‘La casa en el aire’, ahora un libro

‘La casa en el aire’, ahora un libro

Escondido tras una pared del patio de su casa, el niño Rafael Escalona escuchaba las historias que el ‘viejo Pedro’ le contaba a su mamá.

04 de mayo 2006 , 12:00 a.m.

“Él iba a donde mi mamá a visitarla, porque era la única que le guardaba los secretos. Él le decía a mi mamá que la amarilla del cielo –como llamaba a la luna– le contaba que se iba a caer un palo de caracolíes… y así pasaba; que una niña bonita se iba a ir con un cachaco… y así pasaba", cuenta el hoy octogenario compositor Rafael Escalona.

En ese tiempo Escalona tenía 7 años y el ‘viejo Pedro’ 77. Margarita María Martínez, una mujer alta, de ojos verdes, y madre del que llegaría a ser uno de los grandes compositores del vallenato, trataba de alejar a sus hijos de esa conversación de mayores.

“Yo me sentaba entre las piernas del ‘viejo Pedro’ y él me torcía los dedos sin hacerme daño. Mi mamá nos mandaba a mis hermanos y a mí a comprar cocadas, pero yo me escondía detrás de la pared. Después, todo se sabía porque frente a la casa vivía la ‘vieja Isabelita’, que me ponía entre los pollerines y me decía: ‘ mijito, ¿qué tanto es lo que le dice a su mamá el ‘viejo Pedro’?”, recuerda Escalona.

Esas historias que rodaron de boca en boca en Patillal, en esa época, “un pueblo muy pintoresco al norte del Cesar”, como lo describe el propio autor, terminaron consignadas en La casa en el aire, un libro escrito con puño y letra de Rafael Escalona y que será lanzado hoy a las 7:30 p.m. en la Feria Internacional del Libro de Bogotá Telecom, empresa que, a propósito, apoya la publicación.

Claro, en sus 450 páginas también contará las historias que el ‘viejo Pedro’ le contó cuando hablaba con él junto a las piedras de Patillal.

“Allá en mi pueblo hay unas piedras en las que los niños nos sentábamos a echar cuentos, a hablar, a ver pasar el muerto para el cementerio, a jugar trompo, escondidas o a volar cometas. Él iba y me preguntaba qué estaba haciendo y como él decía que hablaba con la luna, y yo le creía, yo le decía que hablaba con las piedras”.

Escalona escribió el libro hace años, cuando el ex presidente Alfonso López lo nombró cónsul en Panamá. Acostumbrado a levantarse más temprano que cualquiera, pues cuando era algodonero en el Cesar su día comenzaba antes de las 4:00 a.m. , decidió ocupar esas madrugadas en recordar sus tiempos de niñez. El libro tiene prólogo de Daniel Samper y Manuel Zapata Olivella (q.e.p.d.).

Después de tantas canciones famosas como La patillalera, El bachiller o Elegía a Jaime Molina, escribir no le quedó muy difícil.

“Mi padre, el Coronel Clemente Escalona me leía La Iliada y La Odisea. Un día le dije que también podría escribirle a los reyes, entonces él, que había peleado con el general Rafael Uribe Uribe en la Guerra de los Mil Días, me jaló una oreja y me dijo: aquí el rey es el pueblo. Por eso yo escribí canciones para el pueblo. Y cada canción es una historia, pero de tres o cuatro minutos. Para mí es muy fácil escribir porque hablo, de mi gente, de mí, de lo que sé”, asegura Escalona.

Eso sí, de canciones, no habrá una palabra, comenta, y dice que todo es real. “Son historias de verdad porque habiendo tanto que contar, la inventiva queda en segundo plano”.

HISTORIAS DE DOS AMIGOS Es la amistad de un niño de 8 años y un hombre de 77. Él hablaba de temblores y brujas, y el muchacho de mariposas y manantiales.” Rafael Escalona, autor de ‘La casa en el aire’.

ASÍ COMIENZA ‘LA CASA EN EL AIRE’.

“Él era así. Yo observaba que él no caminaba como la mayoría de la gente lo hace. Era que él andaba distinto a todo el mundo. Su pasos eran seguros y lentos. Sabía que su guerra, esa Guerra de los Mil Días, había pasado hacía mucho tiempo. Solamente quedaban en los pueblos cicatrices que se veían en los barrancos, en las piedras grandes de la serranía, en los caracolíes centenarios, en los cementerios, en el alma y en el cuerpo de los hombres, de los hombres como él que no se le escondieron al plomo y que sirvieron de trinchera para que los otros pasaran y clavaran la bandera.

“Por eso él no temía que le estallara una mina, una granada o un franco tirador le disparara por la espalda. Y por eso también los pasos sonaban firmes y seguros. No le temía a nada. Ya la muerte había pasado sobre él muchas veces, pero estaba vivo y no miraba para atrás”.

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