EL FÚTBOL COMO PATRIA

EL FÚTBOL COMO PATRIA

Más que difícil, imposible, describir lo que se vivió y sintió en el estadio Metropolitano de Barranquilla cuando Valenciano marcó ese gol majestuoso apenas arrancaba el partido más largamente esperado en la historia de Curramba. No había yo presenciado jamás una explosión comparable de júbilo, ni un desbordamiento tal de emoción y lágrimas. Y es que nunca había visto a Barranquilla tan arrevolverada y nerviosa.

19 de agosto 1993 , 12:00 a.m.

El día antes del partido, en la ciudad engalanada de banderas se respiraba un aire cargado de eléctrica tensión nerviosa. Nadie hablaba de otra cosa; cada carro tenía su tricolor y en todas las esquinas resonaban las acaloradas discusiones sobre las bondades y defectos del esquema Maturana . Pero me contaban que la cosa estaba así hacía una semana. Tanto frenesí y tanto delirio solo los puede producir Barranquilla, la del Carnaval más largo y loco del país; la que tiene un morboso idilio pasional con el Junior; la que produce hinchas como el ya inmortal Cole que vuela por los aires disfrazado de pájaro tricolor; la que vio nacer, en fin, el fútbol colombiano.

Se pueden imaginar lo que estalló entre los 70 mil espectadores que desde las siete de la mañana llegaron al estadio Roberto Meléndez , cuando a los dos minutos del pitazo inicial Iván René Valenciano, barranquillero para más señas, le acomodó semejante gol a la arrogante e invicta selección de los bi-campeones del mundo. A partir de ese instante, todos entramos en un trance hipnótico. Una extraña y mágica aureola de invencibilidad se apoderó del estadio, y pareció contagiar a los muchachos de Maturana, que comenzaron a jugar como inspirados desde el más allá. Cuando a los siete minutos del segundo tiempo vino el gol del Tren Valencia el trance se volvió delirio total. Triunfalista y patriótico. Todo era posible: golear a la Argentina. Meterle dos o tres más. Y se hubiera podido. Pero, como lo anotó mi amigo, el genial novelista argentino Osvaldo Soriano, los caribeños son supernarcisistas y se encandilan de mirarse jugar y son tan brillantes cuando tienen la pelota que se olvidan del arco contrario, y por eso Argentina se salvó de una goleada . Narcisismo, brillantez, virtuosismo, desmesura, creatividad, el fútbol como salsa o como arte deportivo. Todos los adjetivos imaginables han sido utilizados por la prensa extranjera. Para la francesa, la locura del público colombiano es ciega; y la de los jugadores, genial. Para la española, aquí se está jugando el mejor fútbol de América. Pero, por obra y gracia de esa brillantez narcisa que menciona Soriano, no hubo goleada. Y casi hay chasco. Cuando llegó el gol argentino, se me vino a la cabeza el terrible recuerdo de lo que viví en Cali, cuando en la semifinal de la Copa Libertadores, un América inspirado y sobrado que en los primeros quince minutos le anotó dos goles a Universidad Católica de Chile, se dejó empatar y terminó eliminado. Ese entusiasmo frenético con que vibraba el Pascual Guerrero, casi comparable al del Metropolitano de Barranquilla, se transformó en el más impresionante desplome anímico. Hay que estar ahí, en un estadio de fútbol en un juego comparable, para sentir lo que son 70 mil personas pasando simultáneamente de la euforia a la depresión. No olvidaré esas caras de los hinchas caleños, saliendo del coliseo como para un entierro. Esta vez no fue así. Dios cambió de patria. Dejó de ser argentino, su nacionalidad habitual, para volverse currambero. Y Barranquilla tuvo la oportunidad de demostrar una vez más su infinita capacidad para el desenfreno gozón y la pacífica alegría caribe. Decenas de miles de personas bailando y bebiendo en las calles sin mayores incidentes. Pequeño contraste con los muertos y heridos que dejó la rumba de celebración en Bogotá. Cachacos tenían que ser. Pero más allá de las emociones del encuentro; del colorido de ese estadio o la maravilla de ese público, lo sucedido en Barranquilla confirma lo que significa el fútbol como patria. En un partido internacional de estas características, se siente el nacionalismo en lo que tiene de fervor y sentimiento. Resquemores regionalistas o clasistas se funden en la gran olla de presión patriótica que representa un partido de eliminatoria para Copa Mundo contra un país como Argentina. La selección encarna y sintetiza una positiva identidad nacional. Por eso hay que apoyarla, sin pretender convertirla en patrimonio único de determinados intereses. Es un símbolo patrio, que por eso mismo no puede ser comprado por grupo económico alguno. Y que debería estar por encima de tretas publicitarias y manipulaciones comerciales. Está bien que la empresa privada supla la falta de apoyo del Estado. Pero, por favor, sin tantos exclusivismos y arrogancias. Todo el país estuvo, en fin, pendiente el domingo de esos once morenos jugadores que defendían los colores de Colombia. Como lo estará el domingo entrante en Asunción. Y el 5 de septiembre en Buenos Aires, donde deberán enfrentar la venganza gaucha.

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