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La procesión de un padre ‘tras las rejas’

La procesión de un padre ‘tras las rejas’

El padre Leonardo Ramírez ingresa a la cárcel Distrital sin que le pongan en su mano derecha el acostumbrado sello de tinta china, con un morral donde lleva bendecidas las hostias del día.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Es miércoles, día de misa en la prisión. Camina lentamente por los pasillos y saluda a los guardias y a los presos como viejos amigos.

Ha entrado más de mil veces a las cárceles de Bogotá, de donde ha salido sin ningún problema, desde 1967. Estos fríos ladrillos han sido su iglesia.

“Hay que estar donde están las ovejas descarriadas. Me ordené en 1960 y a los siete años un amigo que trabaja en una cárcel lo trasladaron a Barranquilla y yo le dije que se fuera tranquilo, que le cuidaba los presos.

Yo esperaba estar unos años y ya ve, me quedé toda la vida”, dice el sacerdote jesuita.

Empezó en Cárceles y Colonias de Cundinamarca, donde antes mandaban a los que producían chicha ilegal.

“Quedaba en el barrio Las Cruces, cuando llegué ya no había muchos chicheros, había más que todo gente influyente. Fue la mejor cárcel donde he trabajado, eran 100 reclusos, que tenían una colonia agrícola en La Mesa”.

En La Modelo En esa cárcel duró hasta 1976, cuando la cerraron, y como a los presos los trasladaron a La Modelo, él siguió visitándolos. “Estando allá el director me dijo que por qué no me quedaba de capellán y acepté”.

En La Modelo, que en ese tiempo tenía 4.200 presos pese a que fue construida para 1.800, fue otra historia. Comenzó a ver reclusos hasta en los baños. En esa cárcel conoció a ‘El Ganso’, un esmeraldero acusado de cometer más de cien crímenes, que había estado en la isla prisión Gorgona.

“Cuando ‘El Ganso’ llegó al patio quinto y vio que había 20 billares dijo: ‘Compro todos esos billares’. No faltaba nunca a misa y se sentaba en primera fila. Y andaba con diez guardaespaldas de los mismos reclusos”.

El sacerdote recuerda que en esa cárcel establecieron que los que supieran leer y escribir bien les enseñaran a los analfabetas.

“Siempre he tenido grabada una frase de Enrico Ferri: Es preferible absolver a un culpable que condenar a un inocente. Pues el culpable absuelto se siente más seguro, vuelve a delinquir y cae. En cambio, ¿cómo se repone el daño que se le hace a un inocente condenado?”.

Tras seis años en La Modelo, el sacerdote, que dice haberse encontrado a muchos inocentes tras las rejas, viajó unos años a España a un curso de la iglesia y cuando regresó no pudo evitar volver a la cárcel. Lo contrataron de párroco de la cárcel Distrital, en el sur de la capital, con sueldo hasta hace diez años.

Escuchando pecados “Me dijeron que no había presupuesto y que como había libertad de culto cada iglesia debía pagar su sacerdote, entonces yo les dije, yo me autonombro capellán y me autopago. Por eso, ya llevo allí 17 años”.

Pese a que no recibe un peso, va un día a la semana a dar misa y a confesar con la misma devoción de siempre.

“El problema es que aquí la gente dura muy poco y no alcanzo a darles toda la preparación cristiana. Salen y vuelven. Yo les digo: El buen hijo vuelve a casa”.

Pese a esto, el padre se sienta con ellos en un rincón del patio y los escucha. “Hay cosas que no dicen, no porque teman que los delate, sino por que les da pena”. En estos años, ha escuchado miles de pecados. Sus amigos le dicen que pecado que no haya escuchado, no existe.

“Ya no me aterra nada, he escuchado todo lo que usted se pueda imaginar, hasta que yo maté a mi mamá”.

Para las penitencias, no es tan duro. “No voy a ponerlos a rezar cien rosarios, pues ellos no saben hacerlo, entonces los pongo a rezar padrenuestros y avemarías y procuro dividírselos en varios días. Más bien procuro ofrecer misas de penitencia por ellos”.

Otros, en vez de confesarse, lo buscan por un consejo. “Una vez un preso, que hacía parte de una banda de siete asaltantes, me dijo que en un robo mataron a sus seis compañeros y que él se salvó porque se hizo el muerto. Yo le dije, usted tiene que pensar que por algo mi Dios lo quiere vivo y cambió”.

‘No soy faltón’ Los presos lo tratan con cariño. “Padre, tome este poquito de avena”, le dicen cuando lo ven por los pabellones y lo invitan a sus celdas. “A veces me dicen que si duermo en la cárcel, pero yo les digo que me dieron la domiciliaria”.

En estos largos años nunca lo han robado en una cárcel. “La que si tiene enemigos es la veladora de la misa, pues les gusta llevársela a su celda, para ponérsela a su santo”, dice entre risas.

Pero su amistad con ellos va más allá de las rejas. “A muchos los veo después en la 63 con Caracas, me dicen, padre usted fue el que me dio la primera comunión. En las noches, me reúno con ellos y oramos un ratico.

Ellos son mi parche”.

En estos años de trabajo, contrario a los sacerdotes que no aguantan más de una temporada en una cárcel, el padre Leonardo se mantiene firme, aunque ya con bastón, por un problema en los huesos de las rodillas. “Yo no me deprimo, gracias a Dios y a la oración”.

El sacerdote, que ya tiene 76 años, le pide a Dios que le dé aliento para seguir en la cárcel. “Para mí es reconfortante este trabajo, es lo que sé hacer”. Tras este tiempo, asegura que le ha ido bien porque aprendió rápido los dos mandamientos de una prisión: “Yo, ni soy sapo, ni soy faltón”.

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