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El de Marsella, un sepulturero de novela

El de Marsella, un sepulturero de novela

 Ni ‘Cuqui’, su perra, se quedó al lado de Narcés Palacio Molina cuando al cementerio de Marsella llegaron, al tiempo, 23 cadáveres rescatados de un remolino del río Cauca, en el sitio Beltrán.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Por eso, el sepulturero tuvo que encargarse hasta de espantar los gallinazos, el ‘oficio’ asignado al fiel animal. Durante 15 días, ‘Cuqui’ dejó de acompañarlo y en ocasiones se asomaba, daba un aullido lastimero y se devolvía.

También en esos días de finales de abril de 1990 le tocó hacer frente a la romería de deudos. “Llegaban y quitaban las latas de zinc con que cubrí los cuerpos. Salían espantados, y otra vez a tapar. Fueron tres días terribles.

Ese ritmo de muertos y trabajo se mantuvo como tres años y luego por temporadas. Lo más duro son los familiares preguntando por sus muertos”.

Así refiere Narcés Palacio Molina su experiencia como sepulturero en el cementerio Monseñor Jesús María Estrada, de Marsella, un municipio metido en las montañas del oriente de Risaralda.

A sus 62 años, está próximo a cumplir 20 en el oficio. Su vida transcurrió como las de casi todos los 22.000 habitantes de Marsella, la mitad de ellos en la zona rural, hasta que la muerte, la violencia y la literatura se juntaron y lo convirtieron en lo que podría llamarse un enterrador de novela.

Él es el eje del libro El Sepulturero, a través del cual el periodista Juan Manuel Ruiz cuenta los estragos de la violencia en el Valle y Risaralda, y en especial el trauma que significó para el municipio que en un recodo del río Cauca, a unos 40 minutos del área urbana, se estancaran los cadáveres.

Y por cuenta de los muertos de otras zonas, el pueblo empezó a aparecer como uno de los más violentos del país.

Enterrador predestinado Aunque sólo a los 42 años Narcés debutó en su actual oficio, cuenta que desde niño estaba sentenciado.

“A los 10 años, una hermanita, de 7, murió. Mi papá me mandó a pagarle al sepulturero 50 centavos y quedaban pendientes otros 50. El señor estaba en el fondo de una fosa, me agarró de la mano y me tiró abajo.

“Luego me sacó. Me dijo que me regalaba esos 50 y también los otros, porque yo lo iba a reemplazar. Llegué llorando a la casa. Desde ese día estaba predestinado para esto”, dice.

La premonición se le hizo realidad más de tres décadas después: “A los 40 solicité empleo de sepulturero y la cosa quedó en el olvido.

Dos años después, el padre Arcángel Ramírez me dijo que el trabajo era mío.

Empecé a temblar. Le hice el quite varios días, hasta que me convencí de que debía asumir lo que la vida me deparaba. Y aquí estoy, entre la vida y la muerte”.

De dedos largos y blancos, su primer oficio como agricultor y luego como sepulturero tornaron sus manos duras y firmes al saludar. Y fue el enterrador de su propio padre, de una nieta y un primo.

Tiene el salario mínimo, que aunque no es suficiente, le permite atender las prioridades en el hogar. Dice que es más de lo que se paga en el campo, 50.000 semanales.

El río de los muertos Los años más duros fueron entre 1989 y 1992, cuando la violencia del narcotráfico en el centro y norte del Valle segó centenares de vidas. “Eran siete u ocho muertos diarios. Los traían de Beltrán, de las orillas del Cauca, donde quedaban varados”, dice.

En 1990, cuando la masacre de 120 personas en Trujillo (Valle), la situación llegó a su punto más crítico. De esos días son sus recuerdos de los 23 muertos a la espera de una sepultura sin dolientes.

Luego llegaron los que buscaban parientes y entonces Narcés se hizo conocido en el municipio y las afueras. Mantenía llenos los bolsillos de papelitos con números de teléfonos y con datos, para avisar sobre cualquier razón.

Por eso no sólo sus vecinos lo saludan con un “Hola, ‘Sépul’” en las empinadas calles de Marsella.

“En Pereira, Cartago (Valle) y otras zonas la gente me distingue. Yo no los reconozco, pero apenas me dan las características y cómo fue el encuentro me viene a la memoria el difunto”, relata.

Luego de las víctimas de Trujillo y las de los ajustes del narcotráfico fueron llegando los muertos de las masacres paramilitares de mediados y finales de la década del 90 y los de vendettas en Pereira y La Virginia.

Gracias a su memoria, decenas de cadáveres han sido reclamados, pero hay más de 300 NN que esperan, en un lugar aparte en el cementerio, a que alguien los identifique.

Él sabe muy bien lo importante que es tener una mano amiga en esos momentos, porque desde antes de su oficio de sepulturero la violencia parece estar atada a su vida.

El 17 de julio de 1983 fueron asesinadas su esposa y una hija de 11 años. A los 29 años, se vio viudo y con otros tres muchachos por criar.

Pero prefiere no adentrarse en esos hechos. Más bien opta por pensar en que 14 años después, y quizás como recompensa a su apostolado, de nuevo le llegó el amor.

Se casó con Alicia Duque y ahora una niña de 7 años, María Fernanda, es su adoración. Como si después de tanta tragedia y por encima de su oficio, la vida quisiera desmotrarle que siempre se impone.

SU FILOSOFÍA "Cuando se nace, cada día nuestro y cada paso que damos es un camino hacia la muerte. No hay escapatoria posible”.

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EL PUEBLO CARGA CON LA VIOLENCIA DE SUS VECINOS De acuerdo con Medicina Legal, desde el 2000 a la fecha, del río Cauca a su paso por Beltrán han sido rescatados 91 cadáveres. De ellos, 31 fueron identificados. El año pasado fueron seis, y este año sólo se tiene noticia de un joven que se suicidó.

Los muertos de Beltrán siguen siendo un drama para el municipio. Su traslado desde el río hasta el cementerio le representa un gasto de 120.000 pesos.

Hay quienes dicen que ahora se regaña a los pescadores que sacan los cuerpos del caudal.

El secretario de Gobierno, Óscar Salazar, quien asumió en enero pasado, niega la versión y dice que no puede decir cuál cadáver se rescata o cuál no, pero que tampoco el municipio puede tener a alguien en el río exclusivamente pendiente de los muertos.  Lo cierto es que cuando hay reporte de alguno, el municipio ordena que lo recojan y se lo entreguen a Narcés. Él cuenta que cuando llega a su casa se abstiene de abrazar a su familia hasta que se baña. No permite que su ropa de trabajo se mezcle con la de su casa.

El cementerio de Marsella fue construido y diseñado por Julio César Vélez y mezcla varios estilos. El terreno empinado permitió la construcción de bóvedas en terraza. En 1988 fue declarado patrimonio arquitectónico del municipio.

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