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Uribe y la prensa

Uribe y la prensa

El caliente episodio de Semana Santa entre el Presidente y la prensa no fue del todo casual ni gratuito, sino más bien significativo y, tal vez, inquietante. Por lo que dice sobre la personalidad del Mandatario y la manera como concibe su relación con la opinión pública. Y, también, sobre los medios que se supone la expresan.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de abril 2006 , 12:00 a. m.

La ‘chispoteada’ del presidente Uribe dio lugar a pronunciamientos de Human Rights Watch en Washington y de la Fundación para la Libertad de Prensa en Bogotá, a acalorados debates en el Congreso y severas condenas de la oposición.

No es para tanto. La salida de casillas del Jefe del Estado no quiere decir que en Colombia se haya violado la libertad de prensa. Un país que sí sabe qué es la violencia contra los medios; que ha visto hace ya demasiados años cómo se asesina o amedrenta a los periodistas que denuncian los abusos y corruptelas de los poderes legales o ilegales, no va a confundir una rabieta del Presidente como una agresión letal contra dicha libertad.

La cuestión es hasta dónde ciertos desentonos presidenciales pueden alimentar estas prevenciones. El muy antioqueño ex ministro Gilberto Echeverri Mejía (q.e.p.d.) decía que los matrimonios no se acaban por lo que se dice, sino por el tonito como se dice. El estilo es el hombre, decía tal vez Zolá. La forma y el fondo. El ‘tonito’, en fin. Al que en casos como este hay que pararle bolas, por lo que podría insinuar como inseguridad o franca intolerancia ante la crítica. Que es deber elemental de la prensa.

Responder al persistente y en ocasiones superficial o infundado cuestionamiento de los medios es derecho natural de todo mandatario, que también puede escoger cómo quiere comunicarse con la comunidad. Álvaro Uribe ha demostrado ser un excelente comunicador, que prefiere el vínculo directo  con sus gobernados, sin la molesta intermediación de partidos, periódicos o portavoces que interfieran el mensaje. Los consejos comunitarios como Presidente, o los actuales talleres democráticos como candidato, confirman la búsqueda de una relación caudillo-pueblo.

* * * * * Se entiende, también, que para transmitir su mensaje el Mandatario privilegie a los medios electrónicos sobre los impresos. La tímida emisora de radio regional o el amistoso canal de la televisión nacional resultan más atractivos que la complicada decantación de la palabra escrita.  Menos comprensible es que un Presidente- candidato sobrado de imagen y recursos pierda la compostura ante las preguntas previsiblemente incómodas de una prensa que trata de cumplir su deber. La rabia es mala respuesta cuando existen tantas otras: las del humor, la ironía o la fría contundencia de cifras y hechos.

Si de algo sabe este diario en su larga y trajinada historia es de rabietas presidenciales. Las de los años cincuenta de Laureano Gómez condujeron a la censura y a la quema de EL TIEMPO y las del general Rojas Pinilla a su clausura por decreto militar. Las de los presidentes Valencia, Lleras Restrepo o López Michelsen en los años 60 y 70 del Frente Nacional fueron más civilizadas y cordiales, pero no menos rabiosas.

El presidente Uribe ha sido en este sentido escrupulosamente respetuoso.

Nunca llama a reclamar o sugerir porque –como lo ha hecho saber– lo suyo no es leer periódicos ni escuchar noticieros, sino comunicarse por sus propios medios. Pero, sea cual fuere la manera de proyectarse o defenderse, el Jefe del Estado no puede negarse a la controversia. Ni incomodarse con la réplica o la contrapregunta.

En plena campaña por la Presidencia, y como candidato a la misma, mal puede rehuir el debate público con sus contendores. No con todos ellos, claro, pero sí al menos con el que le sigue en popularidad. Y como van las cosas, será con su antiguo profesor de derecho, el también muy antioqueño magistrado Carlos Gaviria, que hoy representa la antítesis ideológica de su alumno. Fascinante escenario de confrontación de ideas y personalidades, que hablaría muy bien de la democracia colombiana. Pero cuyas reglas del juego deberán ser fijadas de manera independiente por los medios informativos.

* * * * * Los mandatarios deben entender la función de no tragar entero que caracteriza a la prensa en una sociedad democrática y no calificar sus molestas críticas como subversivas de la legitimidad de las instituciones. Y es que más desinstitucionalizadora puede resultar una rabieta presidencial que una impertinencia periodística.

Durante su gobierno, Belisario Betancur siempre sostuvo que prefería una “prensa desbordada a una prensa amordazada.” Más de 150 años antes, el presidente Manuel Murillo Toro exigía “crítica severa e implacable”, porque “los periódicos que atacan sirven mejor que los que aprueban” al propósito de moralización.

De eso de trata. Y también de señalarle –sin macartismos– a la prensa sus fallas y falencias, que en el grave caso del DAS condujeron a infladas denuncias sobre fraudes electorales en la Costa y complots antichavistas en Venezuela. Para no hablar de la absurda salida en falso del candidato Serpa, que a los medios nos faltó cuestionar con más vehemencia. A veces la falta de rigor periodístico puede alimentar tanto la demagogia de la oposición como las sobrerreacciones del Gobierno.

Hay que sacar, en fin, lecciones constructivas del reciente episodio de Uribe con la prensa. Falta por lo menos un mes intenso de campaña electoral y conviene evitar excesos de lado y lado. Los medios sabrán hacerse las autocríticas que les correspondan y es de esperar que también el Presidente se las haga. Y muy puntuales. Sobre todo, de cara a otros cuatro años de gobierno y a una prensa que no bajará la guardia. editorial@eltiempo.com.co .

La fricción entre el Gobierno y los medios es síntoma de una democracia saludable, pero cada Presidente es dueño de sus rabias.

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