Esmeraldas violentas

Esmeraldas violentas

De nuevo los esmeralderos están peleando y de nuevo nadie entiende muy bien por qué. Parecería que la famosa ‘guerra de las esmeraldas’ que se llevó a cabo entre grupos que, se decía, pretendían controlar la producción y el comercio de las gemas se repite. La discusión sigue viva sobre esta ‘guerra’ que describe los tres períodos de violencia que vivió la zona desde 1960 y terminó con la firma de un pacto entre los diferentes ‘patronos’ de las minas en 1991. Sin embargo, quedó el estereotipo del esmeraldero que a veces aparece en telenovelas y corridos. En casi todos los casos, la palabra ‘verde’ acompaña a algún sustantivo que denota pasiones violentas, como la ‘guerra verde’ o el ‘fuego verde’. Difícil negarlo: el mundo de los esmeralderos es violento, apasionado, popular, exagerado y tiene un particular gusto por la música mexicana.

28 de abril 2006 , 12:00 a.m.

La imagen de esta especie de Beverly Ricos violentos y bien armados ha persistido gracias, también, a ellos mismos. El resultado ha sido un cierto aislamiento social y cultural que los empresarios de las esmeraldas han sabido aprovechar: el mundo que los rodea es casi hermético. Entre más impenetrables sean el negocio y los propios esmeralderos, mayor será el poder que logran acumular los patronos de las minas. Los esmeralderos viven en sus propios barrios, sus hijos estudian en determinados colegios y compran tierra (mucha) en ciertas zonas.

A diferencia de los narcotraficantes de los años 80, que luchaban por entrar al mundo social de los viejos nuevos ricos del país, los esmeralderos parecen contentos con lo que tienen: mucho dinero, ganado, caballos de paso y un envidiable poder local. Pero, sobre todo, tienen un territorio que manejan a sus anchas. Se valen de la violencia, desde luego, pero el poder local que detentan no puede tan solo explicarse por esta. En este punto es quizás donde los análisis sobre el conflicto en la zona parecen cojear. Al insistir en el narcotráfico, en los ‘señores de la guerra’ o en escenarios mafiosos, se desconoce la base sobre la cual se ha sustentado el poder territorial de reconocidos grupos de esmeralderos. Esto es, la existencia de una cultura campesina, en donde el honor, la palabra, la violencia y la lealtad forman parte importante de las redes de poder.

Sobre la región esmeraldera se dice con orgullo que allí “no hay guerrilla”.

Y es cierto, allí no la hay, pero tampoco hay Estado. La zona esmeraldera, como sugería un amigo, es más un ‘territorio en concesión’ cedido por el Estado a los zares y a los patronos, quienes lo han logrado mantener con sus propias leyes, reglas y cultura. Una ‘concesión’ que en apariencia ha convenido a ambas partes: el Estado poco ha entrado en la zona y los esmeralderos se han encargado de mantener el orden y a la región ‘sana’, o sea, sin guerrilla.

Los esmeralderos sostienen sus guerras privadas (a diferencia de los narcotraficantes, en su ‘guerra’ pocas veces ha muerto gente ajena al negocio). Ante las críticas responden que su negocio es legal, así como lo son sus ‘departamentos de seguridad’, a través de los cuales poseen las armas que orgullosa y arrogantemente despliegan en la región. Armas que supuestamente servirían para proteger las minas, pero que permiten también imponer sus leyes y su orden, funcionar en una zona gris entre la legalidad y la ilegalidad y, por supuesto, mantener a la guerrilla fuera de la zona.

Lo grave es que el equilibrio entre el Estado y los esmeralderos hoy parece estar de nuevo en entredicho. Con la entrada de nuevos actores –los paramilitares y el narcotráfico–, los grupos de autodefensas locales, basados en la lealtad, en redes familiares y en la obediencia absoluta, han comenzado a resquebrajarse, así como el poder de los viejos patronos, que se ven obligados a disputar un territorio que durante años lograron mantener lejos de la guerrilla, de narcos y ‘paras’ y del escrutinio estatal. El pronóstico del asunto, según los hechos de los últimos meses, es lamentablemente reservado.

* Directora del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes

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