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El golpe de Hacarí

El golpe de Hacarí

La muerte, el jueves pasado, de diez agentes del DAS y siete militares de las fuerzas especiales que cayeron en una emboscada guerrillera en Hacarí (Norte del Santander) no solo enluta una vez más a la fuerza pública, sino que viene a ser como la gota que colma el vaso en la prolongada crisis del organismo de inteligencia presidencial.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Y lo es por varias razones. La más seria, quizá, es la posibilidad –sugerida por el propio director del DAS, Andrés Peñate– de que la emboscada con explosivos que hizo volar el camión blindado en el que se transportaban los agentes y los soldados pueda haber tenido lugar porque la “cadena del secreto” se habría roto en algún punto y la información habría llegado a la guerrilla.

Si esta hipótesis llega a probarse, y se confirma que la filtración, por error o complicidad, tuvo lugar desde el DAS, quedarían en la picota la credibilidad y el profesionalismo de un organismo ya suficientemente cuestionado por la presunta infiltración del narcotráfico y los paramilitares en sus actividades. Solo faltaría que también la guerrilla se enterase de antemano de las operaciones en su contra.

No es gratuito que la fracasada operación haya desatado ya una polémica sobre las funciones del DAS. ¿Qué hacían en una zona selvática del Catatumbo once agentes de un cuerpo civil sin entrenamiento de combate en el monte? Esta es la pregunta en torno a la cual discuten partidarios y contradictores de que miembros de esa dependencia participen en una acción en lo profundo de territorio guerrillero. Parte del debate, más general, planteado, entre otros, por un reciente informe de la Fundación Ideas para la Paz (‘¿Qué hacer con el DAS?’) sobre el destino de esta entidad. ¿Debe dedicarse a la producción de inteligencia para la Presidencia y otros organismos oficiales? ¿Debe conservar parte de sus actuales funciones operativas, entre ellas las de policía judicial, escoltas, control migratorio, expedición de pasados judiciales? ¿O, francamente, está en tan lastimosa situación que lo mejor sería cerrarlo, como sugirió una vez el Presidente? Evidentemente, es lamentable tener que hacer esta discusión sobre los cadáveres de 17 hombres y en medio del dolor que enluta a sus familias, al Ejército y al propio DAS. Pero, justamente, porque hechos como este ponen sobre el tapete que lo que está en juego son vidas humanas y no impersonales esquemas organizacionales y de funciones, es por lo que debe hacerse a fondo y con urgencia el debate.

Sobre la mesa están las ideas de su actual director –todo un especialista, convencido de mantener la institución reformándola–, en línea con las de la comisión nombrada por el Presidente, presentadas en marzo, que apuntan, entre otras cosas, a mantener en el DAS las funciones de policía judicial y control migratorio y focalizarlo en la producción de “inteligencia estratégica” y “contrainteligencia”; y opiniones informadas y consistentes como las de la FIP, que además de polemizar con la concepción de inteligencia estratégica en un conflicto como el colombiano y proponer transferir todas las funciones operativas del DAS a otros organismos, sugieren que se trata de “una institución vetusta, que la historia dejó atrás”.

El debate puede ser candente. Pero no hay que esperar otro Hacarí para tomar las decisiones de fondo que el DAS pide a gritos.

La emboscada que cobró la vida de 17 agentes y soldados, pone una vez más sobre el tapete la urgencia de decidir qué hacer con el DAS.

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