Secciones
Síguenos en:
Antes de que me olvides

Antes de que me olvides

3 + 2 = 6. La suma la escribió en el tablero la profesora Orfilia Rodríguez, que llevaba más de 20 años enseñándoles a los niños a hacer sus primeras operaciones matemáticas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Sus alumnos de primero de primaria del colegio Granjas de San Pablo, del sur de Bogotá, la corrigieron: “Profesora, tres más dos es cinco”.

Era finales de 1999. Orfilia, que tenía en ese entonces 51 años, llegó ese día al apartamento preocupada y le comentó su despiste a su esposo, Aurelio León, con quien se había conocido en la escuela Normal donde estudió bachillerato y casado a los 20 años desafiando a su familia; con quien se había ido a vivir a un pieza arrendada y había tenido dos hijas, Julie y Sandra; con quien había comprado un apartamento en el Tunal y con quien soñaba que cuando les llegara la pensión se irían a recorrer el mundo.

El extraño incidente dejó desconcertado a don Aurelio, de su misma edad, pero lo que más le preocupó fue cuando Orfilia le comentó a los días que se había bajado del bus y no sabía dónde vivía.

Después vinieron los dolores de cabeza y la profesora fue a consulta al médico general. Le hicieron varios exámenes y no descubrieron nada. Su hija Julie, que estudió medicina, la llevó a la Clínica de la Memoria, de la Universidad Nacional, donde tras varios estudios que duraron casi un año le diagnosticaron que tenía Alzheimer. “A todos se nos escurrieron las lágrimas”, recuerda su esposo.

Una nueva vida Era finales del 2000. Orfilia todavía trabajaba en el colegio, pero sus olvidos seguían. Su esposo le ayudaba en las clases de educación física y sus compañeras, con las demás materias. Pero llegó un momento en que no soportó más a los alumnos, a pesar de que siempre había sido una maestra “querendona”.

Renunció y se quedó en el apartamento, a la espera de cumplir 55 años para lograr la pensión. Desde entonces, quedó atrás la mujer que se levantaba a las 5 de la mañana a hacer desayuno, la que no se perdía noticias, la que hacía muñecas de porcelana y bordaba, la que cocinaba lasaña, la que llevaba las cuentas, la que le daba consejos a su esposo… Don Aurelio, que era revisor fiscal, dejó sus actividades y se dedicó a acompañarla. Desde entonces, no la deja salir sola ni a la puerta del edificio. La casa se convirtió en el mundo de los dos, pues un fin de semana la llevaron al apartamento de su hija Sandra, que es odontóloga, y no salió de las cobijas de la cama, porque le daba miedo.

“ Me tocó aprender a hacer café, aseo, tender la cama”, dice don Aurelio, que en medio de la desesperación visitó a un charlatán que le ofrecía un bebedizo para curarla y a otro que juraba que recordaría todo con solo pasarle las manos por su cuerpo.

A cambio de comprar una fórmula mágica, comenzó a ir a una fundación de apoyo para las familias de pacientes de Alzheimer, donde le dieron ayuda.

“Comprendimos que tocaba seguir la vida y aprovecharla al máximo con ella.

Me estaba volviendo loco y empecé a estudiar historia en la universidad”, comenta Aurelio, que creó un grupo de apoyo con sus hijas, sus cuñadas y una vecina, para cuidarla.

Siguieron con ella visitando a los amigos, celebrando los cumpleaños y repasando los álbumes familiares. “Hasta viajamos hace dos años a Argentina, Brasil y Chile. La pasamos bien y conocimos la nieve”.

Pese al esfuerzo de la familia, en los seis años que han transcurrido, la enfermedad ha avanzado en el cerebro de Orfilia, una mujer delgada y de cabello corto, que todavía se baña y se viste sola, pero a veces se pone el saco al revés.

Ya no sale casi de la casa y se pierde en sus 60 metros cuadrados, pasando simplemente de un cuarto a otro. En la cocina hay letreros recordándole que tiene que cerrar la llave del lavaplatos.

Su familia trata de mantenerla activa. Hace ejercicios en la mañana en el parque y la llevan a comer helado. Van de vez en cuando a cine y los domingos, a misa. En Semana Santa fueron de paseo a pueblos de Boyacá.

Pero el mal ha avanzado como una borrasca que se ha llevado como hojas secas los recuerdos de sus cumpleaños, los nombres de los días, los años, los rostros de los amigos, los números, las letras, los nombres de las comidas, la imagen de la nieve, el nombre de los alimentos, las películas… La profesora, que toma gotas para dormir, ya no puede manejar dinero, no lee ni una página, ni escribe una frase. Cuando ve al presidente Uribe en el televisor pregunta quién es ese señor y ya no sabe qué es Colombia.

“Eso sí, siempre recuerda que cuando tenía cuatro años se cayó de una mesa –dice su esposo–. También reza el padrenuestro en misa y baila, como siempre, muy bien”. Otra de las cosas que no se ha podido llevar la enfermedad han sido los nombres de sus hijas y el de Aurelio, y mucho menos el cariño por su familia.

“Yo la llamo la enfermedad del amor –dice don Aurelio–. Mucha gente rechaza a las personas con este mal o las esconde, pero yo he aprendido realmente a amar a una persona y que el amor es el único remedio que existe para esto.

Estaré siempre con ella hasta que Dios lo quiera y me gustaría morirme a su lado”.

Mientras tanto, todos los días, Aurelio la mira y le pregunta: “¿Cómo me llamo?”. Orfilia lo detalla, suelta una sonrisa y le dice: “Mi viejo”.

“Le tengo mucho miedo al día que me despierte en la cama con ella, me mire a los ojos y me pregunte quién soy”.

UNA ENFERMEDAD DE LA VEJEZ El Alzheimer es una demencia progresiva, producida por la pérdida de neuronas cerebrales, cuyo principal síntoma inicial es la pérdida de memoria.

No se conoce una única causa responsable de la enfermedad, pero los científicos han descubierto hasta ahora que se debe al aumento de edad y a la presencia de ciertos genes que hacen que se desarrolle.

Leonardo Palacios, neurólogo y decano de la facultad de medicina de la Universidad del Rosario, dice que esta enfermedad afecta normalmente a personas por encima de los 65 años y es más común en pacientes que han pasado de los 85.

Sin embargo, existen casos poco comunes en el que se detecta el mal en personas menores. “Sé del caso de un joven de 32 años al que después de muerto se le detectó el mal”, comentó Palacios.

Con el paso del tiempo el paciente empeora progresivamente y puede presentar comportamientos agresivos, perder el control de los esfínteres y sufrir de alucinaciones.

Aunque no hay una cura definitiva, existen medicamentos que se consiguen en Colombia y hacen más lento el curso de la enfermedad.

El médico Palacios comentó que existen esperanzas, pues en Estados Unidos se está trabajando fuertemente en una vacuna.

Allí, el mal es considerado un problema de salud pública, pues las expectativas de vida de sus ciudadanos son más altas, lo que aumenta la población afectada. Se calcula que en el 2040 existan cerca de 14 millones de personas afectadas en E. U. .

Los médicos aconsejan que una de las formas de prevenir o evitar que la enfermedad sea muy fuerte es mantenerse activo intelectualmente.

EL AMOR, EL ÚNICO REMEDIO La llamo la enfermedad del amor. Mucha gente rechaza a las personas que tienen este mal o las esconde, pero he aprendido realmente a amar a una persona y que el amor es el único remedio que existe para esto”.

Dice Aurelio León

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.