septiembre, día de la fuga, tenían a su cargo la vigilancia del pabellón se han defendido diciendo que nunca se enteraron de la existencia del plan.

Sus afirmaciones hicieron que José Tomás Cano Rivera --comandante de vigilancia-- y Delfín Linares Urrego --comandante de la compañía-- fueran vinculados a la investigación.

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